El fantasma de Lady Di amenaza de nuevo a Camilla: vuelve el odio hacia ella
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El fantasma de Lady Di amenaza de nuevo a Camilla: vuelve el odio hacia ella

La serie 'The Crown' ha despertado un debate en Reino Unido que ya parecía superado: los que son pro-Diana y los que son pro-Camilla

Foto: La duquesa de Cornualles. (Getty)
La duquesa de Cornualles. (Getty)

'The Crown' será una serie que pase a la historia, pero desde luego no está causando furor en el palacio de Buckingham. Y ya no solo por la frustración que provoca tener que recalcar cada día que solo se trata de una ficción, sino porque además está tirando por la borda uno de los logros que más trabajo ha costado: dar a Camilla su lugar.

En Reino Unido, la sociedad no se divide entre derechas versus izquierdas, euroescépticos versus pro-UE, ni tan siquiera monárquicos versus republicanos. El debate está entre pro-Diana o pro-Camilla.

Aun sin haber vivido ni ella ni los suyos escándalos que se acerquen si quiera a otros protagonizados por los sangre real (el príncipe Andrés, entre otros); aun siendo quizá la única persona que comprende y hace reír al eterno heredero al trono; aun habiendo guardado toda su vida silencio, durante largas décadas la actual duquesa de Cornualles estuvo condenada al ostracismo.

Foto: Diana de Gales. (Getty)

En los últimos tiempos, Palacio había logrado enterrar fantasmas del pasado. Pero el hecho de que la serie haya tratado en su cuarta temporada el triángulo amoroso más famoso de todos los tiempos ha reabierto heridas que se creían cerradas entre los súbditos. El grupo pro-Diana ha regresado con fuerza, manifestando en redes sociales que siempre habrá una única 'princesa del pueblo'. Pero los camilistas no están dispuestos ahora a quitar méritos a una mujer que se ha ganado a pulso su sitio.

placeholder Camilla Parker Bowles. (Reuters)
Camilla Parker Bowles. (Reuters)

Ni siquiera el día de su 60 cumpleaños, Camilla pudo soplar feliz las velas. Aquel verano de 2007, se cumplían los diez años de la muerte de Lady Di. Su círculo más íntimo asegura que fue su 'annus horribilis'. Tan solo pensar en cómo actuar en los actos oficiales la ponía enferma.

No dormía, no comía. La presión la llevó hasta límites insospechados. En palacio, tampoco sabían cómo afrontar la situación. Si acudía a los servicios religiosos celebrados en honor de su eterna enemiga, los británicos podrían enfurecer. Si no acudía, los británicos podrían arremeter, aún más, contra Carlos, considerando la ausencia como un acto de cobardía. Una vez más, Camilla acabó optando por el ostracismo, para que nada de lo que hiciera o dijera pudiera herir sensibilidades. Mientras famosos, cantantes y aristócratas acudían a la misa, ella fue fotografiada en Escocia, sola en el campo, recogiendo setas.

Y eso que para entonces ya era formalmente la mujer del heredero. Tras más de 30 años de romance (que se dice pronto), Camilla y Carlos contrajeron matrimonio el 9 de abril de 2005. El camino no fue nada fácil. Cuando Sir Michael Peat llegó al palacio de Buckingham en 2002 para asumir el cargo de secretario privado del príncipe, le asignaron una agenda clara. La reina Isabel II quería cortar esa relación porque restaba valor al trabajo del primogénito.

placeholder El príncipe Carlos y Camilla, el día de su boda. (Reuters)
El príncipe Carlos y Camilla, el día de su boda. (Reuters)

La pareja ya compartía prácticamente casa. Pero Camilla seguía siendo una figura en el limbo. Y no definir su papel era incómodo para la imagen de un hombre que el día de mañana no solo se convertirá en rey sino también en la máxima autoridad de la Iglesia de Inglaterra.

Peat no tardó en darse cuenta de que las órdenes de la soberana iban a ser imposibles de cumplir. La solución era justamente la contraria: había que oficializar la relación. Pero para eso no solo se necesitaba el permiso de la reina, sino también del Estado (en su momento el que fuera primer ministro Stanley Baldwin fue de los más críticos con Eduardo VIII y Wallis Simpson, forzando finalmente su abdicación), la Iglesia y el propio pueblo.

Finalmente se optó por una sencilla ceremonia civil con la bendición luego del arzobispo de Canterbury. Por supuesto, nada de subirse al famoso balcón de palacio. Camilla tuvo que esperar a la boda de Guillermo y Kate en 2011 para salir por primera vez al emblemático escenario.

placeholder El príncipe Guillermo y Kate Middleton, el día de su boda. (Getty)
El príncipe Guillermo y Kate Middleton, el día de su boda. (Getty)

A diferencia de Lady Di, la esposa del heredero del trono no adquirió el título de princesa el día de su boda. Fue la propia novia –se entiende que con el beneplácito de la monarca- la que prefirió quedarse con el título de duquesa de Cornualles. Los expertos ensalzaron ese gesto como signo de inteligencia. Por aquel entonces, tan solo el 32 por ciento de los británicos aprobaban aquel enlace, por lo que haber arrebatado el título de princesa de Gales a la siempre amada e idealizada Diana habría sido una provocación innecesaria a jugar en su contra.

Cuando la hija del comandante Bruce Shand entró oficialmente a ser miembro de la familia real tenía ya 58 años. La transición no fue fácil. Y la tuvo que hacer además sin contar con ningún apoyo. No tenía el visto bueno de la soberana y ni mucho menos el cariño de súbditos. Es más, la popularidad de la pareja cayó a sus cuotas más bajas cuando se dio el 'sí, quiero'. Entonces, en palacio se diseñó un elaborado plan para mostrarla en público tan solo en contadas ocasiones. De nuevo en la sombra.

La duquesa tuvo que aprender cómo hablar y cómo callar. Una lástima porque ingenio no le falta. “¿Sabía que su tatarabuelo el rey Eduardo VII fue amante de mi bisabuela Alice Keppel?”, fue lo primero que le dijo a Carlos cuando se conocieron. Pero, ante todo, tuvo que intentar ganarse, si no el cariño, al menos el respeto de un pueblo que jamás le dio la oportunidad de conocerla.

placeholder El príncipe Carlos y la princesa Ana, junto a Camilla y Kate Middleton, en una imagen de archivo. (Getty)
El príncipe Carlos y la princesa Ana, junto a Camilla y Kate Middleton, en una imagen de archivo. (Getty)

Sus insaciables fuerzas por agradar la llevaron a seguir a rajatabla un meticuloso programa elaborado por asesores de imagen. Y no es por quitar valía a los expertos, pero ha sido precisamente a través de las fotos en las que se la ha visto más natural con las que se ha ido ganando, muy poco a poco, la simpatía de la calle. Y la clave de todo es que jamás ha intentado copiar a Diana.

Sus amigos creen que el secreto de su éxito se basa en que es capaz de hacerse indispensable para aquellos a los que quiere tener cerca. Y eso no quita para que sepa cómo dar a cada uno su espacio. Prueba de ello es la relación que tiene con su marido. A pesar de que pasan por su momento más dulce, a la hora de disfrutar de sus dos hijos –fruto de su primer matrimonio- y sus cinco nietos, prefiere refugiarse en Raymill House, la casa de campo que adquirió tras su divorcio en Wiltshire y la que se negó a vender tras contraer matrimonio con el heredero del trono.

Su humor es otro de sus puntos fuertes y, por último, destaca su paciencia, adquirida quizá por las clases de yoga y pilates en las que realiza todo tipo de posturas -impensables para el resto de los mortales- con una facilidad pasmosa.

Por otra parte, el cambio de imagen ha sido crucial. Eso sí, sin renunciar nunca a su peculiar melena. Para ello, se ha rodeado de un pequeño grupo de asesores, en gran parte mujeres, que se muestran especialmente leales con ella.

placeholder El príncipe de Gales y su esposa, Camilla Parker Bowles. (EFE)
El príncipe de Gales y su esposa, Camilla Parker Bowles. (EFE)

Jacqui Meakin es la responsable de su armario. No hay que olvidar que Camilla era una ama de casa que utilizaba los topes de seguridad para mantener atados los cordones porque no tenía paciencia para hacerse el lazo. En definitiva, su preocupación por la estética era nula, por lo que trabajar en su estilismo ha sido todo un reto.

En los últimos años también hay signos de acercamiento entre nuera y suegra. Uno de los mayores gestos de confianza por parte de la soberana fue cuando autorizó en 2013 el primer viaje oficial en solitario de Camilla al extranjero representando a la Corona. Se trató de dos días en París. “Es mi primero y puede que sea el último”, confesó entre bromas la duquesa de Cornualles en 'petit comité', sin poder ocultar sus nervios. Toda la prensa coincidió luego en que había sido un éxito rotundo. “Fue un pequeño viaje al otro lado del Canal, pero un enorme paso adelante para Camilla”, rezaban los titulares.

Ese mismo año, tan solo un día después de su 65 cumpleaños, el príncipe Carlos presidió en Sri Lanka la reunión de jefes de Gobierno de la Commonwealth representando por primera vez a Isabel II. En la cena de gala, Camilla apareció con una tiara de diamantes muy especial para la familia real. Se trataba de la misma tiara que en, tantas ocasiones, lució la reina madre. El gesto de la monarca hablaba por sí solo.

En definitiva, los camilistas no están dispuestos a condenarla de nuevo al ostracismo. Con título o sin título de princesa se ha ganado a pulso su sitio. Y consideran que es el momento de reconocérselo.

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