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Fallece a los 94 años de edad

Muere el rey sin trono Miguel de Rumanía, primo de la reina Sofía

Triste noticia para la familia real de Rumanía. El rey Miguel ha fallecido este martes en su casa de Aubonne (Suiza) a los 96 años de edad tras una larga lucha contra la leucemia. Hace ya varias semanas su hija y heredera, la princesa Margarita, informó de su delicado estado de salud y de que el final de su padre estaba ya cerca. Miguel ha muerto un año y cuatro meses después que su mujer, la reina Ana de Borbón Parma.

Desde muy niño supo que la fuerza de un rey reside en el amor de su pueblo, como reza el lema de la dinastía griega, a la que siempre estuvo tan unido. Un pensamiento que cultivó durante toda su vida, con honradez y paciencia. Hasta el punto de convertirse, de hecho, en el rey de la República de Rumanía, país en el que apenas reinó durante poco más de una década y en dos etapas, ya lejanas, bien diferentes: 1927-1930 y 1940-1947.

Con la muerte de Miguel I de Rumanía desaparece el último testimonio vivo del club de los jefes de Estado que vivieron en el ejercicio de su cargo durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Desaparece un hombre bueno, con un indiscutible prestigio moral —dentro y fuera de su país—, que ha tocado con la punta de sus dedos el más que probable regreso de la familia real rumana al trono.

Hijo del controvertido príncipe Carlos de Rumanía (luego Carlos II) y de la princesa Elena de Grecia y Dinamarca, Miguel de Rumanía era descendiente directo de la Reina Victoria de Inglaterra y del zar Alejandro II de Rusia, así como nieto de Constantino I de Grecia y de Sofía de Prusia. Primo, por tanto, de la reina Sofía de España y pariente del rey Juan Carlos.

Miguel de Rumanía acompañado de su hija Margarita (dcha), su esposa, Ana de Borbón-Parma (izda), y la reina Sofía. (Gtres)

Rey a los seis años

La primera experiencia de Miguel I como rey le llegó con tan solo seis años, tras la muerte de su abuelo, Fernando I, debido a que la azarosa vida sentimental de su padre, el príncipe Carlos, le había obligado a renunciar a sus derechos dinásticos. Carlos de Rumanía, que en 1918 se había casado en secreto con la plebeya Zizi Lambrino en Ucrania (matrimonio que anuló después el Tribunal Supremo rumano), contrajo matrimonio de Estado con Elena de Grecia en marzo de 1921, en Atenas, del que nació Miguel en octubre de ese mismo año. Carlos de Rumanía, que en 1918 se había casado en secreto con la plebeya Zizi Lambrino en Ucrania (matrimonio que anuló después el Tribunal Supremo rumano), contrajo matrimonio de Estado con Elena de Grecia en marzo de 1921, en Atenas, del que nació Miguel en octubre de ese mismo año.

Sin embargo, Carlos de Rumanía decidió fugarse en 1925 con Magda Lupescu, con quien ya había tenido relaciones anteriormente, por lo que fue obligado a renunciar a sus derechos dinásticos en enero de 1926, ya que ambos mantenían planes de boda.

Miguel de Rumanía fue nombrado heredero en 1926; y rey en julio de 1927, tras la muerte de su abuelo Fernando I, si bien este dejó nombrado un consejo de regencia presidido por su tío Nicolás (cuarto hijo del rey fallecido, el segundo varón), el patriarca de la Iglesia ortodoxa rumana y el presidente del Tribunal Supremo.

Pero el plan diseñado por su abuelo Fernando I falló estrepitosamente al tercer año. El descontento de los dirigentes políticos con el consejo de regencia animó al padre de Miguel I a regresar a Bucarest, donde se proclamó rey Carlos II en julio de 1930, manteniendo como heredero a su hijo.

Un reconocimiento que sería clave con el tiempo, a propósito de la reclamación de los derechos dinásticos que formularía en los años noventa el nieto del único hijo que tuvo Carlos de Rumanía con su primera esposa, Zizi Lambrino. A pesar de la confusión que generó ese recurso, ya que el Tribuna rectificó y dio validez a aquel matrimonio, no reconoció los derechos dinásticos de su primer hijo, debido precisamente a que Carlos II de Rumanía mantuvo como heredero a su hijo Miguel.

Regreso al trono y largo exilio

Carlos II fue obligado a abdicar en favor de su hijo en septiembre de 1949. Miguel I de Rumanía regresó al trono cuando contaba con 19 años, en un momento de gran debilidad política y económica del país. Carlos II se exilió. Murió en Portugal, en 1953.

Tras la errática posición de Rumanía durante la Segunda Guerra Mundial, primero con las fuerzas del Eje y finalmente junto a los aliados, el país quedó bajo la administración rusa y, posteriormente, en el bloque soviético.

En 1947, el Parlamento —dominado por el Partido Comunista— obligó a la familia real a abandonar Rumanía, despojando de su título, de la nacionalidad y de todas sus propiedades al rey Miguel I, que se exilió inicialmente a Londres y posteriormente a Suiza.

Durante su largo exilio (45 años), Miguel de Rumanía y su esposa Ana de Borbón-Parma mantuvieron una muy estrecha relación con todas las casas reales europeas, pero muy especialmente con la griega y, por consiguiente, también con la de España. Una relación que se ha asentado en sus vínculos familiares, aunque Miguel ha sido siempre uno de los miembros de la familia más próximos, siempre presente en los acontecimientos —felices y desgraciados— de la monarquía griega y de sus múltiples ramificaciones por toda Europa.

El Rey Miguel de Rumanía en una imagen de archivo. (Reuters)

Así, Miguel vivió muy de cerca los exilios de sus tíos Jorge II de Grecia y Pablo (luego Pablo I de Grecia), estuvo en la trastienda de las bodas de su primo Constantino II de Grecia y de su prima Sofía de Grecia con el príncipe Juan Carlos de España, en la muerte del rey Pablo, en la caída del rey Constantino II, en la boda de los príncipes de España Juan Carlos y Sofía, así como en su posterior ascenso a la Corona de España…

Por cierto, cuando la pequeña princesa Sofía no había cumplido aún los diez años, ella era una de las niñas que acompañó al altar a Miguel de Rumanía y a Ana de Borbón-Parma en la catedral de Atenas. Fue, en efecto, uno de los primos más queridos de los actuales Reyes eméritos de España.

Largo camino hacia la restauración

Tras la caída del bloque comunista, Miguel I tuvo la iniciativa de hacerse presente en Rumanía, marcando así una tendencia que seguirían de distinta forma y con distinta suerte otros miembros de la amplia familia real europea. Entre ellos, Simeón de Bulgaria. Miguel de Rumanía pudo volver a residir en Bucarest desde 1992, aunque no lo hizo de manera permanente. Y en 1997 logró que el Estado rumano le devolviera la ciudadanía, además de algunas de sus antiguas posesiones.

En 2001 recuperó el título de rey, al ser reconocido también como antiguo jefe del Estado. Y su intensa labor, ajena a la política de los partidos y muy vinculada a iniciativas de carácter social, contribuyó decisivamente a engrandecer su prestigio como referente moral de un país en el que la clase política no ha gozado precisamente de un gran respeto por parte de la ciudadanía. Incluso algunos de los principales dirigentes políticos han llegado a comprometer en los últimos años su apoyo a la dinastía real rumana en el caso de llegar al Gobierno, lo que ha permitido generalizar la idea de una probable restauración de la monarquía a medio plazo.

La celebración del 60 aniversario del matrimonio del exrey con Ana de Borbón-Parma (nieta del infante de España Roberto duque de Parma), en 2008, fue un acontecimiento que contribuyó de manera muy importante a la consolidación de este clima de respeto y admiración por la Corona rumana. De hecho, tres años después, el rey Miguel intervino ante el Parlamento rumano como ex jefe del Estado, con un discurso que concitó numerosos aplausos, en el que —entre otras cosas— defendió el papel de la monarquía en el siglo XXI: “La Corona —dijo— no es un símbolo del pasado, sino una representación única de nuestra independencia, de nuestra soberanía y de nuestra unidad”.

Complicaciones de última hora

Pero no han sido todo parabienes en el paciente regreso de Miguel I a Rumanía, especialmente en los últimos tiempos. Mientras el amor del pueblo que había cosechado Miguel I se trasladaba estratégicamente a su nieto Nicolás (hijo de Elena, la segunda de sus cinco hijas), en agosto del año pasado fue apartado de los derechos dinásticos.

En la nota oficial que se hizo pública se decía textualmente: “La familia real y la sociedad rumana de estos tiempos necesitarán un dirigente bajo el signo de la modestia, bien equilibrado, con principios morales y siempre pensando en los demás”.

Nicolás de Rumanía, el príncipe destronado por su propio abuelo. (Gtres)

La sorprendente decisión del anciano rey y la no menos sorprendente explicación dispararon todo tipo de rumores, aunque posteriormente se supo que el joven Nicolás, cuya proyección pública en Rumanía alimentaba definitivamente la idea de la restauración monárquica a medio plazo, mantenía una relación con una colaboradora, con la que había tenido una hija. Y ni esa relación ni el fruto de la misma serían reconocidas por el monarca sin trono de la república exsoviética.

Si ya había desconcertado en 2001 a la opinión pública rumana el hecho de que el rey aboliera parcialmente la ley sálica (dado que de su matrimonio nacieron cinco hijas) para abrir el paso a su nieto Nicolás, la radical decisión de apartarle de los derechos dinásticos ha empantanado la feliz carrera de los monárquicos hacia la restauración.

Miguel de Rumanía junto a su hija, la princesa Margarita. (Reuters)

Hoy, su hija mayor, Margarita, que en marzo pasado asumió la representación de la familia real, es ya la heredera al trono. Y con ella, su enigmático marido, el príncipe Radu, a quien se atribuye un cierto interés por asumir un papel protagonista si en algún momento, quién sabe, pudiera acceder al trono como consorte de la reina Margarita de Rumanía.

Funeral de Estado

Debido a su delicado estado de salud, Miguel I y su esposa Ana se recluyeron definitivamente en 2015 en la residencia que poseen en las proximidades de Lausana. Y precisamente muy cerca de allí, en un centro hospitalario de Morges, falleció el pasado 1 de agosto Ana de Borbón-Parma, a escasas semanas de cumplir los 93 años.

El Gobierno rumano decretó una jornada de luto nacional y Bucarest acogió el primer funeral de Estado de un monarca desde el fallecimiento de la reina María de Edimburgo (abuela del Miguel I) en 1938. A los actos, presididos por la princesa Margarita y su esposo Radu, no acudió ningún representante de la Corona española.

Fermín J. Urbiola

Fermín J. Urbiola

Periodista y escritor

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