Flaubert en Egipto: el viaje que dio nombre a Madame Bovary

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Marta Matute  11/06/2011

Flaubert en Egipto: el viaje que dio nombre a <em>Madame Bovary</em>
 
File, abril de 1850. “El cielo estaba tremendamente hermoso anoche, las estrellas brillaban, los árabes cantaban sobre sus dromedarios. Era una verdadera noche de Oriente, en la que el cielo azul desaparecía bajo la profusión de astros. Pero mi corazón estaba muy triste, mi pobre y amada madre…”. En la primavera de 1850, Gustave Flaubert, a punto de cumplir 29 años, viaja por Egipto acompañado de su amigo Maxime du Camp. Gustave saborea La Odisea en griego, o lo intenta, pues nunca logró dominar ese idioma, fuma con deleite su narguile y se deja seducir por las hermosas cortesanas que cubren sus pechos desnudos con collares de piastras de oro. Al fondo, el Nilo, “tranquilo como un río de acero. Hay grandes palmeras en la orilla. El cielo está totalmente azul”.
 
Leyendo la correspondencia de esta expedición, inédita hasta ahora en castellano, y recuperada por Gadir junto a otro clásico del género, Diario de Florencia, de Stendhal, descubrimos a un Flaubert íntimo, y, a ratos, desenfadado, que no abandona su genio literario ni siquiera cuando cae rendido ante las sensaciones más cotidianas de la travesía.
 
Los detalles del crucero constituyen un testimonio excepcional y son un documento histórico y literario del mayor interés para cualquier lector apasionado. Frente a la  extraordinaria fuerza creadora de Flaubert, uno no puede por menos que admirarse, y también sentir extrañeza. Ahora sabemos que este escritor superdotado, que en sus cartas dibuja con trazo firme la atmósfera perturbadora y milenaria de los faraones, atrapa con cautivadoras imágenes la belleza y la vitalidad del Egipto decimonónico y rescata para sus amigos los colores y sonidos de la exuberante naturaleza africana, es un joven abandonado a la indolencia y la melancolía porque aún no se sabe dueño de su talento y su vocación.
 
Nada, o casi nada, deja traslucir en sus cartas Flaubert, a no ser ese “llevamos una vida de holgazanería y ensoñaciones”, pero años más tarde Du Camp le reprochará en sus memorias haberse mostrado abúlico y retraído mientras atravesaban Egipto, Líbano, Palestina, Turquía y Grecia. ¿Nostalgia de Rouen? Amargura, dirá Vargas Llosa en su Orgía Perpetua, aflicción por el fiasco que resulta (la primera versión de) Las Tentaciones de San Antonio.
 
“Nuestra opinión es que debes echarlo al fuego y no volver a hablar jamás de eso”, le aconsejan Du Camp y Louise Bouilhet unos días antes de partir hacia Oriente. No importa: siete años más tarde, de la tribulación, nacerá Madame Bovary. Allí, contemplando la segunda catarata, el genio imaginó a su heroína.

El Nilo. Cartas de Egipto. Gustave Flaubert. Editorial Gadir.
El síndrome del viajero. Stendhal. Diario de Florencia. Editorial Gadir.


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