Federica de Grecia, ética y estética: 40 años de la muerte de la madre de la reina Sofía
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Federica de Grecia, ética y estética: 40 años de la muerte de la madre de la reina Sofía

La historia del palacete de Tatoi, el añorado hogar de la reina Sofía en su infancia que será restaurado por el Gobierno de Grecia, refleja la compleja trayectoria de la propia familia real

placeholder Foto:  La reina Federica de Grecia. (Getty)
La reina Federica de Grecia. (Getty)

Aquella joven de 20 años que llegó en tren a Atenas para casarse con el amor de su niñez y de la adolescencia, su tío Pablo de Grecia, no había cumplido aún los 30 cuando recibió el título de reina consorte de los helenos. Y ejerció las responsabilidades de su cargo tal y como era ella misma: jovial, inquieta, apasionada, hiperactiva... Como refleja la extensa agenda oficial recientemente publicada, a diferencia de sus predecesoras, se ocupó de más asuntos que la beneficencia: hizo política de Estado.

Se cumplen hoy 40 años de la repentina muerte Federica de Grecia (18 de abril de 1917 - 6 de febrero de 1981), madre de la reina Sofía y abuela de Felipe VI. Sucedió precisamente en Madrid, tras una intervención quirúrgica en los párpados aparentemente menor. Pero le falló el corazón. Y el equipo médico de la Clínica de la Paloma no pudo hacer más que certificar su muerte.

Creció rodeada de soldados de plomo

Federica de Hannover fue la única hija de los cinco que nacieron del matrimonio entre Ernesto Augusto III, duque de Brunswick, y la princesa Victoria Luisa de Prusia. Era nieta del emperador Guillermo II de Alemania, bisnieta de Federico III y en la línea de sucesión del rey Jorge III de Inglaterra. Se había educado en la emergente, absorbente y dominadora cultura hitleriana, de la que abominaría años más tarde, cuando ella misma fue víctima de su euforia belicista y expansionista.

placeholder Pablo de Grecia, ya convertido en rey, y su esposa, la reina Federica. (Cordon Press)
Pablo de Grecia, ya convertido en rey, y su esposa, la reina Federica. (Cordon Press)

Su infancia transcurrió entre Gmunden y Blakenburgo, con pocas aficiones propias de una niña y escasas relaciones con otras jovencitas de su edad. Ella creció junto a sus cuatro hermanos, rodeada de soldados de plomo y muy pendiente de su pony, Purzel.

Iba a Villa Esparta para ver a su tío Pablo

Fue en 1935 cuando Federica y Pablo de Grecia estrecharon lazos. Ella vivía interna en el Colegio Americano de Florencia. Y visitaba muchas tardes, en Villa Esparta, a sus tías Elena de Rumanía e Irene de Grecia, hijas del rey Constantino I. Iba siempre con la expectativa de ver y de hablar con el hermano de ambas, el príncipe Pablo, el amor de su vida… En esa casa, dejó escrito en sus memorias, "me encontré un día con el rostro sonriente de Pablo, que me hizo perder la cabeza y el corazón".

Al año siguiente, durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Berlín (agosto de 1936), Pablo y Federica se comprometieron.

"Sacó del bolsillo una pulsera de zafiros y me la dio"

Sin embargo, no sería hasta la primavera de 1937 cuando formalizaran el compromiso, coincidiendo con el 20 cumpleaños de Federica, la edad que había requerido su padre para autorizar el matrimonio, que años atrás le había solicitado por carta Pablo de Grecia. Pablo fue invitado por los duques de Brunswick a pasar unos días en su residencia de Gmunden.

Uno de esos días, después de un larguísimo paseo, ambos se sentaron... Y de pronto, cuenta ella, "me preguntó si quería casarme con él, y yo, contentísima, dije que sí. Entonces, ante mi sorpresa, Pablo sacó del bolsillo una preciosa pulsera de zafiros y me la dio. Al preguntarle por qué llevaba aquella alhaja en el bolsillo, me contestó: 'Porque estaba seguro de que nos íbamos a prometer'. Le dije que estaba muy mal que hubiese estado tan seguro, hasta el punto de llevar consigo el regalo".

placeholder Pablo y Federica, con sus tres hijos.
Pablo y Federica, con sus tres hijos.

Entre el 'fuego real' y los altos responsables de la CIA

Se ha comentado mucho la complicidad que hubo siempre entre ambos. Él era muy sereno, minucioso, estratega. Ella, muy resolutiva. Él diseñaba, ella ejecutaba. Aunque, quizás, en más de una ocasión actuó por cuenta propia, en la seguridad de que hacía lo que pensaba su marido. Y esa complicidad se traslada igualmente, de alguna manera, al protagonismo que adquirió la reina en asuntos de Estado, tanto internos como de política exterior.

Hay numerosísimos ejemplos, como aquella arriesgada visita a Konitsa (en la frontera con Albania), durante la guerra civil, mientras el rey Pablo trataba de recuperarse de una enfermedad. Aunque sobresale —muy probablemente— el papel que desempeñó en las relaciones entre Grecia, el Reino Unido y Estados Unidos, con la complejidad del inicio de la Guerra fría y la larga crisis de Chipre como telón de fondo permanente.

Conocida es, en este sentido, la abundante correspondencia que mantuvo durante años con el general Marshall, su apuesta por el éxito de los responsables de la CIA en Grecia, sus intervenciones en las complejas relaciones de Estado con Inglaterra o, en otro orden de cosas, su actividad con los magnates griegos, tanto dentro como fuera del país.

Tatoi, el verdadero hogar

Coincide el cuarenta aniversario del fallecimiento de la reina Federica con el compromiso público del Gobierno de Grecia referido a la restauración de la finca de la familia real, Tatoi, para dedicarla en el futuro como atractivo turístico: museo, explotación agraria y hotel. Era un compromiso histórico, aunque siempre aplazado por distintas circunstancias. Quizás ahora se haga realidad. No fue Tatoi el lugar donde nació la reina Sofía, sino el hogar que acondicionaron sus padres después de acceder al trono de Grecia (1947). Fueron a residir al palacete de Tatoi a finales de 1948, cuando la princesa Sofía de Grecia había cumplido ya los diez años.

Pablo de Grecia y su joven esposa, Federica, se instalaron inicialmente cerca de Tatoi, en una casa de dos plantas situada en Psychico, al norte de Atenas. Allí residían las familias de grandes empresarios y banqueros griegos. Posteriormente, ya en el trono, fue cuando el rey Pablo y su esposa Federica decidieron convertir la residencia de verano en su hogar. Y fue todo un acierto, a juzgar por los testimonios que han dejado.

Muchos años después, la reina Sofía recordaba —por ejemplo— la sensación que percibió al volver a Tatoi en 1955, durante su estancia en la escuela de Salem: "Al cruzar la cancela de entrada, me asomé a la ventanilla del coche para respirar el olor del campo, el inconfundible olor de Tatoi: una mezcla de jaras y retamas, de romero y hierbabuena (…). A mí los olores me dicen mucho. Y en aquel momento me hicieron sentirme en casa".

De casa de campo a residencia de verano

La finca había sido adquirida por el fundador de la última dinastía real griega, el príncipe Cristián de Dinamarca, que reinó desde los 17 años y durante medio siglo con el nombre de Jorge I de Grecia (1845-1913). El rey Jorge contrajo matrimonio en San Petersburgo (1867) con la joven de 16 años Olga Constantinova Romanova (1851-1926), la segunda de los seis hijos del gran duque de Rusia Constantino Nicolayevich Romanov y de la influyente Alejandra de Sajonia Atenburgo.

Y en 1871 decidieron comprar la finca de Tatoi, situada en un paraje natural a los pies del monte Parnés. Era entonces un recinto de casi 4.100 hectáreas. La idea era utilizar Tatoi como casa de campo, aunque pronto se convertiría en la residencia de verano.

placeholder Los reyes de Grecia, con sus hijos. (Alamy)
Los reyes de Grecia, con sus hijos. (Alamy)

Un palacete estilo Romanov

En 1884, la reina —ahora Olga de los helenos— financió la construcción de un nuevo edificio, muy similar al palacio Ferme de su tío el zar Alejandro II en San Petersburgo, aunque más modesto y de dimensiones bastantes más reducidas. Y, además, transformaron el paraje en una explotación agroganadera, construyeron otras villas, dos capillas ortodoxas y el cementerio (donde fue enterrada su hija Olga en 1880, al poco tiempo de nacer).

Un espacio para el cementerio de la dinastía

De hecho, Tatoi sigue siendo lugar de visita de la familia real griega precisamente por eso, porque en el cementerio de la finca descansan los restos mortales de la mayor parte de sus antecesores.

Después de la pequeña Olga, allí fue enterrado el rey Jorge I (1913) tras el atentado que sufrió en Salónica. Y posteriormente, Alejandro I (1920) y su esposa Aspasia (1972), Constantino I (falleció en 1923, pero sus restos fueron trasladados a Tatoi en 1936, junto con los de su esposa Sofía de Prusia, que había fallecido en 1932); el príncipe Nicolás (1938) y su esposa Elena de Rusia (1957), el príncipe Andrés (1944), padre del duque de Edimburgo; el rey Jorge II (1947), su tio el príncipe Jorge (1957) y su esposa María Bonaparte (1962); el rey Pablo (1964) y su esposa Federica (1981)…

Historia paralela de venturas y muchas desventuras

El recinto de Tatoi —el conjunto de edificios residenciales y agroganaderos— se expandió con los años hasta superar las 16.500 hectáreas. Y las distintas villas se irían adaptando como residencia de los hijos y sus familias. De alguna manera, la historia de Tatoi refleja la compleja trayectoria de la propia familia real griega, en la que brillan etapas de esplendor junto a repetidos periodos de crisis y exilios. De las primeras reformas y las mejoras del rey Constantino I y su esposa Sofía al voraz incendio de 1916.

De la anómala estancia de Alejandro I al paréntesis republicano. De la época de reconstrucción —con Jorge II— a la crisis de la II Guerra Mundial… De la nueva época de esplendor, con Pablo I y Federica, al abandono total tras el exilio de su hijo Constantino. De la confiscación al deterioro extremo… Y de ahí a los planes de reconstrucción, que coinciden con un lento renacer del sentimiento monárquico en toda Grecia.

Fermín J. Urbiola

Periodista y escritor

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