¡Ay, Corinna! Franco no fue en modo alguno el factótum de la boda de Juan Carlos y Sofía
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OPINIÓN

¡Ay, Corinna! Franco no fue en modo alguno el factótum de la boda de Juan Carlos y Sofía

A nadie se le oculta que en estos momentos su ataque a la reina doña Sofía es frontal, en un intento de socavar la imagen de la persona más valorada y más respetada de la familia real

Foto: ¡Ay, Corinna! Franco no fue en modo alguno el factótum de la boda de Juan Carlos y Sofía
¡Ay, Corinna! Franco no fue en modo alguno el factótum de la boda de Juan Carlos y Sofía

La venganza se sirve fría, y nada más cierto en el caso de Corinna Larsen (curioso que de pronto los medios parecen haberle apeado la sonoridad principesca del Sayn-Wittgenstein-Sayn), que, buena cazadora y con la escopeta cargada, arremete contra todo cuanto se mueve en el palacio de la Zarzuela. El suyo es un ataque defensivo en toda regla del que solo se salva, menos mal, la reina doña Letizia, y todo ello sobre un paisaje de fondo que recuerda el funcionamiento de los clanes mafiosos del cine americano o las viejas intrigas de corte del siglo XVIII y que, ciertamente, parece de opereta.

Nadie puede poner en duda que ella debe de saber no pocas cosas de cuál ha sido la pequeña intrahistoria de la familia real española durante los años en los que ella fue lo que los franceses llamaron en otro tiempo, y con todos los honores, 'maîtresse en titre'. Nada que decir en ese sentido, pues todo serían meras opiniones subjetivas ya que son palabras contra palabras en una batalla en la que se juegan tantas cosas y a la que ella llega con toda su artillería. Pero quizá sí que cabe hacer algunas matizaciones muy necesarias cuando ella entra en cuestiones de las que, de forma clara, sabe muy poco o acaso está intencionadamente mal informada, pero que pueden ser con gusto muy mal interpretadas para beneficio de algunos entre los que se cuenta ella misma.

A nadie se le oculta que en estos momentos su ataque a la reina doña Sofía es frontal, en un intento de socavar la imagen de la persona más valorada y más respetada de la familia real en todo el país. Un movimiento supuestamente inteligente pero que puede volverse contra ella y en el que se trasluce un escaso conocimiento del carácter de doña Sofía, convertida ahora en la gran intrigante en los salones de palacio (pocos salones hay en Zarzuela). Doña Sofía, una mujer siempre enamorada para quien don Juan Carlos no fue únicamente un esposo al que guardar fidelidad, sino un rey en ejercicio cuyas decisiones no se cuestionan, como bien nos manifestaba hace ya muchos años aludiendo a distintas anécdotas el recordado Sabino Fernández Campo.

La reina Sofía, en una imagen de archivo. (Getty)
La reina Sofía, en una imagen de archivo. (Getty)

Una princesa que fue educada en el respeto a la realeza en ejercicio tanto en la corte de Atenas como en el resto de las cortes europeas que ha conocido de manera tan íntima, que siempre supo que su lugar era el segundo y no el primero, y para quien las intrigas no están ni en el ánimo ni en la agenda. Ahí esta su educación en el prestigioso internado alemán de Salem, regentado por su tío el príncipe Jorge de Hannover, en el que el carácter y el cuerpo se formaban de forma netamente estoica y con afinidad a las leyes naturales.

Decir a estas alturas del partido que la Reina emérita pasa largas temporadas en Londres, alojada a todo plan en el lujoso hotel Claridge’s, es no conocer el desarrollo de los acontecimientos en los últimos años, pero sí es abundar en el rumor que durante tantos años se expandió por los circuitos rumorológicos de Madrid. Una creencia alimentada con claras intenciones de desprestigio de su figura por parte de ciertos colectivos, como algunos entornos aristocráticos, que le tenían muy escasa simpatía. Un rumor según el cual ella vivía más en Londres que en Madrid, y una historia ya vieja que se fundamenta en los frecuentes viajes que ella hacia en otro tiempo a Londres para visitar tanto a sus hermanos el rey Constantino y la reina Ana María de Grecia, como a su tía la princesa Katherine de Grecia y el hijo de esta Paul Brandam.

Es cierto que en aquellas ocasiones siempre se alojaba en el Claridge’s, lugar tradicional de hospedaje en Londres de otras realezas continentales y donde solía coincidir con otros primos como el príncipe Alejandro de Serbia y su esposa griega, Katherine Batis. Pero aquellos viajes fueron yendo a menos desde el fallecimiento en 2007 de la princesa Katherine, persona que le era muy querida, y concluyeron de forma prácticamente total a partir de 2015, año en el que los reyes de Grecia decidieron abandonar de forma definitiva el Reino Unido para instalarse en su país (su gran mansión de Hampstead puesta a la venta aquel mismo año acaba de venderse en julio de 2020 por algo más de 6 millones de libras). Sin olvidar que al menos desde 2014 la Reina emérita ya no se alojaba en el Claridge’s durante sus viajes a Londres para las compras navideñas, sino en hoteles más modestos como el Meliá White House.

Sin embargo, ese ataque es solo el aperitivo de un torpedo mucho más importante y de mayor calado, que es el afirmar que fue el general Franco quien orquestó la boda de don Juan Carlos y doña Sofía en mayo de 1962 en Atenas. Un claro intento de vincular de nuevo a la monarquía con el dictador, pero nada más lejos de la verdad pues si en algo se puso un especial celo y cuidado en aquellos meses de preparación de aquella gran boda real de los años 60 fue en evitar que el general se viera involucrado en nada de todo cuanto aconteció.

De hecho, desde comienzos de las tratativas para el futuro matrimonio de los príncipes, en la primavera de 1961, don Juan de Borbón hizo denodados esfuerzos por mantener a Franco lo más desinformado posible y ajeno a todo cuanto se cocía entre Estoril y la corte de Atenas. La reina Federica de Grecia y la reina Victoria Eugenia de España fueron las grandes urdidoras de aquel enlace tan conveniente para ambas partes, y el conde de Barcelona no quiso ni contar con la opinión del dictador, ni sentir menguada su potestad como jefe de la Casa Real española, ni por supuesto aparecer a los ojos del mundo como quien solicitaba la aquiescencia del general para una boda que por entonces tenía una enorme trascendencia.

Franco no tuvo, por tanto, noticia directa de lo hablado aquel verano de 1961 en el primer viaje de los Barcelona a Grecia, y solamente cuando la noticia del compromiso fue filtrada a la realeza europea, el embajador de España en Lisboa, José Ibañez Martín, escribía finalmente al general: “De la princesa me ha hecho don Juan una verdadera apología, de su inteligencia, de su sentido moral, de su espíritu de sacrificio, de su cultura y sobre todo ello, además, de su extraordinario apasionamiento por el príncipe Juan Carlos”. Del mismo modo, Franco no fue informado de la fecha y el lugar elegidos para hacer público el compromiso, la casa de la reina Victoria Eugenia en Lausana, pues don Juan le engañó haciéndole creer que las fechas del anuncio habían tenido que adelantarse a última hora por exigencias políticas de la corte griega. De ahí que cuando el anuncio saltó finalmente a la prensa en Atenas, el general se encontraba navegando en el Azor.

Tampoco tuvo Franco participación alguna ni en el formato de la boda, con sus dos ceremonias religiosas, ni en las condiciones pactadas entre las familias reales de Grecia y de España, pues todo aquello quedó atado durante un viaje de la reina Federica de Grecia a Portugal en enero de 1962, del mismo modo que las conversaciones con la Santa Sede fueron dirigidas por el conde de Barcelona. El dictador solo fue informado cuando todo estaba ya cocido, y llegados los días previos a la boda, aunque había sido invitado, se limitó a delegar la representación de España en el almirante Abárzuza (no hubo ningún miembro del Gobierno), enviar a doña Sofía la diadema de flores de diamantes como regalo, y nombrar como embajador espacial en Atenas para aquellas festividades a Juan Ignacio Luca de Tena, marqués de Luca de Tena, cuya esposa, Isabel Bertrán Güell (una de las tías de Agatha Ruiz de la Prada), se mostraba tan eufórica con su protagonismo que todos se referían a ella como “la loca de Atenas”.

Los Reyes, en su boda. (EFE)
Los Reyes, en su boda. (EFE)

No, Franco no tuvo ni arte ni parte en la boda de los Reyes eméritos, y todo cuanto supo entonces sobre doña Sofía fue a través de los informes de su embajador en Lisboa, hasta que finalmente alcanzó a conocerla en persona cuando, tras la boda, ella y el príncipe pasaron por Madrid a visitarle antes de marchar en su viaje de luna de miel. Aquel día, él le confesó a su primo Pacón: “Es muy agradable, y muy inteligente y culta. Después de visitar a Su Santidad Juan XXIII, se vinieron a España a verme. Dicen que fue la reina Victoria la que aconsejó aquel viaje”. Cabrá, por tanto, animar a Corinna Larsen a que se informe bien y lea algunos trabajos históricos bien fundados y no tendenciosos, pues todo esto consta sobradamente por escrito, antes de afirmar cosas que faltan a la verdad y que, a la postre, minan su ya muy cuestionada credibilidad.

Rey Don Juan Carlos Reina Sofía
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