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Charlene Wittstock, la princesa elegante y triste que se casó con Alberto de Mónaco

Era lo único que sorprendía a los monegascos que habían salido a la calle para no perderse el acontecimiento del año: la melancolía y nostalgia que exhibía Charlene

Era lo único que sorprendía a los monegascos que habían salido a la calle para no perderse el acontecimiento del año: la melancolía y nostalgia que exhibía Charlene Wittstock al caminar hacia el jardín del Palacio de Mónaco. 

Ni siquiera el consuelo de ir del brazo de su padre pudo despertarle un atisbo de alegría. Veía ante ella una larga alfombra hasta el altar, decorada con los colores del principado. Al final, y a varios metros de distancia, le esperaba un príncipe vestido de blanco impoluto, Alberto de Mónaco.

Una boda muy alejada del cuento de hadas que vivió Grace Kelly cuando se casó con Rainiero III. La expresión de la princesa Charlene más bien emulaba el rostro de Diana de Gales el día que se desposó con el príncipe Carlos. Según contaron posteriormente, Lady Di se había enterado de la existencia de Camila Parker Bowles pocas horas antes.

No hubo miradas cómplices, ni sonrisas que tranquilizaran el ambiente de nerviosismo que se respiraba justo antes de darse el 'sí, quiero'. Incluso extrañó que fuese ella quién se quitase el velo para que su marido pudiese besarla cuando el arzobispo de Mónaco, Bernard Barsi, así lo odenó.

No fue hasta la visita a la Iglesia de Santa Devota, y después de haber paseado en un coche descapotable por gran parte del principado, cuando la princesa rompió a llorar. La soprano Marie-Clotilde Würz-De Baets, y su hija, de once años, entonaron un canto a la Virgen que emocionó hasta la lágrima a la sudafricana, y que no vio en Alberto de Mónaco el consuelo esperado. 

Después de entregar el ramo a la virgen en la capilla, tal y como manda la tradición monegasca, los novios volvieron a Palacio, entre aplausos y gritos, para seguir con las celebraciones del día de su boda. 

La cena oficial y los fuegos artificiales

No hubo imprevistos en la agenda, que se cumplió prácticamente al minuto. La cena oficial estuvo elaborada por el célebre chef francés Alain Ducasse para después seguir con un espectáculo de fuegos artificiales y con un baile que conmemorase el nuevo matrimonio monegasco.

Para esta segunda parte de la ceremonia, Charlene se puso otro traje también diseñado por el italiano Giorgio Armani. Mucho más cómodo y manejable que el elegido para darse el ‘sí, quiero’ con Alberto de Mónaco, un vestido de color blanco con seda bordada y con flores, adornado con 40.000 cristales de Swarovsky y con 30.000 perlas doradas.

El acuerdo prematrimonial de los recién casados

Según cuentan los medios franceses, el motivo de la solemnidad de la princesa Charlene estaría en el contrato prematrimonial que ha tenido que firmar para poder casarse con Alberto de Mónaco. Este acuerdo contiene unas cláusulas que le obligan a estar casada con el príncipe como mínimo durante cinco años, sin derecho a reclamar separación o divorcio hasta que no se cumpla la fecha fijada.

Además, en el tiempo que dure su matrimonio, la princesa Charlene está obligada a darle un heredero al trono de Mónaco. Cuentan que ella, no contenta con lo estipulado en el contrato, quiso anular la boda y volverse a su país de origen. Pero, finalmente, todo pareció solucionarse y la princesa Charlene claudicó y se quedó para desposarse.

Nicolas Sarkozy y las casas reales europeas, los invitados más aplaudidos

La gran ausencia de la boda fue, sin duda, la Casa Real española que, por motivos de agenda, no pudieron enviar a ningún miembro de la Primera Familia para representar a España durante la ceremonia religiosa monegasca.

En cambio, los príncipes de Suecia, Noruega y Dinamarca o los herederos de Holanda y Bélgica sí sacaron sus mejores galas para la boda de Alberto y Charlene de Mónaco. También Luis Alfonso de Borbon y su mujer, Margarita Vargas, que fue invitado en calidad de heredero al trono de Francia. 

Aunque quien despertó más aplausos entre los congregados fue el presidente galo, Nicolas Sarkozy, que acudió sin la inseparable compañía de su mujer, Carla Bruni, que no pudo asistir por su estado de gestación.

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