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CASAS REALES

Un arisco vecino llamado Iñaki Urdangarín

Cuando un nuevo inquilino llega al barrio barcelonés de Pedralbes, los vecinos de la zona tienen por costumbre preparar una suerte de fiesta de bienvenida. Eso mismo

Cuando un nuevo inquilino llega al barrio barcelonés de Pedralbes, los vecinos de la zona tienen por costumbre preparar una suerte de fiesta de bienvenida. Eso mismo hicieron con Iñaki Urdangarín cuando se instaló, con su familia, en un casoplón de 2.000 metros cuadrados hace ahora 6 años.

Los duques de Palma siempre hicieron gala de su educación y discreción. Y, sin embargo, eso no les bastó para ganarse el cariño de sus vecinos. Ya en aquella fiesta se vilsumbró la ausencia de feeling entre ellos. Iñaki Urdangarín llegó en el último momento, pero no a disfrutar del convite, sino a informar a sus vecinos de que le sería imposible asistir. No dio más explicación.

A partir de entonces las relaciones entre el vecindario y el yerno real se tornaron corteses, pero sin familiaridad alguna. "Aseguran que era hosco, de talante serio, adusto. Educado siempre, pero nada más. Se limitaba a contestar con un breve y tímido saludo. Un sieso, vamos", resume la periodista especializada en Casa Real, Pilar Eyre, a Vanitatis.

Los residentes de la zona de Pedralbes cuentan que el hecho de tener a estos miembros de la Familia Real entre sus vecinos se saldaba con muchas perjuicios y pocos beneficios, sobre todo en lo que al tema de seguridad se refiere.

De hecho, cuando Iñaki Urdangarín dio una fiesta con motivo de su 40 cumpleaños, los vecinos quizá esperaban una invitación. Pero lejos de convidarles les ocasionaron más de una molestia debido al cierre de varias calles –la Reina Sofía era una de las asistentes al evento, con lo cual hubo que movilizar numerosos efectivos de seguridad-.
Una marcha precipitada a Washington
Los vecinos encuentran además inexplicable y, cuanto menos, rara, la precipitada marcha de la familia a Estados Unidos, aunque se sienten aliviados por ella. Hay que tener en cuenta que únicamente se esgrimió como motivo el puesto de trabajo del cabeza de familia en Telefónica. Atrás quedaba el elevado precio de la vivienda, unos seis millones de euros. Una casa que remodelaron de arriba abajo para modernizarla y cambiarla por completo -salvo una suerte de secreter inglés que decidieron conservar-. Así, sustituyeron una especie de pista de baile de cemento que existía en el jardín por una piscina.
El vecindario no es el único colectivo que está molesto con la familia. También los compañeros de trabajo de la infanta Cristina, en La Caixa, andan con el resquemor a vueltas. En su caso, les sentó mal la especial consideración que se tuvo con la hija del rey cuando se permitió que una empleada más estuviera a sueldo de la entidad bancaria en otro país. Eso sí, Doña Cristina, en su afán por demostrar su compromiso con la empresa, mantiene su palabra de acudir a todos los actos que tengan lugar en España, aunque estos se celebren en el último pueblo perdido del país.
¿Cómo son los nuevos inquilinos?
La decisión de poner en alquiler la vivienda respondía a la necesidad de reducir gastos innecesarios de la familia. La intención que subyace realmente es la de vender la casa a medio plazo, cuando el mercado se recupere un poco, puesto que los duques de Palma no tienen intención de volver a Barcelona. Cuando regresen a España, todo apunta a que la familia se instalará en Madrid.
Los nuevos inquilinos de la vivienda de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarín, familiares de un emir árabe, han aprovechado todo el mobiliario, sin desechar prácticamente nada. Aunque sigue siendo una zona con mucha privacidad, la nueva familia ha optado por retirar las cámaras de seguridad y correr las ventanas, todo lo contrario que los duques de Palma, que siempre las mantenían cerradas a cal y canto como si de un búnker se tratara, tal y como cuenta a Vanitatis Pilar Eyre, quien destaca que los nuevos habitantes han colocado una colorida jaima en el jardín. 
Otro de los cambios que ha experimentado la vivienda responde a las labores de mantenimiento. Si antes estaba impecable, ahora pueden apreciarse pequeños regueros en las paredes producto de la lluvia. La música y el ruido también se han apoderado de la vivienda. Lo que no ha cambiado son las espectaculares vistas de las que se disfruta desde la azotea. En días despejados, puede verse hasta la isla de Mallorca. 
El contrato de arrendamiento firmado por la infanta Cristina y sus inquilinos tiene una duración de cerca de dos años, durante los cuales la hija de don Juan Carlos cobrará alrededor de 30.000 euros mensuales, según Eyre.
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