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ANIVERSARIO REAL

39 años de la boda de Carlos y Lady Di: los problemas del vestido real más icónico

La boda de los príncipes de Gales será una de las recordadas de la historia del Reino Unido, gracias, en gran parte, al excesivo vestido de la novia, que marcó un antes y un después en la moda nupcial

Foto: Carlos y Diana, el día de su boda. (Cordon Press)
Carlos y Diana, el día de su boda. (Cordon Press)

El Reino Unido se paralizaba aquel 29 de julio de 1981, hace casi cuatro décadas. El motivo: la boda del príncipe Carlos, el hijo mayor de la reina Isabel y futuro monarca, con Lady Diana Spencer. El país ya tenía a su princesa, una chica tímida, discreta, muy guapa y, por primera vez en varios siglos de monarquía, plebeya. Los príncipes de Gales ponían así la primera piedra para el futuro de las monarquías actuales, en las que es más que habitual que príncipes herederos escojan como compañero de vida a una persona lejana a los círculos reales.

No fue la única tradición que rompieron: el anillo de compromiso no fue diseñado esclusivamente para ella, sino escogido de un catálogo; Diana se saltó la palabra 'obedecer' al pronunciar sus votos; y prefirieron dejar el beso de recién casados para el balcón de Buckingham, ante miles de británicos que aclamaban a la pareja -un gesto que el príncipe Guillermo y Kate Middleton emularían 30 años después-.

Un enlace que también ha quedado para la historia por las cifras que se manejaron. Desde los 2.5000 invitados que asistieron hasta los más de 50 millones de libras actuales en las que se estima su coste total, pasando por los 27 pasteles nupciales que se sirvieron.

Carlos y Diana, recién casados. (Cordon Press)
Carlos y Diana, recién casados. (Cordon Press)

Pero si por algo se recuerda la boda del príncipe Carlos y Diana de Gales, hace hoy 39 años, es por el diseño que lució la novia. Un vestido excesivo y recargado para los gustos de hoy en día, pero que marcaba un antes y un después en la moda nupcial. Y más cifras: su elaboración costó unas 151.000 libras, que se explican teniendo en cuenta las características del diseño: confeccionado en un tejido de tafetán de color marfil satinado con retales de encajes antiguos por el escote y las mangas, el vestido también contaba con diez mil aplicaciones de perlas y lentejuelas, y en el interior del miriñaque -la estructura que daba forma a la falda- llevaba una herradura bordada en oro de 18 quilates, como símbolo de buena fortuna. Además, cómo olvidar la interminable cola, de casi ocho metros de largo, y el velo, hecho con 140 metros de tul.

Fue ella misma la que escogió a los diseñadores, David y Elizabeth Emanuel, que adquirieron fama mundial gracias a ese vestido, quizá el más icónico de la historia de las bodas reales -y quizá, no reales-. Pero ni Lady Di ni los hermanos Emanuel contaban con la cantidad de problemas que les iba a dar el diseño, incluso hasta el mismo momento en el que la futura princesa de Gales entraba en la catedral de Saint Paul.

La interminable cola del vestido de Diana. (Cordon Press)
La interminable cola del vestido de Diana. (Cordon Press)

Lady Di necesitó hasta 15 pruebas antes de ponerse el vestido final, ya que durante los meses previos al enlace adelgazó algunos kilos y perdió varios centímetros de cintura, algo que se atribuyó a los nervios. Hasta dos veces los hermanos Elizabeth y David Emanuel tuvieron que empezar de nuevo con su realización, habiendo cortado ya la tela necesaria en función de los patrones iniciales. Finalmente, unos días antes consiguieron ajustar el vestido a su finísima cintura, de apenas 60 centímetros.

Otro de los problemas con los que se encontraron los diseñadores fue la tela del vestido y las enormes arrugas que el tafetán le hacía. Pero fue un contratiempo que no pudieron solucionar, ya que no se dieron cuenta de las arrugas hasta que Diana entró en la catedral, ya preparada para dar el 'sí, quiero'. El motivo de que no tuvieran esto previsto es que las pruebas del vestido se habían realizado con un diseño en otro material, no en el tafetán definitivo.

Y la propia princesa también puso de su parte para añadir un 'defecto' más al vestido. Y es que poco antes de salir de casa, ya maquillada y peinada, derramó un poco de su perfume favorito sobre su regazo, haciendo que saliera una mancha que no había tiempo para quitar o secar. La solución de su estilista fue que intentara taparla con la mano todo lo que pudiera. En resumen, pequeños contratiempos que parecían un presagio de lo accidentado que también iba a ser su matrimonio.

Carlos y Diana, junto a la reina Isabel y el duque de Edimburgo. (Cordon Press)
Carlos y Diana, junto a la reina Isabel y el duque de Edimburgo. (Cordon Press)

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