Los porqués de la abdicación de Beatriz de Holanda
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Los porqués de la abdicación de Beatriz de Holanda

A falta de tres días para cumplir los 75 años de edad, la reina Beatriz de Holanda ha decidido pasarle el testigo a su hijo, el

A falta de tres días para cumplir los 75 años de edad, la reina Beatriz de Holanda ha decidido pasarle el testigo a su hijo, el príncipe Guillermo, y a la controvertida mujer de éste, la argentina Máxima Zorreguita, que a partir del próximo 30 de abril se convertirán en reyes de los Países Bajos. Esta fecha conmemora el día en el que la todavía soberana ascendió al trono -33 años antes, en 1980- tras abdicar su madre, la reina Juliana.

 

El día elegido por la “reina de la sonrisa”, como era conocida, para coronar a su primogénito como rey no es fruto de la casualidad. Al igual que no lo es el momento seleccionado para dar a conocer su decisión. Deja el trono porque “es el momento”: "La responsabilidad sobre nuestro país debe recaer en las manos de nuevas generaciones", dijo en su discurso. El momento al que se refiere es el periodo de relativa tranquilidad que atraviesa Holanda, a pesar de la crisis financiera que vive el mundo occidental.

 

Meses antes, la región sufrió un momento de convulsión ante las pretensiones xenófobas del líder antimusulmán, Geert Widers. Partidario de unas medidas tachadas como racistas por la oposición y vistas con preocupación no solo por la Jefa de Estado –incapacitada por la legislación holandesa para opinar sobre cuestiones políticas-, sino también por los países vecinos. Finalmente, la extrema derecha fue aplacada en las elecciones celebradas el pasado mes de septiembre por los liberales de derecha, lo que ha traído un ambiente de relativa calma. Un momento idóneo para cederle el cargo al príncipe Guillermo. 

El golpe más duro para la reina Beatriz

Otro de los motivos que ha propiciado la decisión de la soberana de abandonar el trono en favor de su primogénito -será el primer monarca varón desde el siglo XIX- es el coma profundo en el que se encuentra su hijo, Johan Friso. Beatriz, más como madre que como reina, lucha con uñas y dientes por mantener con ‘vida’ a su hijo, que ha sido declarado por los facultativos del hospital universitario de Innbruck “muerto clínicamente”, tras ser sepultado por un alud de nieve mientras esquiaba en los Alpes austriacos.

 

Pese a que el diagnóstico no es esperanzador, los Orange se niegan a tal posibilidad y por este motivo decidieron emplazar los cuidados del príncipe en el hospital Wellington de Londres, especializado en problemas neurológicos y cerebrales, dos semanas después del accidente. En Holanda, una persona en su estado no habría sido mantenida con vida más de seis meses, pero la legislación inglesa sí que lo contempla.

 

Esta decisión no ha sido bien acogida por el pueblo holandés, quienes no entienden por qué se invierten 3.000 euros diarios en mantener a una persona “clínicamente muerta”, que permanece con “actividad cardiaca y ventiladora gracias a una máquina”. A finales de noviembre, se informó desde la propia Casa Real holandesa que el príncipe Friso comenzaba a dar señales de conciencia, aunque su estado continuaba siendo “muy preocupante”.

 

Este comunicado fue criticado por muchos, quienes consideraron que se trataba de un intento desesperado de justificar unos gastos considerados “innecesarios”. Una presión que ha conseguido minar la estabilidad emocional de Beatriz de Holanda que, ahora, siguiendo la tradición que iniciaron sus predecesoras en el ‘cargo’, con el entorno político menos convulso que antaño y preocupada por su drama personal le pasa “el legado a las nuevas generaciones”.

Beatriz de Holanda