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CASAS REALES

Máxima Zorreguieta, una futura reina con 'pasado'

La abdicación de la Reina Beatriz de Holanda, que anunció ella misma en un discurso pronunciado este lunes, no tiene el trasfondo romántico y casi loco

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    La abdicación de la Reina Beatriz de Holanda, que anunció ella misma en un discurso pronunciado este lunes, no tiene el trasfondo romántico y casi loco de la histórica renuncia que protagonizó Eduardo VIII en 1936. Su historia de amor con  Wallis Simpson, una socialité estadounidense dos veces divorciada, sigue fascinando a propios y extraños, tantos años después de su muerte. Pero, al igual que el duque de Windsor dejó de ser rey por amor, Máxima se convertirá en unos meses en la primera reina plebeya del siglo XXI también por la misma razón. Pocos apostaban por ella, cuando el príncipe Guillermo anunció el compromiso. Muchos menos cuando conocieron su pasado. Su padre, Jorge Zorreguieta, había sido miembro civil de la Junta Militar durante la dictadura argentina de Jorge Videla, acusado de cometer todo tipo de delitos de lesa humanidad durante su mandato. Esa era una mácula demasiado complicada de borrar en el currículum de la que un día, tal y como ha sucedido ahora, se convertiría en reina de un país de una gran tradición monárquica.

    La conmoción fue importante. La indignación que suscitó conocer sus orígenes familiares, mayor. La Europa vetusta y de firmes dogmas regios ya había pasado por una situación, aunque no parecida, de problemática similar: la de Mette-Marit. La princesa, madre de un niño de una extinta y problemática relación anterior y con un pasado que albergaba episodios de coqueteo con las drogas, había hecho crujir los cimientos de una institución, en la que las mujeres sin 'sangre azul' se han hecho un hueco durante la primera década del siglo XXI. De Mette-Marit a Mary Donaldson. De Máxima Zorreguieta a Letizia Ortiz. En efecto, en España existe un paradigma comparable al de la que será reina de Holanda: el de la princesa de Asturias. Antes de ser la mujer que finalmente llevó, tras varias experiencias amorosas frustradas, a don Felipe al altar, Letizia era una mujer divorciada de su primer marido, periodista con fama de combativa y proclive a las corrientes alejadas a la monarquía. Aunque bien es cierto (ahí no hay parámetro para comparar) que el padre de la princesa de Asturias no atesoraba un pasado tan turbio.
    Jorge Zorreguieta fue vetado en la boda de su propia hija. Quizá esa era la razón por la que Máxima lloraba amargamente al escuchar el tango de Piazzola que estremecía la catedral de Ámsterdam. La mezcla de sentimientos del tango cobraba sentido en la tristeza y en la alegría de Máxima, quien será la primera argentina en convertirse en reina. Aquello enterneció a los más duros. En España siempre se ha criticado la rigidez y el hieratismo de Letizia. Pocas veces llora. Ese gesto, tan involuntario y fisiológico a la vez, siempre es motivo de crítica. Por lo demás, Máxima encarnaba el perfil de una auténtica ganadora. De una mujer abocada al éxito por su propia naturaleza. Antes de ser princesa, se ganaba la vida como bróker en Nueva York. Una bróker con ínfulas estilísticas cercanas al power dressing, el género que dominaba a la perfección Margaret Tachter. Se notaba que le esperaba un gran futuro. Al menos, un futuro no apto para todos.
    Nacida en Buenos Aires en 1971, Máxima pasó su infancia y juventud en Barrio Norte, un distrito acomodado de la capital argentina. Luego se mudó a Estados Unidos, hasta que se topó con el príncipe Guillermo Alejandro de Holanda durante la Feria de Sevilla, a la que había acudido junto a una amiga. A partir de entonces, Máxima ha luchado para ganarse la simpatía del pueblo holandés. Lo ha conseguido. Sus tres hijas han asegurado la continuidad dinástica. En su amplia mayoría, han cambiado la opinión de los primeros tiempos. Aunque también ha habido hueco para la polémica en esta contrarreloj hacia el trono. La construcción de una mansión en Mozambique les puso en lo alto de la picota informativa. Y también en el blanco de las críticas. Al final, decidieron ponerla a la venta por una cantidad simbólica. Los problemas de salud de Inés, su hermana pequeña, también la han acercado a la opinión pública. Hasta convertirla en la princesa de la sonrisa inabarcable. Hasta convertirla en la reina Máxima de Holanda.
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