Doña Letizia, en el espejo de las María Cristinas, dos reinas regentes muy diferentes
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OPINIÓN

Doña Letizia, en el espejo de las María Cristinas, dos reinas regentes muy diferentes

Las vidas de las dos María Cristinas divergen de forma extraordinaria y significativa entre sí, y nos ofrecen una interesante comparativa

Foto: La reina María Cristina.
La reina María Cristina.

Don Felipe se encuentra estos días confinado en cuarentena forzosa en el palacio de la Zarzuela, y hoy será doña Letizia quien se haga cargo de representarle en un acto de agenda que él no ha querido anular por tratarse de la inauguración de la Tourism Innovation Summit, que se celebra en Sevilla en momentos en los que la promoción del turismo cobra una importancia de relevancia tan grande para España.

Una clara muestra de la absoluta confianza que el Rey deposita en su esposa, que en sus seis años de reinado ha dado sobradas muestras de su buen hacer, de su exigencia personal y de su dedicado compromiso en el servicio a la Corona. Algo que contrasta con las frecuentes críticas de las que la Reina es objeto y que a nadie se nos ocultan. Ataques que encara desde tantos entornos y sectores, y en particular desde quienes forman parte del establishment (muchos de ellos 'soi-disant' monárquicos), y que buscan afearle la conducta a pesar de sus manos limpias y de la impecabilidad de su quehacer.

Pues si bien es libre, y subjetivo, el acusarla de poco simpática, de rígida, o de mandona, se hace difícil no reconocerle una labor muy pulcra y afinada en sus tareas de representación, en el cuidado con el que siempre prepara sus intervenciones públicas, en su no a toda acción susceptible de ser percibida como corrupta, y en una entrega que implica no pocos sacrificios personales.

Una impecabilidad que recuerda a la de otra reina consorte de España, sin duda la más respetada de nuestra historia reciente, que fue doña María Cristina de Austria (no le gustaba que la llamasen María Cristina de Habsburgo), a quien cupo hacerse cargo de la regencia en momentos de extraordinaria dificultad tanta para la familia real española como para el país.

Una figura que destaca y que sobresale, especialmente cuando podemos establecer una comparativa entre la suya y aquella otra regencia en manos de otra mujer, otra María Cristina por más señas (esta una Borbón de las Dos Sicilias), cuya mala gestión y cuyas irregularidades en su vida privada y personal en momentos también singularmente críticos de nuestra historia llevaron a acuñar aquella tonadilla del 'María Cristina me quiere gobernar'.

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. (Museo del Prado)
María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. (Museo del Prado)

Las vidas de las dos María Cristinas divergen de forma extraordinaria y significativa entre sí, y nos ofrecen una interesante comparativa que deja de manifiesto la importancia del arbitraje objetivo, del control de las pasiones humanas y del dominio del carácter cuando se ostenta la responsabilidad de una Corona que siempre conlleva grandes servidumbres personales. A la primera, María Cristina de las Dos Sicilias, le cupo en suerte ser la cuarta esposa de su por entonces decrépito y denostado tío Fernando VII, tras cuya muerte quedó al cargo de la regencia en nombre de su hija la reina niña Isabel II (aquella a la que Benito Pérez Galdós vino en llamar “la de los tristes destinos”).

Los carlistas se levantaban en armas contra los derechos de la reina niña, y todo le vino grande a aquella princesa joven, nulamente formada en las tareas de gobierno, educada en la corte un tanto laxa e irregular de su abuela la reina María Carolina de las Dos Sicilias, e iniciada en las intrigas palaciegas por su hermana la infanta Luisa Carlota. De ahí que la vida política fue extremadamente convulsa durante su gobierno (siempre sería conocida como la 'reina gobernadora'), además de que apenas se había enfriado el cadáver de Fernando VII en El Escorial, ella ya había dado libre curso a sus pasiones entregándose a los brazos del atractivo guardia de corps Fernando Muñoz y Sánchez, por el que siempre sentiría, como decía la sagaz duquesa de Dino, “absoluta adoración”.

Un regencia con la que acabó de un plumazo el general Espartero, que la mandó al exilio en París, desde donde ella continuó intrigando al tiempo que junto a su adorado Muñoz comenzaba una carrera de muy lucrativos negocios no siempre exentos de corruptelas que les procurarían una cuantiosa fortuna. Tanto es así que tras su regreso a España en 1844, solo diez años bastasen para que en la revolución de 1854 las masas se ensañasen con su palacio de la calle de las Rejas, que fue asaltado a los gritos de “abajo la ladrona”, teniendo ella que volver al exilio francés hasta el final de sus días.

La cruz de la moneda de la esposa de su nieto Alfonso XII, la archiduquesa María Cristina de Austria, que educada en la sobria y pietista familia de los duques de Teschen (que sin embargo eran enormemente ricos) y encarnando los valores más sólidos del catolicismo (era asidua lectora de 'La imitación de Cristo', de Tomás de Kempis), desde su muy temprana viudez en 1885 supo sublimar todos sus deseos y anhelos personales en aras de las necesidades del país y de la Corona que supo preservar para su hijo Alfonso XIII.

Dos regentes y dos caracteres que ejemplifican la importancia del buen manejo de las propias pasiones en los cargos de las más altas responsabilidades. Quizá ya pasaron los tiempos de bonanza que requerían de princesas amables pero un tanto ñoñas y con poca calle, y acaso necesitemos de las líneas rectas y contenidas de doña Letizia en momentos en los que don Felipe encara en solitario, pero con evidente estoicismo, enormes dificultades en medio de sonoras tempestades que, como a Odiseo, amenazan con engullirle entre monstruos marinos que recuerdan a las Escila y Caribdis de la mitología griega.

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