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FELICIDADES

Don Juan Carlos dejó de celebrar su santo y sabemos por qué lo hizo

Aquel verano de 1992 fue la última vez que el Rey emérito celebró su onomástica en el Campo del Moro

Foto: El rey Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Reuters)
El rey Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Reuters)

Durante años el santo del rey don Juan Carlos se convertía en el broche final de la vida institucional del jefe del Estado hasta después del verano. Su cumpleaños, el 5 de enero, que coincidía con la celebración de la Pascua Militar, tenía un carácter más rígido y protocolario. Había menos posibilidad de frivolidades como sí sucedía el 24 de junio con la recepción en los jardines del Palacio Real.

El Campo del Moro se convertía en un desfile de la llamada sociedad civil donde dejarse ver era lo importante. La familia real al completo (Rey, Reina, Príncipe de Asturias e Infantas) recibían. Tras el besamanos, los invitados se dispersaban por el jardín donde se servía el cóctel, supervisado hasta el último detalle por el tabernero José Luis Solaguren, que así le gustaba que le llamaran. Además de encargarse de que todo estuviera perfecto, José Luis se convertía en el sostén moral de don Juan Carlos que, cuando estaba cansado, se apoyaba disimuladamente en el brazo del restaurador vasco.

El rey Juan Carlos en una imagen de archivo. (Limited Pictures)
El rey Juan Carlos en una imagen de archivo. (Limited Pictures)

La puesta en escena era más o menos la misma hasta 1992, año en que dejó de celebrarse en Madrid. Una decisión marcada por el prudente general Sabino Fernández Campos, jefe de la Casa de Su Majestad. Esa última recepción se convirtió en una comedia de enredo que muy bien podía haber interpretado Arturo Fernández.

En ese jardín coincidían matrimonios en proceso de divorcio contencioso, amantes despechadas, maridos engañados, ministros lenguaraces, amistades peligrosas del anfitrión que acabaron con el paso del tiempo imputados unos y otros en la cárcel. Un listado de invitados que recreaban ese vodevil en la onomástica del jefe del Estado.

El matrimonio real tampoco pasaba por su mejor momento y los Reyes iniciaban ya caminos diferentes en el plano afectivo.

Los Reyes en el Congreso.
Los Reyes en el Congreso.

Todos estos ingredientes mezclados convertían el santo del Rey en un cóctel explosivo donde determinados personajes tenían que hacer encaje de bolillos para no coincidir. Alicia y Esther Koplowitz no podían encontrarse en ese pasillo ajardinado con sus maridos, los Albertos, de los que se estaban separando. Un escándalo que traspasó la frontera de las revistas de entretenimiento para pasar a titulares de periódicos nacionales y extranjeros. Cortina se había enamorado de Marta Chávarri y Alcocer de Margarita Hernández. Las hermanas Koplowitz tenían su guardia de corps para que ni tan siquiera hubiera posibilidad de cruzarse las miradas.

Lo mismo que sucedía ese día entre Miguel Boyer y Carmen Romero, muy amiga de la doctora Elena Arnedo, exmujer del ex ministro. La consorte de Felipe González no estaba de acuerdo en las formas en que se había separado Boyer. Los dos procuraron evitarse esa tarde noche. Y a su vez, el titular de Economía con Alfonso Guerra, que había criticado ferozmente el cambio radical e ideológico del militante socialista.

Miguel Boyer, en una foto de archivo. (Cordon Press)
Miguel Boyer, en una foto de archivo. (Cordon Press)

Y aún hubo más despistes voluntarios con otros dirigentes, como en el caso de José Federico de Carvajal, presidente del Senado, que también se había divorciado de su mujer (muy relacionada con la directiva del PSOE) para unirse a una joven abogada Helena Boyra. El desfile de estos personajes, unidos y desunidos por temas amorosos, se ampliaba con nombres del mundo empresarial como Javier de la Rosa, Manuel Prado y Colón de Carvajal, Mario Conde y el príncipe Zourab Tchokotua, a los que Sabino Fernández Campos definió como las “amistades peligrosas” del jefe del Estado.

Ese 24 de junio de 1992 fue el último en que se abrió el Campo del Moro para la onomástica real. La razón oficial era la abultada agenda de Su Majestad y por lo tanto había que suprimir el festejo. La contradicción es que en años sucesivos se siguió celebrando en diferentes capitales de España.

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