La cultura de Weimar: padres contra hijos

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Esteban Hernández - 03/06/2011

<em>La cultura de Weimar</em>: padres contra hijos
 
La Alemania de los años 20 todavía guarda unas cuantas lecciones para nosotros. En el lapso que va desde noviembre de 1918, cuando se nombró al primer presidente fue el socialista Friedrich Ebert, prototipo para muchos de sindicalista arribista, hasta el 30 de enero de 1933, cuando fue designado canciller Adolf Hitler, se produjeron una serie de acontecimientos sociales, políticos y culturales que son todavía hoy relevantes. Su estabilidad a tirones, el descontento de la clase media, la radicalización ideológica de la nación, y la depresión al final de la prosperidad son elementos que cuentan con características que no están tan lejos de nuestro tiempo.
Sin embargo, el interés del libro, más que en la época, está en su autor. Peter Gay, nacido Peter Joachim Frohlich el 20 de junio de 1923 en Berlín, es un historiador de origen judío que emigró a EEUU desde la Alemania nazi. Fue a mediados del siglo pasado cuando su fama como historiador comenzó a fraguarse, consagrándose con The Enlightenment: An Interpretation (1966), una obra por la que recibió el National Book Prize, Dio clases en las Universidades de Columbia y Yale, y obtuvo gran reconocimiento con posteriores obras, como su biografía de Freud o esta que nos ocupa.
El gran mérito del enfoque histórico de Gay es no detenerse tanto en las fechas y en los datos como en las ideas que los hicieron posibles, rastreando en las expresiones culturales el espíritu que definía la época así como los resortes anímicos que anidaban tras muchos de los acontecimientos que se recogen en los libros de historia. Y resulta comprensible que escogiera esa opción, toda vez que pudo ser testigo de cómo el teatro, la industria literaria y el periodismo ofrecían un retrato mucho más fiable de la realidad que las grandes instituciones de la sociedad, como la burocracia, la universidad y el ejército, que solían ser simples instrumentos del poder. Se hacía prioritario, pues, encontrar vías de acceso a través de las cuales poder comprender esa época y ninguna reflejaba mejor las ideas latentes que la cultura.
Utilizando esa perspectiva, Gay puede comprobar cómo latía en la república de Weimar un acusado destierro de la razón. En un sentido porque en ella estaban enraizándose las ideas de filósofos como Heidegger, que elogiaban la acción fuera cual fuese su resultado, que entronizaban la sangre y la tierra, que pensaban que las voluntades se desplegaban de verdad en la lucha y que trataban de huir de toda ciencia objetiva. Sus ideas estaban capturando a numerosos alemanes, quienes buscando el sentido a una vida que no lograban entender, caían fácilmente en estas conexiones violentas con lo eterno. Por otra parte, en la época de Weimar también se multiplicaron las voces que se oponían a la unión entre razón y progreso, entendiendo que el verdadero avance consistía en que “el carpintero volviera a su trabajo, el herrero a su martillo, y el mercader a sus cálculos y a sus cuentas”. Lo importante no eran las grandes metas ni los grandes ideales, era mucho mejor ser modestos e ir hacia las cosas más pequeñas. Así, el pasado se volvió la mejor fuente de ejemplos, y las leyendas fueron ensalzadas y perfeccionadas, no criticadas. Como afirma Gay, en el hambre de integridad que se respiraba en la época, se podía entrever un profundo miedo a la modernidad
En segundo lugar, Gay acierta a ver cómo la dualidad que mejor definió la época no estaba constituida por los ejes políticos izquierda/ derecha, sino por las más cercanos que enfrentaban a padre y al hijo. Abordar la rebelión contra la autoridad paterna, afirma Gay, era un imperativo para todo autor joven. La pugna entre padre e hijo no era más que una metáfora de esa pelea entre lo establecido y lo novedoso, entre la autoridad irracional y la rebeldía, entre los viejos y los nuevos tiempos, que fue la base sobre la que la República de Weimar estableció el verdadero enfrentamiento.
El mejor reflejo de su tiempo aparece, asegura Gay, en la película El gabinete del doctor Caligari. Sus guionistas tejieron una historia en la que pretendían señalar, a través de la figura del doctor protagonista, cómo locura y autoridad iban unidas. Sin embargo, el productor que adquirió el guión cambió el final, reinterpretando la rebelión de los personajes que combatían a Caligari no como una necesidad social sino como una psicosis que debía curarse. Este enfrentamiento señalaba a las claras las dos opciones políticas de la época pero también ponía involutariamente de relieve, como señala Gay recogiendo las ideas de Sigfrid Kracauer, la naturaleza de la resistencia que se oponía al orden establecido. Que los dos guionistas ofrecieran como solución a la tiranía de Caligari esa “anarquía simbolizada por la continua actividad de la feria”, suponía una enorme ausencia de aspiraciones, Como asegura el autor, sus ansias de cambio reflejaban su descontento con la realidad y su deseo de renovación, pero también su notoria ambigüedad en cuanto a las soluciones. Y esto era lo que definía a la perfección la visión alemana: podían anhelar la libertad, pero no sabían idear su configuración.
Regular La cultura de Weimar. Peter Gay. Paidós, 2011, 221 páginas. 23,90 €

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