Estambul seduce al viejo continente con Sapphire, el edificio más alto de Europa

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Estambul seduce al viejo continente con Sapphire, el edificio más alto de Europa

@Amparo de la Gama (Estambul)  08/09/2011

Estambul es el baluarte de un cosmopolitismo que la milenaria ciudad se resiste a perder. Ya lo decía Napoleón Bonaparte cuando era dueño y señor de Europa: “Si el mundo fuera un solo estado, Estambul sería su capital”. Y para que los franceses sigan pensando lo mismo, los turcos han construido el edificio más alto de Europa para tocar con sutileza la cima del viejo continente. Con 64 pisos y 261 metros de altura el 'Istanbul Sapphire', el emblema de los rascacielos, adorna la ciudad turca con elegancia.

Esta maravilla de la ingeniería moderna cuenta con un centro comercial de cuatro plantas, 47 pisos para viviendas, acceso directo al metro de la ciudad. Diez de las plantas del edificio están construidas como sótanos y lo borda con un mirador de 360 grados que ofrece una de las vistas más increíbles de la urbe desde su espectacular terraza. Este es solo un edificio más de los 40 construidos en los últimos seis años, gracias al impresionante impulso económico con el que cuenta el país. Quien viaje a Estambul imaginando que solo va a encontrar la capital del Imperio Otomano con vestigios ancestrales está realmente equivocado. La ciudad turca se dibuja como una de las capitales europeas más modernas del viejo continente.
 
Turkish Airlines, la unión con Asia
 
Cada día son más los españoles que visitan Turquía. La mejora de las comunicaciones con este país ha sido notable. La aerolínea turca Turkish Airlines ha aumentado sus frecuencias a Estambul desde Madrid y Málaga hasta con una ampliación de tres vuelos semanales, convirtiendo el aeropuerto de esta ciudad europea en el punto de enlace con toda Asia. Uno de sus directivos Halid Koca insiste que el incremento de los vuelos de la línea aérea ha supuesto que el viaje se reduzca en más de cuatro horas.
 
Viajar en estos aviones es todo un lujo. Atrás ha quedado la época de los corsarios y las llegadas por mar al imperio otomano. El afán de importar los progresos de Europa es tal que la historia turca de los dos últimos siglos, con el reformismo de sultanes como Mahmud II y el republicanismo de Ataturk, siempre ha sido de modernidad.
 
A los turcos les gusta hablar de Europa. Las negociaciones para la incorporación de Turquía a la Unión Europea siguen por buen camino. Celal Ceyhan es guía profesional y ha estudiado en España en la Universidad de Vigo. Nos comenta que las tres cuartas partes de los 73 millones de turcos, quieren entrar en la UE. Pero no sabe si el sueño europeísta va a ser posible: "Los turcos somos concientes de que nuestra pasión por Europa no es correspondida. Sobre todo por los franceses y alemanes, que por racismo no quieren permitir el paso fundamental”. Mientras los tramites prosiguen, para Celal el proceso es positivo. "La perspectiva europea nos obliga a hacer reformas. Ya ha sido abolida la pena de muerte, se ha iniciado una campaña contra las torturas, se ha instaurado la independencia del banco central. Hay muchos avances pero todavía tenemos que hacer más”. Piensa que una de las cosas que frena a algunos políticos es “el miedo a incorporar en su seno a un país musulmán. Pero todo esto ha cambiado y ya no existe el miedo a ninguna religión. A veces la diferencia de clases es lo peor. En Estambul hay médicos que ganan cien mil euros al año y en Bursa campesinos que ganan solo quinientos euros al año”. Las gentes con más poderío económico viven en la parte asiática. La clase media tiene claro cómo es Europa. Son más de tres millones los inmigrantes que hay en Alemania y que sueñan con ser europeos.
 
 
Pamuk, el Nobel turco
 
Uno de los mejores precursores turcos de su patria es el premio Nobel Orhan Pamuk, el gran enamorado del barrio de Taksim y su enarbolada plaza. Desde esta glorieta se divisa  la cúpula y los dos alminares de la vieja mezquita de Cihangir, moteados de sol y tras la que se despliega el Bósforo, el estrecho que separa Europa de Asia. Dos continentes hermanados por un puente colgante. A la derecha queda el casco histórico de esta ciudad llamada Constantinopla, Bizancio y Estambul, con el palacio de Topkapi, Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Gran Bazar y el Cuerno de Oro; a la izquierda, los nuevos barrios y enfrente, Asia, distante, discreta llena de luz y unas lejanas montañas coronadas de enigmas.
 
En las aguas del Bósforo hormiguean buques de todos los tamaños y nacionalidades. Al final el atardecer en la Torre Galata, símbolo del barrio y donde se concentran  los jóvenes que viven la noche que nunca duerme. La calle Istiklal, termina en la plaza de Taskim que es el corazón comercial de los barrios de Pera y Gálata, donde en la época otomana vivían griegos, armenios, judíos, italianos y franceses. Los fines de semana por la noche los garitos de moda se llenan de un público de los más ecléctico. En horarios comerciales, 'la calle ancha de Istiklal' es un bazar en el que se suceden galerías de arte contemporáneo, salones de té, los centros culturales francés y español, puestos de doner kebap, tiendas de las marcas internacionales de ropa y puestos de música donde Sezen y otras estrellas del pop turco deleitan los oídos de los transeúntes.
 
En este barrio muchos se desgastan en saliva para explicar que los turcos no son árabes. Pamuk se pregunta en libros como Estambul: ciudad y recuerdos, "¿somos los turcos europeos?", y responde: "En parte sí y en parte no. Nuestra identidad siempre ha estado marcada tanto por Oriente, de cuyas estepas asiáticas comenzamos a huir en el siglo XI, como por Occidente, hacia donde siempre hemos caminado”. Lo único que prevalece en el país es que los turcos quieren ser europeos. En charlas sostenidas en Estambul, Bursa o Canakkale, con gente del país, comprobamos que los argumentos del que vende melones y sandias en la carretera coinciden con las de Celal o con la de los comerciantes del gran bazar que vende imitaciones. Pobres, ricos, hombres y mujeres, laicos e islamistas con un mismo sueño. Incluso en las Islas Príncipe, un conjunto de islitas que se encuentran agrupadas en el mar de Mármara, cerca de Estambul, una trabajadora de un centro salud sale a nuestro paso para decirnos que su país está listo para entrar en la UE. Al frente del hospital se divisa un pequeño islote, “la isla de los golpistas”. Allí nadie quiere mirar, es donde fueron fusilados los últimos militares contrarios al régimen.
 
 
Los derviches y el sufismo 
 
Estambul cuenta con un mínimo de doce millones de almas que se dispersan en una metrópolis que se desparrama durante kilómetros y kilómetros en las orillas europea y asiática del Bósforo. A ambas les une una música de flauta de caña de gran espiritualidad. Y a lo lejos el baile de los derviches giróvagos. "Venid, venid como sois", dicen en turco y mientras con sus sombreros de lana en forma de cono truncado y sus hábitos blanquísimos, comienzan a girar como los planetas y las estrellas y la velada en la Hodjapasha se llena de una magia indescriptible. Todo es un homenaje al más ilustre poeta y místico sufí Jalaledim Rumi, también llamado Mevlana, que aquí vivió y abrió escuela en el siglo XIII en la Capadocia. Una y otra vez, en decenas de las lenguas del planeta, se lee en este lugar la clásica cita de Mevlana: "¡Ven! No importa lo que seas. Puedes ser un infiel, un pecador o un idólatra. ¡Ven! Nuestra casa no es la de la desesperación. Aunque rompas tu promesa cientos de veces, puedes volver a venir". Y es que a Turquía es obligatorio volver siempre. Allí todo el mundo deja los zapatos en las puertas de sus viviendas. Tal vez sea para que las almas que se alejan del país sepan como retornar. Mientras tanto el pueblo nómada prosigue inquieto el camino hacia su destino.
 

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1 .- Sin duda, la ciudad más fascinante en la que he estado. Estambul/Constantinopla es bellísima y rebosa historia y encanto.

Leg

16/09/2011, 12:05 h.

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