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A puerta cerrada: clubes privados gastronómicos

Nos hemos acostumbrado tanto a las puertas abiertas de par en par y a la democratización del lujo que nos revienta que nos den con una de ellas en las narices.

Foto: El Club A de Madrid
El Club A de Madrid

Nos hemos acostumbrado tanto a las puertas abiertas de par en par y hemos hecho tan nuestra la democratización del lujo que nos revienta que nos den con una de ellas en las narices. Pero un club privado es un club privado. Tienen su premeditada y alevosa oscuridad, su olor a humo, sus sillones chester, sus libros que parecen de decoración, aunque no lo sean, y lo que más nos duele, ese no para cualquiera tan estepario. Hay que pagar y más cuesta arriba se nos hace aún: solo se entra con invitación. De no haberla, toca lista de espera. Menos mal que nos redime Chandler y que lo podemos contar en clave noir. Los clubes privados, tan familiares en Londres y Nueva York, son cada vez menos ajenos a Barcelona (¡Ay, Vázquez Montalbán!) y a Madrid. Ya los tenemos de vecinos.

¿SERÁ QUE EN ESPAÑA NO SABEMOS GUARDAR UN SECRETOnbsp;

Al lado de un espacio tan luminoso como el Retiro de Madrid se abre (y se cierra) el Club A, oscuro como conviene al género. Con luz no es lo mismo y sin champán -francés si puede ser-, tampoco (hay en total 140 referencias). Además, el A (Antonio Acuña, 19) juega con ventaja porque tiene despensa propia, la Taberna Arzábal. El A, para empezar, era un club al uso: acceso restringido para socios, cuota de 300 euros al año y promesas de felicidad eterna exclusivas (reservados, cenas, catas y actividades culturales en el living, que sí es para ellos). Y lo sigue siendo en cierta manera. Solo que ahora sus dueños han decidido sacarle más partido y hacerlo más popular. Cualquiera puede hacer una reserva con antelación para disfrutar de su restaurante japonés con cocina en vivo y directo, y su excelsa coctelería, en manos del barman Pablo Collantes.

Esto ya le pasó al Club Allard, que funcionó como club privado desde 1998 hasta 2003, cuando se abrió al público general, y es hoy templo gastronómico del Madrid de nuestros pecados y nuestros desvelos. El edificio, claro, sigue ahí (Ferraz, 2) con su aire selecto y su corte modernista (1908), frente al Templo de Debod y con el Museo Cerralbo guardándole las espaldas, que ya es mucho lujo.

UN MUTIS POR EL FORO CON MUCHA TEATRALIDAD

Sin embargo, el Mutis de Barcelona, club o lo que quiera que sea y al que el nombre delata, está y no está. Hay quien ha dicho que es el restaurante que no existe. Así que solo quien lo probó lo sabe, porque juega al despiste más novelesco en un edificio a lo burgués. Este mutis no da la cara ni por el foro y no quiere ser conocido como el común de los mortales, bares incluidos, sino al revés. En boca cerrada, ya se sabe lo que pasa. Así que hay que callar sobre un lugar tan oculto para que cunda no el ejemplo sino el secretismo total y el misterio continúe. Es el anfitrión el que tiene esta sartén por su mango. Le habría gustado a Jaime Gil de Biedma.

Los sofás, las mesas bajas, la generosa barra, el terciopelo y el piano hacen el resto y todo lo demás. Y decíamos de las sociedades gastronómicas del País Vasco, tan suyas. Hay que tener amigos hasta en el Mutis, para que te inviten. Es el hermano secreto y hasta bartardo del Bar Mut (Pau Claris, 192), ese lugar donde, según se dice en el recomendable vídeo de presentación, se esconden "mentiras, traiciones e infidelidades".

UN CÍRCULO CON BODEGA Y HOTEL CON MAYORDOMOS

The Craft es un círculo privado con todas las de la ley y con las ramificaciones que lo hacen un patio aún más particular. Hablamos de la bodega Abadía Retuerta, con sus mil años de historia, perfectos para abonar la leyenda del club y la tierra vitivinícola de estos pagos, más la oferta gastronómica del galardonado Andoni Luis Aduriz, y del hotel Le Domainerelaix & chateaux (ilustre apellido), en Sardón de Duero (Valladolid), con servicio completo de mayordomía. Teníamos que haber empezado por aquí.

The Craft está en en el Madrid más excelso (Ortega y Gasset 21) y ha sido cortado con el mismo patrón de los clubes ingleses para los Phileas Fogg de los negocios (todo está confabulado para ser el perfecto punto de encuentro empresarial) y el ocio, exquisitamente decorado con obras de arte de la galería Ansorena y del arquitecto y escultor Arturo Berned. Otra vez el ‘solo por invitación’, como una valla que hay que saltar y con el subrayado de los beneficios únicos y el lujo como un traje a medida. "Nada es estándar", se erige como un lema.

UNA PUERTA NEGRA QUE SE CIERRA Y UNA MIRILLA

Tampoco está a la vista el HQ Barcelona, aunque la dirección postal sea conocida (Enric Granados, 65); se esconde de los curiosos. No es casual que habite tras una pesada puerta negra con proverbial mirilla. En este club, por el contrario, sí entra la luz: se exhibe diáfano y descarado, casi industrial. Y ofrece para sus socios mesas de trabajo, cerveza artesanal, zumos de frutas y verduras ecológicas, hamburguesas de El Filete Ruso, exposiciones de arte, conciertos en directo, sesiones de djs y videojuegos. Casi como un club de amigos adolescentes al que no entrarás sin invitación. ¡Y con mesa de billar!

EL JUEGO CON PISTAS DEL GASTROBAR ITINERANTE

Más difícil lo pone el club secreto que ha fundado Eric Llongueras, el nieto del peluquero que más ha frecuentado nuestras cabezas. Porque el Gastropoint es todo un juego: no conoces el menú, no sabes quiénes serán tus compañeros de mesa ni el lugar donde se servirá la comida. ¿Cabalístico? La trama se desvela -con mucho espíritu detectivesco, pistas incluidas- en el último momento y a través de la web. Estos encuentros furtivos culinarios y sin fronteras pueden tener lugar en una casa particular con encanto, en un edificio histórico, en un loft de estilo neoyorquino o en una masía del siglo XII. Aderezados con música y arte. Sin registro y contraseña no hay nada que hacer. Llongueras nieto lo define como "un gastrobar itinerante", con campamento base en Barcelona.

CENAS CLANDESTINAS, CATAS PRIVADAS, ENCUENTROS CON CHEFS

La sombra de Internet es alargada y cobija a otros clubes que necesitan de sus redes y su privacidad. Caso del Clubkviar, un club privado gastronómico "para jóvenes profesionales y amantes de la gastronomía", que organiza cenas clandestinas, catas privadas y encuentros con chefs. No salimos de aquí: se es socio por invitación (y una cuota anual de 400 euros), que a su vez da derecho a invitar a un número limitado de amigos; así se cierra el círculo. La otra vía de acceso es la clásica lista de espera.

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