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CASA REAL BRITÁNICA

Lady Di y la foto de la infamia: cuando la prensa rebasó el límite (antes de Meghan)

En 1982, la Casa Real británica trataba de frenar la voracidad de la prensa para lograr exclusivas de la princesa de Gales. Hasta que sobrepasó la línea...

Foto: Diana de Gales. (Reuters)
Diana de Gales. (Reuters)
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Esta semana hemos visto como los duques de Sussex rompían la armonía y el buen rollo que hasta ahora tenían con la prensa con una denuncia: Meghan y Harry anunciaban medidas legales por lo que el nieto de Isabel II considera ataques injustificados y continuos de la prensa. Y aunque se especifica que la demanda es contra el 'Mail on Sunday' y su grupo editorial, el comunicado emitido por los duques sirve como toque de atención al resto de publicaciones.

De hecho, el príncipe denunciaba ese acoso comparándolo con el que sufrió su propia madre: "He visto lo que sucede cuando alguien que amo se convierte en mercancía hasta el punto de que ya no son tratados o vistos como una persona real. Perdí a mi madre y ahora veo a mi esposa ser víctima de las mismas fuerzas poderosas”.

Diana y Harry, en una foto de archivo. (Cordon Press)
Diana y Harry, en una foto de archivo. (Cordon Press)

Al leer esas líneas muchos recordaron algunos de los desencuentros que la propia Diana tuvo con la prensa de los años 80 y 90. Ella, que había reescrito las normas de la relación entre los medios de comunicación y la monarquía británica. Ella, que había roto esa infranqueable barrera entre los periódicos y la familia de la reina. Ella, que apostó por la naturalidad y la cercanía, fue también víctima de su proximidad.

Varias veces rebasó la prensa esa delgada línea entre información y provocación, pero hubo una que rompió la armonía, que puso un antes y un después, y que obligó al Palacio de Buckingham a levantar el teléfono para llamar a la redacción del periódico 'The Sun'. Sin mucho éxito. Aquel drama nacional se tituló 'Bahama Mama', planteó un debate nacional sobre dónde estaban los límites y llegó a ser tema de debate en la Cámara de los Comunes. Esta fue la portada que encendió la mecha: “Varias fotografías de Lady Diana en bikini provocan una viva polémica en Gran Bretaña”, publicó 'El País' el 19 de febrero de 1982. Esta fue la portada de la polémica.

 Las portadas de los tabloides.
Las portadas de los tabloides.

Disparo a discreción

Las fotos eran malas. Habían sido sacadas con potentes teleobjetivos y la calidad era pésima. En la imagen se veía a la princesa Diana en bikini y embarazada del que sería su primer hijo, el príncipe Guillermo. El editor adjunto de 'The Sun' en aquellos años, Roy Greenslade, recuerda ese pulso que se mantenía con la pareja y recuerda cómo los periodistas viajaban a todas partes donde iban los príncipes de Gales sin reparar en gastos y desde las redacciones “se les animaba a ser invasivos”. Y lo fueron.

Aquel invierno de 1982, Carlos y Diana se refugiaron durante diez días en una isla perdida de las Bahamas, Eleuthera, buscando el sol y el descanso. Llevaban meses siendo acosados por la prensa y necesitaban un 'break'. Los fotógrafos siguieron a la pareja al Caribe, se camuflaron entre la naturaleza e hicieron guardia. Ni Carlos ni Diana podían imaginar que estaban siendo observados. Los paparazzi se arrastraban entre la maleza como si fueran militares de maniobras. Hacían guardias. Estaban expectantes.

"Si no somos nosotros, otros harán el trabajo”

Y entonces Arthur Edwards logró el 'click perfecto'. “Eran una fotos sensacionales pero eran fotos de paparazzi, no eran unas fotos bonitas”, recordaba el fotógrafo entonces en una entrevista. “¿Se arrepiente de las fotos?”, le preguntaron. “No, en absoluto, fue un encargo, me mandaron para que las hiciese”. El reportero Harry Arnold decía entonces en la misma entrevista: “Si no somos nosotros, otros harán el trabajo”. Y lo hicieron. Y se publicaron. 'The Sun' y 'The DailyStar' publicaban las fotos de la futura reina en bikini y embarazada. 'Too much' incluso para ellos. Y entonces estalló el escándalo.

Arthur Edwards, en una imagen reciente. (Twitter)
Arthur Edwards, en una imagen reciente. (Twitter)

Las (malas) reacciones

Michael Sea era el portavoz oficial de la reina Isabel II. Fue el primero en pronunciarse y calificó el comportamiento de los diarios como de “muy mal gusto” y señaló que los teléfonos de palacio se habían congestionado con la cantidad de llamadas que recibieron de sus súbditos para protestar por la publicación de estas fotografías. “Este comportamiento de mal gusto viene a romper el nivel normalmente aceptado por la prensa británica en lo que respecta a la privacidad de los individuos”, explicaba Sea.

El secretario de prensa de la reina censuraba a los periodistas desde la radio y los periodistas recuerdan cómo el taxista que les recogió para llevarlos a la redacción escupió en el suelo cuando les dejó. Todos los ingleses estaban enojados. Todos excepto Kelvin MacKenzie, el editor de 'The Sun', que estaba encantado con el pelotazo que habían logrado.

El tema llegó al Parlamento británico y algunos políticos plantearon el dilema sobre el respeto a la privacidad. Lo curioso del caso es que las fotos veían la luz dos meses después de que el Palacio de Buckingham reuniera a los directores de los principales diarios británicos para pedirles que respetaran la vida privada de los miembros de la familia real, especialmente la de la princesa de Gales, que se sentía acosada por los fotógrafos. Todos decidieron acatar estas recomendaciones. Todos excepto el director de 'The Sun', que no asistió a la reunión.

Carlos y Diana, en una imagen de archivo. (Getty)
Carlos y Diana, en una imagen de archivo. (Getty)

Disculpas y pretextos

El Palacio de Bukingham presionó para cortar el escándalo, para evitar que salieran más imágenes, pero la reacción fue justo la contraria. "¿No queréis taza, pues taza y media?", debió pensar McKenzie, que al día siguiente publicaba más fotografías bajo el titular 'The Sun, la reina y estas fotografías', con nuevas instantáneas de la princesa.

Los directores de ambas publicaciones se disculparon después y expresaron su disgusto por haber contrariado a la reina, aunque declaraban haber actuado de buena fe. Se escudaban en la idea de que la notoriedad social y la popularidad de algunos de los miembros de la familia real les empujaban a este tipo de comportamientos.

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