Las vacaciones de Rosalía Mera en Menorca han tenido un final trágico e inesperado. Su muerte durante la tarde noche del 15 de agosto en el hospital San Rafael de La Coruña, donde fue trasladada en avión tras haber sufrido un derrame cerebral irreversible, ha pillado por sorpresa a familiares, amigos y conocidos fuera del circuito habitual y doméstico en el que funcionaba la empresaria.

Una noticia, la de su muerte, que dejaba impresionados a los propios facultativos y personal del centro médico, algunos de los cuales la conocían de vista o la habían tratado en alguna ocasión.

Mera era una mujer de trato agradable que solía pasar desapercibida fuera de su territorio coruñés porque nunca quiso protagonismos relacionados con su poder económico o mediático. No iba a fiestas públicas, no recogía premios y no daba entrevistas que no tuvieran que ver con su fundación Paideia a la que dedicaba todo el tiempo del mundo.

Su privacidad estaba por encima de cualquier discurso y en su tierra se la respetaba porque Rosi, como la conocían sus íntimos, no daba “cuartelillo” y hacía una vida donde la normalidad era su santo y seña. Aseguraba que “el que quiere sale en prensa y el que no, no”. Y ella decidió que no quería compartir portadas con las estrellas del colorín, pero tampoco con los grandes del Ibex.

Me gusta pasear por la calle, ir de tiendas, preferentemente a Zara, tomar café con los amigos, estar con mis hijos (Sandra y Marcos) y maleducar a mi nieto”, decía cuando se reunía con algún periodista en las tertulias literarias que organizaba en su centro de operaciones de su fundación, un edificio de cuatro pisos en la plaza de María Pita al que acudía todos los días sin un horario fijo para supervisar el día a día. El resto se ocupaba de su casa y de compartir con sus amigos charlas de café y cenas en cualquiera de los restaurantes de la parte vieja o los de los pueblos cercanos. 

Rosalía estaba al tanto de lo que sucedía en el mundo y sobre todo de lo que “cuesta la vida”. Era una de las mujeres más ricas de España, pero no ejercía como tal y además le molestaba sobremanera que cuando se hablaba de su trayectoria vital se hiciera un comparativa con Cenicienta. “¡Pero qué narices! ¿Y por qué no lo dicen de Amancio (Ortega)?”, se preguntaba.

Lo mío ha sido la historia de muchas mujeres de este país. Me casé enamorada, trabajé desde que tengo uso de razón y montamos una empresa que el tiempo, el esfuerzo y algo de suerte convirtió en lo que es hoy. Yo no he tenido días libre y conciliar la vida con la de mis hijos ha sido complicado”, se defendía.

Rosalía Mera fue madre de dos hijos, Sandra y Marcos, y tuvo que enfrentarse a la dura realidad ya que su hijo varón nació con una parálisis cerebral y no podía valerse por sí mismo. Es ahí donde hay un antes y un después en su vida y cuando tiene muy claro que va a dedicar todos sus esfuerzos a que niños como el suyo tengan una vida mejor. “Yo tengo suerte porque tengo medios económicos pero, ¿qué ocurre con las familias que no lo tienen”?

En el otoño tenía previsto organizar unas tertulias y mesas redondas para dar más publicidad a estas cuestiones. Estuvo en Madrid antes del verano y contactó con varios periodistas a los que quería invitar a esas reuniones. Organizó varios almuerzos y preguntaba todo. Quería saber como conciliaban vida laboral y familiar sus invitadas, donde podía comprar regalos para su nieto, qué exposiciones había en el Thyssen o el Prado….

Y en el momento de los postres pidió que si le podíamos acompañar a comprar maquillaje y pinturas porque se le habían olvidado. Y allí que fuimos. Fue entonces cuando nos regaló un rímel nuevo y nos recomendó un libro que le había gustado mucho El monje que vendió su Ferrari.