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Goya 2017: el prudente Rovira, la charlatana Carmena y la 'inmortal' Mar Saura

Se vio a políticos, actores y miembros del cine español en su salsa. Este es un repaso por todo lo que dieron de sí los astros de nuestra gran pantalla en una noche de premios bastante previsible

Foto: Amaia Salamanca en la alfombra roja de los Goya 2017
Amaia Salamanca en la alfombra roja de los Goya 2017

Si eres político, en los Goya te pueden caer hostias. Incluso antes de entrar a la gala. Si en el año pasado, el del 'desgobierno', los políticos se mataron por acudir a los premios del cine español, este año, en el que la mayoría de los compañeros periodistas preguntaban por el desconocimiento del cine patrio confesado por Rajoy, fue el ministro Méndez de Vigo el que se atrevió a devolver la presencia del Gobierno a los premios. Otros emblemas de la política española que pasaron por la alfombra roja fueron Albert Rivera, del brazo de una sonriente Beatriz Tajuelo, y Manuela Carmena. Y, como era de esperar, el que más aligeró el paso fue el ministro de Cultura, no vaya a ser que le preguntasen por la escasa cinefilia del presidente del Gobierno. Sin embargo, mentiríamos si dijésemos que todo político llegó algo tarde a la alfombra roja y evitó preguntas incómodas. Si hubo alguien que, impecablemente vestida de rojo, se detuvo a charlar hasta con el último periodista que le hacía una pregunta, esa fue Carmena. La alcaldesa de Madrid no soltó su sonrisa de la boca por más que los organizadores intentaban meterla cuanto antes en una gala que ya comenzaba y que este año tuvo nombre de 'Monstruo' de Bayona. O de Emma Suárez, que hizo doblete y casi desfallece de la emoción sobre el escenario.

Manuela Carmena en una imagen de la alfombra roja de los Premios Goya
Manuela Carmena en una imagen de la alfombra roja de los Premios Goya

Pero mucho muchísimo antes de la miniavalancha política y de la gala en sí, la alfombra roja se volvió a convertir en una galería de lo digno y lo vulgar, de lo estrambótico y lo maravilloso. A falta de fans de Pablo Alborán que se colasen entre bambalinas (sí, ocurrió el año pasado) este año (más previsible, más aburrido) no hubo más remedio que centrarse en los atrevidos (pero geniales) looks que lucían Candela Peña, con taconazos de Louboutin, Eduardo Casanova, con rubio platino, o Cristina Rodríguez. La chica 'Cámbiame' aseguraba a Vanitatis que estaba "muy nerviosa" con su doble nominación al mejor diseño de vestuario (una de ellas gracias a la gran protagonista de la noche, 'Tarde para la ira') y lucía un escotazo que quitaba el hipo a cualquiera. Casanova, por cierto, estaba encantado de que su 'Pieles' vaya a ir a la Berlinale y de que le vayan a acompañar, entre otros, el mismísimo Jon Kortajarena. Peña, por su parte, contestaba titubeante a aquellos que ya la daban por segura ganadora de su cuarto Goya. "Por ahora solo tengo tres", decía ella con prudencia y con tanto dolor de pies como Clara Lago, que ya no soportaba más minutos llevando los tacones. Del atrevimiento de Macarena Gómez y su Aldo Comas apenas podemos hablar, ya que ambos son un clásico de la transgresión y a nadie sorprende ya que él lleve un escorpión en la solapa o que ella se preste a cualquier broma derivada de sus sandalias de Serena Whitehaven.

A ambos les pasa lo que al modelo de Chanel que lució Geraldine Chaplin. La hija del mítico Charlot, la musa del mejor Carlos Saura, está, como ellos, por encima del bien y del mal de lo estético. Por eso, y por los años y el prestigio, Geraldine se puede permitir lucir un millón de perlas alrededor del cuello y unos originalísimos zapatos que, desde aquí, no dejamos de aplaudir. También a Bárbara Lennie, cuyos volantes de Gucci realzaban aún más su belleza a lo Ava Gardner.

En el otro lado de lo atrevido estuvieron las actrices más clásicas, aquellas que, como Paz Vega, Amaia Salamanca o Penélope Cruz apuestan por el color oscuro y despiertan suspiros a su paso, aunque el de esta última sea, como otros años, bastante apresurado, levantando el recelo de algunos compañeros que siempre se matan por sacarle unas palabras. A falta de nominaciones y de una mayor atención por parte del cine (lo suyo es la tele, al parecer). Amaia Salamanca demostró que en eso de posar se ha convertido en toda una experta. La actriz se retorcía tanto sobre sí misma para que la retratasen que la mismísima Elsa Pataky puede echarse a temblar.

En el Olimpo de la belleza clásica también estaban una Nieves Álvarez de Stephane Rolland o una Ana Belén de Josep Font. La merecedora del Goya de honor de este año no solo sabe envejecer con estilo, sino que sabe acaparar simpatías en mitad de la seriedad de la gala pidiendo más vasos de agua. Lo hizo en mitad de su discurso de agradecimiento y, segundos más tarde, se puso seria para decir que la profesión "no se merece tanto desprecio por parte de sus gobernantes". Lo suyo es, salvando las distancias, como lo de Mar Saura, que parece la misma persona que hace veinte años, cuando llegó a decir que había estado con el mismísimo Brad Pitt. Que alguien nos diga, por favor, cuál es el formol que utiliza.


Lo cierto es que el Goya de honor siempre suele ser agasajado con preguntas amables por parte de los compañeros periodistas. Ana Belén atendió a la prensa encantada, como lo hizo Amenábar cuando aseguró que el mismísimo Obama le había dicho que "le gusta mucho el cine" con un rictus más serio que el de Nicole Kidman en su (bendita) época 'Los otros'. Y es que, para entender esta cosa de la alfombra roja, siempre hay que tener en cuenta que los actores nunca son sus personajes y los directores suelen diferir, en persona, de los personajes públicos que todos conocemos. Y si no, que se lo digan a Dani Rovira. El actor ya avanzó, antes de convertirse en maestro de ceremonias de los Goya por tercera vez y preguntarle a Almodóvar qué tal veía la gala en 3D (nos chiflan tus gafas, Pedro), que iba a "medir" sus palabras mucho más que en otros años, cuando salió hasta la peineta de presentarlos y tuvo su propia 'Tarde para la ira' en forma de tuit. Pese a aquello, este año volvía a subirse al escenario, aunque para la prensa el chico de 'Ocho apellidos vascos' no siempre es el más simpático ni el más divertido. Cualquiera lo diría al verle contar mil chistes en plena ceremonia. Pero es que, al fin y al cabo, eso es el cine: una mentira maravillosa que, como bien recordaron muchos de los premiados, merecería mucho más amor por parte de nuestro país. Por parte de los políticos y de los que no lo son.

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