Los Cotswolds, campiña con sabor a Shakesperare

Los Cotswolds, campiña con sabor a Shakesperare

Viviendas típicas de los Cotswolds, abajo, la catedral de Gloucester

@Miriam Rubio - 22/08/2008

Ahora que el turismo rural está en boga, los Cotswolds británicos pueden ser una buena opción para visitar paisajes con encanto. Esta zona, llamada también ‘El corazón de Inglaterra’, guarda todo el sabor de la época de Shakespeare. No en vano, la localidad en la que nació el genial escritor se encuadra dentro de esta comarca delimitada al norte por Stratford-upon-Avon, cuna del autor de Hamlet; al este por Oxford, al sur por Chippenham y Bath y al oeste por las localidades de Cheltenham y Gloucester (Ver Mapa).

 

Casitas pintorescas propias del siglo XVIII pueblan la mayor parte de esta comarca a la que los ingleses llaman por economía lingüística los ‘wolds’. Las edificaciones están construidas con un tipo de roca caliza llamada Oolite, de color amarillento, característica de esta zona que aprecian tanto los ingleses. El bullicio y el movimiento de Londres, a cerca de dos horas de viaje, contrasta con la paz campestre que habita en la mayoría de las aldeas que componen los Cotswolds. Quizá Stratford-upon-Avon sea, entre esas pequeñas poblaciones que tuvieron su mayor época de esplendor durante los siglos XV y XVI, la más conocida y la más atractiva a ojos del visitante, sin duda por su vinculación con el autor que escribiera la historia de amor más famosa de todos los tiempos.

 

La casa en la que nació William Shakespeare, el lugar en el que vivió con su esposa Anne Hathaway y el cementerio en el que reposan sus restos mortales desde su fallecimiento, que tuvo lugar el 23 de abril de 1616 –tan sólo un día antes de que feneciera Miguel de Cervantes-, constituyen lugares atractivos para los cerca de tres millones de viajeros que la localidad recibe cada año. Pero no hay que olvidar otros lugares con encanto como Chipping Campden, Stow-on-the-Wold o Brodway por los que pasear se convierte en un gusto para los sentidos.

 

También los romanos pasaron por esta zona. Así lo atestigua la ciudad de Bath. El nombre es, sin duda, herencia de ese asentamiento y de las termas que aún se conservan en el centro de la población (del sajón Baðum, ‘en los baños’) y que ofrecen al visitante un agua de un color un tanto dudoso que afirman, brota del un manantial que ya los habitantes celtas de la zona veneraban y que posee propiedades medicinales. Y es que del lugar parece emanar esa espiritualidad a la que apuntaban los celtas y los romanos. Estos últimos consideraban el manantial un lugar de culto para la diosa Minerva. Pero también los cristianos hicieron su aportación a ese aura mística con la construcción de la abadía de la ciudad, una de las edificaciones que mejor reproduce los cánones del gótico vertical en Inglaterra.

 

Pero la abadía de Bath tiene en la zona de los Cotswolds otra dura competidora, la antigua abadía católica de Gloucester, reconvertida por Enrique VIII en catedral anglicana. Sus pasillos fueron utilizados como telón de fondo para la saga cinematográfica de Harry Potter. Así, por esas cosas que tiene el cine, el colegio Hogwarts es, en realidad, parte de la antigua residencia monacal de esta localidad inglesa.

 

La ciudad industrial venida a menos de Gloucester contrasta con la vecina Cheltenham, una ciudad residencial plagada de parques y que fue construida en torno a un Spa que aún hoy día sigue siendo un lugar más que recomendable para recibir un tratamiento termal y pernoctar por un precio bastante acorde con la calidad del servicio y las instalaciones. Así mismo, es recomendable darse una vuelta por la ciudad para ver la universidad, el hipódromo así como el curioso reloj situado en el centro comercial Regent Shopping Arcade, el reloj mecánico más grande del mundo, con 14 metros de altura.

 

Pero sin duda, el mayor atractivo de esta zona de la campiña inglesa es poder construirse un viaje a antojo, eligiendo tiempos y lugares para visitar, incluyendo la cercana ciudad de Oxford, que da en si misma para una vista prolongada. Y es que, al fin y al cabo elegir a nuestro gusto es la mejor forma de viajar, porque como ya decía el propio Shakespeare, “no tratéis de guiar al que pretende elegir por sí su propio camino”.

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