Un Rey sólido para una monarquía frágil
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ANÁLISIS ENCUESTA DE IMOP PARA VANITATIS

Un Rey sólido para una monarquía frágil

El rey Felipe VI parece haber sobrevivido con notable fortaleza a un temporal político de siete años en el que no se le ha concedido un solo día de tregua

placeholder Foto: Los Reyes, en una imagen de archivo. (Reuters)
Los Reyes, en una imagen de archivo. (Reuters)

El CIS lleva varias décadas pidiendo sistemáticamente a sus entrevistados que señalen cuáles son, a su juicio, los tres problemas principales de España. Lógicamente, las respuestas han ido cambiando, pero hay algún dato constante. Nunca, desde la aprobación de la Constitución, el porcentaje de ciudadanos que incluyen la monarquía entre los problemas más acuciantes del país se ha aproximado al 1%. En el último barómetro mensual, la cifra es del 0,3%.

Esto no significa que el 99% restante respalde la monarquía como forma ideal de Gobierno, y mucho menos que esta sociedad sea idiosincráticamente monárquica, al estilo de la inglesa. Más bien indica que, una vez otorgada la legitimidad de origen por la Constitución de 1978 y adquirida la legitimidad de ejercicio por el desempeño de sus titulares, para la inmensa mayoría de los españoles la cuestión de la Jefatura del Estado quedó razonablemente bien resuelta en la práctica. No se trata tanto de una adhesión al principio dinástico como de una acomodación pragmática a una fórmula que ha demostrado ser plenamente compatible con una democracia plena. Para la sociedad española, la monarquía no es un desiderátum ni una convicción, es un utensilio funcional que cumple su cometido en el engranaje del Estado y, a la vez, engrasa la convivencia. En la dicotomía monarquía o república, España sigue siendo saludablemente accidentalista.

La encuesta de IMOP Insights para Vanitatis aproxima el microscopio a esta cuestión tras siete años convulsos de reinado de Felipe VI y, al observarse los detalles, aparecen también las luces y las sombras. En términos generales, puede decirse que esta encuesta trae dos o tres buenas noticias importantes para un Rey sometido a acoso desde el primer día de su ejercicio del cargo; y junto a ellas, algunos motivos inquietantes de preocupación para la institución que representa.

La primera buena noticia es que, pese a un vuelo de siete años plagado de turbulencias y una ofensiva sostenida de desestabilización y descrédito, sigue sin prender en la sociedad española una pulsión de cambio de régimen. Ni siquiera los republicanos (salvo los doctrinarios o los que integran esa cuestión en su estrategia de demolición del Estado y asalto al poder) sienten que la solución de los problemas de España exija, aquí y ahora, el derrocamiento de la monarquía. Quizá porque ha calado en el cuerpo social la simbiosis entre institución y Constitución: no puede derribarse la primera sin llevarse por delante la segunda. Una cosa es jugar al republicano y otra poner en juego la democracia.

La segunda es que Felipe VI parece haber sobrevivivido con notable fortaleza a un temporal político de siete años en el que no se le ha concedido un solo día de tregua. A la luz de esta encuesta, no es exagerado afirmar que el Rey está mucho más fuerte que la monarquía. Y lo está no tanto por su encarnación monárquica, sino por su trabajo como jefe del Estado. De hecho, los atributos que más se reconocen en él son los que cualquier país democrático exigiría a su jefe de Estado, fuera Rey o presidente de la República: preparación, profesionalidad, respeto por la Constitución y capacidad de representar dignamente al país.

Los españoles ven a Felipe de Borbón como un profesional capaz y fiable, que conoce su trabajo y lo desarrolla correctamente. Eso se traduce en confianza, mucha más de la que suscita cualquiera de los dirigentes políticos en activo. En el gallinero político español, Felipe VI sigue siendo, objetiva y subjetivamente, un valioso factor de estabilidad.

En la otra cara de la luna, es inocultable el debilitamiento del vínculo afectivo hacia la institución monárquica, acelerado hasta el vértigo en los dos últimos años. En junio de 2019, el 42% veía a la monarquía más débil (entonces ya habían pasado la insurrección de Cataluña, el escándalo de Urdangarin, los sucesivos bloqueos de gobierno y Sánchez ya habitaba en la Moncloa). 24 meses después, la cifra se ha elevado hasta el 71%. 29 puntos son 10,5 millones de personas que perciben hoy en la monarquía una fragilidad que no apreciaban hace dos años.

Y señalan clamorosamente el factor de deterioro: todo lo que se refiere al padre del Rey, singularmente desde su abdicación. Es lo malo de los grandes símbolos: cuando se derrumban, lo hacen con estruendo insoportable. El impacto devastador en la sociedad española de las andanzas del Rey emérito es proporcional a la estatura que su figura llegó a alcanzar. Puede decirse que, tras la dictadura, Juan Carlos I es la persona que sacó a la monarquía española del basurero de la historia y quien la ha puesto después a los pies de los caballos. Hasta el punto de que ha dejado a su hijo, con un largo reinado por delante cargado de problemas y rodeado de enemigos, sin margen alguno para el error.

La otra gran sombra de la encuesta es que la monarquía y el Rey padecen también las dos grandes grietas que dividen y paralizan a la sociedad española: la brecha generacional y la polarización política. De poco servirá la fortaleza de Felipe VI y el reconocimiento de su buen trabajo como jefe del Estado si, por motivos que no dependen de él, sino de la toxicidad de nuestra vida pública inducida por las dirigencias partidarias, termina siendo el Rey de media España, la de las personas mayores y la derecha. Entonces sí estaríamos cerca de una crisis de régimen, que es para lo que trabajan los enemigos del sistema, aliados políticos del partido que más debería hacer –y no hace- por defenderlo.

FICHA TÉCNICA

- Instituto responsable de la investigación: IMOP Insights, S.A.
IMOP Insights se acoge al código internacional CCI-ESOMAR para la práctica de la investigación social y de mercados

- Universo: población de 18 y más años residente en la Península, Baleares o Canarias.

-Técnica de entrevista: Mixta, 50% telefónica a través de CATI, 50% CAWI a través del panel online de EMOP.

- Tamaño muestral: 1.009 entrevistas (501 telefónicas y 508 online).

- Margen de error de muestreo: para p=q=50%, un nivel de significación del 95% y, en el supuesto de un muestreo aleatorio simple, el error máximo de los datos es de ±3,1 puntos porcentuales.

- Fechas de campo: del 1 al 8 de junio de 2021.

- Equilibraje: con el fin de minimizar posibles desajustes de campo y adecuar los datos al universo, el fichero de datos se ha sometido a un equilibraje a partir de las siguientes matrices: sexo x edad, tamaño de municipio x CCAA, tipo de telefonía y acceso a internet.

Encuesta Monarquía
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