Familia Real Española: El Rey emérito a su padre: Jugaste una carta: y si gana, ¡chapeau!, pero no lo veo probable
25 AÑOS DE LA MUERTE DEL CONDE DE BARCELONA

El Rey emérito a su padre: "Jugaste una carta: y si gana, ¡chapeau!, pero no lo veo probable"

El conde de Barcelona siempre creyó que Franco no nombraría a su sucesor en vida. Y estaba convencido de que cuando falleciera el dictador, él viajaría a Madrid y sería aclamado como Rey

Foto: El príncipe Juanito, como familiarmente se le llamaba, encendiendo un cigarrillo a su padre, el conde de Barcelona. (Foto: Casa Real)
El príncipe Juanito, como familiarmente se le llamaba, encendiendo un cigarrillo a su padre, el conde de Barcelona. (Foto: Casa Real)

Tras el breve viaje que realizó a España hace 50 años para asistir al bautizo de su nieto Felipe (8 de febrero de 1968), don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, comenzó a dar un cierto crédito a la idea de que Franco pudiera elegir a su hijo Juanito -después don Juan Carlos- como sucesor a título de Rey, aunque convencido de que este no lo aceptaría jamás. Pero dado el tono de algunos de los comentarios que recibía, decidió actuar. Y lo hizo 'por derecho', como casi siempre. En mayo de 1968 escribió a su hijo Juanito para pedirle que abandonara temporalmente España y se estableciera durante unos meses junto a él, en Estoril.

La contestación del príncipe Juan Carlos no fue de su agrado. Su hijo le recordó que durante toda su vida había ido de un lado para otro por orden suya. Y que también residía en la Zarzuela porque él lo acordó con Franco... “En estos años nada hice que te perjudique a ti o a la institución. Tú has jugado una carta; yo otra, por tu mandato. Sigue tú con la tuya y yo con la mía. Si gana tu carta, me descubro, ¡chapeau! Pero no lo veo probable. Hemos de pensar en España y en la institución”.

Don Juan Carlos aseguró posteriormente que si su padre le hubiera insistido, tendría que haber abandonado la Zarzuela, pero no para ir a Estoril, sino para incorporarse “al destino que me corresponda en el Ejército”.

Esperanzado hasta el último minuto

El conde de Barcelona siempre creyó que Franco no nombraría sucesor alguno en vida, que esa cuestión quedaría en manos de los militares. Y estaba convencido de que cuando falleciera el dictador, él iría a Madrid y sería aclamado como Rey. Sin embargo, fue justamente ese año 1968, hace ahora medio siglo, cuando se gestó la denominada operación Salmón, urdida en la cúspide del régimen, cuyo objetivo no era otro que garantizar la continuidad mediante la designación del príncipe Juan Carlos como sucesor de Franco a título de Rey.

A principios de julio de 1968, durante un encuentro en El Pardo, el príncipe le comentó a Franco, en tono de queja, que se encontraba en una situación muy difícil, porque las relaciones con su padre iban de mal en peor a cuenta precisamente de los rumores en torno a la designación de su sucesor.

El príncipe Juan Carlos junto al dictador Franco. (Gtres)
El príncipe Juan Carlos junto al dictador Franco. (Gtres)

Lo más conveniente era que despejara esa incógnita cuanto antes, aunque también le trasladó que él no tenía ninguna prisa. Sin embargo, aunque con pocas palabras (como era habitual), sí entendió bien la respuesta de Franco: “Yo sí tengo prisa, porque cualquier día me puede ocurrir algo”.

La estrategia de Carrero y López Rodó

Luis Carrero Blanco, que en julio de 1967 había sustituido a Muñoz Grandes en la vicepresidencia del Consejo de Ministros, habló con Franco sobre el futuro de la ley de sucesión en octubre de 1968. Le aconsejó que resolviera cuanto antes la designación de su sucesor y que lo hiciera por sorpresa, para evitar reacciones en contra. Que lo mantuviese en secreto hasta el momento oportuno. Franco accedió.

La operación Salmón, diseñada por Carrero y López Rodó, daba sus frutos. El pez había picado y ahora de lo que se trataba era de llevarlo tranquilamente hasta la cesta. Y de todo ello tuvo noticia inmediatamente don Juan Carlos.

El Rey emérito a su padre: "Jugaste una carta: y si gana, ¡chapeau!, pero no lo veo probable"

Por eso y porque desde el interior del régimen (con la esposa de Franco como principal valedora) se intensificaba la campaña a favor de Alfonso de Borbón y Dampierre, primo del príncipe Juan Carlos, este hizo unas declaraciones a Efe el 6 de enero de 1969 (había cumplido 31 años el día anterior) en las que se expresaba muy condescendiente con el régimen como cauce hacia la monarquía. Y aunque mantuvo siempre el criterio de que el Rey debía ser su padre, ante la tesitura de que él mismo fuese designado por Franco también evitó una negativa:

“He dicho varias veces que el día que juré bandera prometí entregarme al servicio de España con todas mis fuerzas. Cumpliré la promesa de servirla en el puesto en el que pueda ser más útil al país, aunque esto pueda costarme sacrificios. Puede usted comprender que, de lo contrario, no estaría donde estoy. Es una cuestión de honor, a mi entender”.

El príncipe Juan Carlos jurando bandera en Zaragoza. (EFE)
El príncipe Juan Carlos jurando bandera en Zaragoza. (EFE)

Y al ser preguntado si su aceptación no supondría una traición a los derechos dinásticos, respondió: “La satisfacción de ver recuperada la institución monárquica no es poco, por otra parte, para justificar agradecimiento y una cierta flexibilidad”.

¿Hasta dónde se comprometió con Franco?

A los pocos días, Franco comentó a sus ministros que designaría al príncipe Juan Carlos. Y el 15 de enero de 1969 se lo comunicó personalmente a él, aunque no de manera concluyente. La designación, le dijo, la haría a lo largo de ese mismo año. Y, a partir de ese momento, lo único que le preocupó fue la reacción de su padre. Después de la muerte de la reina Victoria Eugenia (15 de abril de 1969), los estrategas de la operación Salmón comenzaron a preparar el discurso de aceptación que debía pronunciar el Príncipe ante las Cortes. Parecía inminente. Sin embargo, más tarde supieron que Franco lo anunciaría en torno al 18 de julio.

Don Juan tenía la sensación de que su hijo no le contaba la verdad. O, al menos, que no le contaba toda la verdad. Pero tampoco quería imaginar que podía prestarse al juego de Franco y aceptar su designación como sucesor. Eso sería tanto como traicionarle… A pesar de todo, intentó en distintas ocasiones conocer exactamente hasta qué punto se había comprometido su hijo con Franco.

“Yo no seré rey, pero tú tampoco”

A finales de junio de 1969, don Juan mantuvo una tensa conversación con su hijo en Estoril. Este negó que Franco le hubiese propuesto algo, pero no que no lo fuese a aceptar en el caso de que se lo propusiera. Si no lo aceptaba, le dijo, “yo no sería el Rey, pero tú tampoco”, porque Franco llamaría a su primo Alfonso.

El príncipe Juan Carlos junto al dictador Franco. (Gtres)
El príncipe Juan Carlos junto al dictador Franco. (Gtres)

Y a mediados de julio, tras su regreso de Portugal, el príncipe Juan Carlos fue al Pardo. Y recibió el mensaje de Franco que había esperado desde hace años, que él mismo relató años después:

"Tengo que anunciaros algo —me dijo sin cambiar el tono—. El próximo día 22 de julio voy a nombraros mi sucesor a título de rey (…) No me dijo: ‘Tomaos tiempo para reflexionar vuestra respuesta’. No. Tenía que responderle allí, enseguida. Al fin había llegado el momento que yo tanto temía (…) Le dije: ‘De acuerdo, mi general, acepto’. Sonrió imperceptiblemente y me estrechó la mano”.

Minutos después, ha comentado doña Sofía, llegó a la Zarzuela y me dijo: “Sofi, ¡ya está! Franco acaba de decirme que si quiero ser su sucesor. Le he dicho que sí (…) Venía preocupado. Su temor era la reacción de su padre y del núcleo de los de Estoril”.

Don Juan: “¡Qué cabrón!”

Don Juan Carlos envió una carta a su padre, que llevó personalmente a Estoril el jefe de la Casa del Príncipe, Nicolás Cotoner y Cotoner, marqués de Mondéjar. A diferencia de todas las cartas anteriores, esta no la firmaba Juanito, sino Juan Carlos. Y a partir de esa fecha, dejaría de utilizar el título de Príncipe de Asturias, que sustituyó por el de Príncipe de España.

La mañana de la festividad del Carmen, patrona de los marineros, lunes, en Villa Giralda, don Juan apenas cruzó palabra con Mondéjar. Leyó la carta y se desmoronó. No daba crédito. ¡Franco había designado a su sucesor en vida! ¡Y a su hijo! ¡Juanito me ha traicionado! Doña María de las Mercedes se acercó discretamente a Mondéjar: “Dile a Juanito que estoy muy contenta. Que sepa que yo me ocupo de que aquí no se hagan tonterías”.

Don Juan con su esposa, María de las Mercedes, en un acto oficial. (Gtres)
Don Juan con su esposa, María de las Mercedes, en un acto oficial. (Gtres)

A las pocas horas llegó a Villa Giralda el embajador de España en Lisboa con la carta de Franco en sobre lacrado. Don Juan, derrumbado moralmente, la tiró con gesto cansino sobre la mesa y le despidió cortésmente. Cuando leyó la carta se dio cuenta de la humillación a la que le sometía Franco.

¡Qué cabrón!, dijo. Se había vengado de todas y cada una de las tretas que le había tendido el conde de Barcelona desde hacía más de treinta años. Y, en especial, de la que urdió con motivo del anuncio de la boda de su hijo, en Lausana. Don Juan salió de Villa Giralda sin poder disimular el 'golpe', con la vista perdida. Regresó al día siguiente, jueves, y disolvió su consejo.

“Vámonos a tomar el té tú y yo solos”

Tras su designación oficial y el solemne acto de aceptación ante las Cortes franquistas, padre e hijo estuvieron casi seis meses sin dirigirse la palabra… Hasta las Navidades de 1969, que reunió a toda la familia en Lausana.

Don Juan en la década de los 90 junto a un cuadro de su hijo. (Gtres)
Don Juan en la década de los 90 junto a un cuadro de su hijo. (Gtres)

“De pronto, don Juan me dice: Oye, vámonos a tomar el té tú y yo solos. Y nos fuimos”. Se sentaron en el café Romand de la plaza Saint-François y hablaron. Volvieron a repetir los argumentos que tantas veces habían comentado: he hecho siempre lo que tú me has ordenado, yo estoy en España desde los 10 años porque tú quisiste, la misión que me encomendaste era trabajar en España por la restauración de la monarquía…

Y don Juan se quejó de que últimamente le había desobedecido hasta llegar, incluso, a traicionarle. Y por si fuese poco, cuando fue designado sucesor, se lo comunicó por carta, “como si me notificasen una multa por tener mal aparcado el coche”.

Después de un largo tiempo de explicaciones y de silencios, don Juan Carlos dio un paso adelante, quizá inesperado, en la conversación:

“Papa, objetivamente yo tengo más posibilidades de reinar que tú. Pero no estoy seguro. Franco puede cambiar de actitud. Lo que sí te puedo decir es que nos necesitamos los dos. Yo desde dentro y tú desde fuera. Porque yo, dentro, estoy completamente rodeado y vigilado, y no puedo tener contactos con la oposición. Y tú, fuera, sí puedes. Y solo de esta manera podré hacer una monarquía democrática, para todos los españoles, piensen de una manera o piensen de otra. Mi padre estaba como ensimismado y no decía nada. Yo tampoco tenía más que decir. En estas, me mira, se pone de pie… Venga, prefiero creerte, ¡dame un abrazo! Y allí echamos nuestras lágrimas los dos (…) A partir de aquel té en el café Romand, mi padre fue mi mejor consejero, mi apoyo más firme… y más leal”.

Fermín J. Urbiola

Periodista y escritor

www.ferminjurbiola.com

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