Todo un lustro: de las fiestas en honor a Juan Carlos I al submarino de Leonor
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OPINIÓN

Todo un lustro: de las fiestas en honor a Juan Carlos I al submarino de Leonor

Al tiempo que la estrella del emérito se hunde en la arena del desierto, una tímida luz emerge de las aguas de la Corona

placeholder Foto: El rey emérito Juan Carlos. (Reuters)
El rey emérito Juan Carlos. (Reuters)

No hace tanto tiempo. Pero todo un lustro, al fin y al cabo. Corría el mes de abril de 2016 cuando un entonces desconocido príncipe Álvaro de Orleans -hoy famoso por ser interrogado en Suiza como presunto testaferro de los también presuntos intereses del rey Juan Carlos- organizaba en Mónaco una discretísima fiesta por todo lo alto para homenajear al recién abdicado (dos años atrás) monarca español.

Una pequeña “y maravillosa reunión de amigos”, en palabras de la española Pilar Medina Sidonia, heredera de la duquesa 'roja'... de hasta 160 invitados. La crème de la crème de los royals europeos acudía a aquel encuentro exclusivo al que no faltaron los príncipes Alberto y Carolina, ni, por supuesto, los Bulgaria, los Liechtenstein, los Luxemburgo, los Fürstenberg, o los Grecia (el príncipe Miguel, no la familia de la reina Sofía, que estaba tan ausente en esa etapa de la vida del emérito como lo estaba ya la princesa Corinna).

Foto: El rey y algunos invitados a la fiesta en un montaje de Vanitatis

El jubilado de oro se movía como pez en el agua en la Europa del glamour y el rancio abolengo, y lo alternaba con sus escapadas a la América y a la Arabia del lujo verdadero, mientras en casa su sucesor en la Corona estrenaba un aburrido reinado de esforzado sello espartano y funcionarial. Pero el aterrizaje forzoso de la realidad, como a Buzz Lightyear, le dejaría varado de repente en un oasis lejano. Cabe imaginar que el primer embajador de la España democrática siga recibiendo privados agasajos, pero a estas alturas ya sabemos que, si por él fuera, cambiaría todas las danzas de los siete velos por un solo chocolate con churros o un bocadillo de calamares.

Paradójicamente -y esto en realidad es lo propio de las monarquías-, al tiempo que la estrella del emérito se hunde en la arena del desierto, una tímida luz emerge de las aguas de la Corona. El bautizo del submarino Isaac Peral de la Armada española por parte de la princesa Leonor representó esta semana una metáfora de la vocación de supervivencia de la maltrecha institución. La nave y la heredera tienen edades similares. Ambos habrán empleado 18 laboriosos y silenciosos años hasta su botadura y la respectiva jura de la Constitución. A Peral, inventor global, también le costó -murió sin el reconocimiento debido- entrar en la historia. Y es que la diosa Fortuna es caprichosa, pero al final suele hacer justicia.

placeholder Felipe VI, con su heredera. (EFE)
Felipe VI, con su heredera. (EFE)

Para Felipe VI, la desaparición de su padre del foco es tan esencial como la aparición -ahora por fin algo más reiterada- de la Princesa. Se trata de una obviedad que, en todo caso, se estaba haciendo esperar.

No hace tanto tiempo. Pero todo un lustro, al fin y al cabo. Corría el mes de abril de 2016 cuando un entonces desconocido príncipe Álvaro de Orleans -hoy famoso por ser interrogado en Suiza como presunto testaferro de los también presuntos intereses del rey Juan Carlos- organizaba en Mónaco una discretísima fiesta por todo lo alto para homenajear al recién abdicado (dos años atrás) monarca español.

Rey Don Juan Carlos
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