Juan Carlos, un triste aniversario en soledad
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OPINIÓN

Juan Carlos, un triste aniversario en soledad

La soledad y la tristeza de este 45 aniversario de su proclamación como Rey recuerdan a aquel lejano e inadvertido fin de régimen en el que Juan Carlos fue protagonista

Foto: Juan Carlos, un triste aniversario en soledad
Juan Carlos, un triste aniversario en soledad

El despampanante vestido escarlata de la reina Sofía era la única nota discordante de aquella ceremonia pomposa y triste, inquietante y distante, de una España aún en blanco y negro. Faltaban dos años (otoño 1977) para que aquel hombre uniformado, ojeroso y serio, que juraba por Dios preservar el legado de Franco ante el aplauso cerrado de un hemiciclo vestido de chaqué, obrara el milagro de la reforma política hacia la democracia -“de la ley a la ley”- y la renuncia a su propio poder. Y faltaban cuatro años más (febrero 1981) para que, vacilaciones aparte, aquel singular rey sofocara la involución pergeñada -en parte- por el mismo Alfonso Armada que, bien visible en la tribuna del Congreso, le escoltaba en aquella proclamación de 1975.

Foto: La vida 'secreta' de la reina Sofía en Londres

Las ojeras de Juan Carlos todavía eran visibles la noche del 23-F. Pero desde el día siguiente, la España en blanco y negro se le volvió un festival de colores. De repente, se vio representar con brío a la única monarquía restaurada de la Europa de posguerra, a un país exportable, más que civilizado, ejemplar, de pasarela internacional. Al mismo tiempo, los pactos de la Transición, sus alentados pactos entre las dos Españas, no solo empujaban el consenso institucional sino la economía real. En las dos décadas que mediaron hasta el cambio de siglo los nuevos españoles aumentaron varios centímetros de estatura media, mientras su rey lucía un bronceado perpetuo.

Juan Carlos el 22 de noviembre de 1975, el día de su proclamación como Rey. (EFE)
Juan Carlos el 22 de noviembre de 1975, el día de su proclamación como Rey. (EFE)

La alternancia en el poder, aunque condicionada por los nacionalismos y erosionada por el terrorismo, no hizo sino consolidar toda aquella fortuna política y social, inédita en la Historia española, y muy de lejos superior a la que trajo la Restauración, un siglo atrás. Fortuna, en cualquier caso, que también vino acompañada, como su propio nombre recuerda, de un desfile de barcos pimpantes, banqueros bonitos y príncipes Tchokutúa, amén de la llamada cultura del pelotazo -“aquí el que no se enriquece es porque no quiere”, se alentaba desde el poder-...

En el nuevo milenio, a España ya no la reconocía “ni la madre que la parió” (Alfonso Guerra dixit), pero España “iba bien” (José María Aznar), y eso era lo que importaba... Claro que, de súbito, España empezó a ir mal.Lo que se dice rematadamente mal.

La reina Sofía y el rey Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Getty)
La reina Sofía y el rey Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Getty)

Dos crisis nada menos se concatenaban, primero, en la economía de las familias, y luego, con la ayuda inestimable de los políticos, en el entramado institucional. La de 2007 pilló al monarca de cacería. En la de 2020, la pieza a abatir ya era él. Y en medio, la abdicación, que habría de concederle una salida a medio plazo, una tregua de la mano de Rajoy y Rubalcaba -los últimos herederos de Cánovas y Sagasta-, pero que no lograría, en solo un lustro, el perdón de la ‘nueva política’ a sus pecados y errores. Si, tras la primera crisis, Juan Carlos I ni siquiera pudo llegar a cumplir sus pretendidos 40 años en el trono, en la segunda, lo que peligraba -lo siguiente que peligra ahora- es su legado y hasta su título de rey.

El exilio forzado del emérito impide descubrir si han vuelto a su rostro las viejas ojeras. Pero lo claro es que la soledad y la tristeza de este 45 aniversario de su proclamación recuerdan a aquel lejano y entonces inadvertido fin de régimen.

Don Juan Carlos. (Reuters)
Don Juan Carlos. (Reuters)

En todo caso, y pase lo que pase con las -larguísimas y aún no judicializadas- investigaciones en curso, ya no será el otrora ‘rey de la democracia’ quien pueda salvar dicho régimen de sus pretendidos enterradores. Esa labor, bien difícil, de preservar y edificar puentes constitucionales entre españoles en lugar de nuevas trincheras, les corresponde a su hijo y a su nieta. Al fin y al cabo, hoy como hace 500 años, la Corona.

Rey Don Juan Carlos
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