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Iñaki y Cristina, una historia de amor que empezó con un '¿quién es ese rubio?'
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¿DIVORCIO A LA VISTA?

Iñaki y Cristina, una historia de amor que empezó con un '¿quién es ese rubio?'

Se conocieron en el restaurante que Urdangarin tenía en Barcelona. Ella le llamó después y empezaron una relación que él combinaba con su novia, hasta que vio que iba en serio

Foto:  Iñaki y Cristina, en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. (CP)
Iñaki y Cristina, en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. (CP)

Pocos recordarán que en los 90 Iñaki Urdangarin tenía un restaurante en Barcelona. Se llamaba El Pou, estaba en el pasaje Marimón, junto a la avenida Diagonal, y quiso que fuera un local de moda. Lo montó con otros deportistas de élite como él: Fernando Barbeito, Manuel Doreste y el abogado José Manuel Valades. En septiembre de 1996, tras los Juegos Olímpicos de Atlanta, Urdangarin y sus socios organizaron una fiesta en honor a los deportistas que habían vuelto con medalla. Y a sus amigos, entre quienes estaba la infanta Cristina.

Ambos se conocían de refilón, nos lo han contado personas cercanas tantas veces, porque habían coincidido años antes en algún encuentro de amigos comunes, siempre a lo lejos, y después, porque ella fue la encargada de saludar al equipo de balonmano que había ganado la medalla de bronce en Atlanta. Pero no fue hasta esa noche de septiembre que sus miradas se cruzaron de forma intensa. Fue ella, sí, quien pidió el teléfono de “ese rubio”.

placeholder Cristina e Iñaki, en Palma en 2011. (Getty/Carlos Alvarez)
Cristina e Iñaki, en Palma en 2011. (Getty/Carlos Alvarez)

Tras aquel '¿quién es ese rubio?', pasaron la noche de tonteo, charlando y riendo, y a los pocos días, Iñaki recibía la llamada de Cristina. “Me ha llamado la Infanta -les dijo a sus amigos-, ¿qué hago?”. Su primera cita la organizó ella. Quedaron para ir al cine con Alexia de Grecia y Carlos Morales, su marido hoy en día, y después fueron a tomar algo. “Ella se enamoró desde el primer momento”, cuentan sus amigos cercanos. Tras la exitosa primera cita, relajada y entre amigos, Iñaki recibió una nueva llamada. Esta vez, Cristina era directa y le pedía que la invitara a cenar. Aquel día, Urdangarin aprendió que cuando alguien queda con la hija de un rey tiene que reservar mesa para la pareja y para los cuatro escoltas que les iban a acompañar.

Foto:  La infanta Cristina y su marido, en los Juegos de Pekín 2008. (CP)

Desde aquel momento, Urdangarin vio cómo un mundo de posibilidades se abría a su paso, y no lo dejó escapar. Sus amigos recuerdan que al principio tenía miedo, le daba reparo lo que pudiera suceder, pero cuando se dio cuenta de que la relación era sólida, dejó a la que había sido su novia hasta aquel momento, una joven de Puigcerdà con quien había incluso compartido piso, y se lanzó a ser la pareja oficial de la infanta Cristina. Para siempre, parecía.

La copa del suegro

Pasaron escondidos menos de un año de noviazgo, solo salían con amigos. Poco a poco, otros miembros del equipo de balonmano se fueron enterando y hasta llegaron a reírse de la situación. “Íbamos a jugar la Copa del Rey y entre todos la rebautizamos como ‘la copa del suegro”, contaba un compañero.

Foto: Iñaki Urdangarin, infanta Cristina, Letizia, Felipe, reina Sofia, rey Juan Carlos, infanta Elena y Jaime de Marichalar, en una imagen de archivo. (Getty)

Su entrada en la familia real fue al principio compleja, pero cuando lo conocieron, la reacción fue más que positiva. El rey Juan Carlos vio en él a un tipo deportista, abierto y simpático, y automáticamente se convirtió en su yerno favorito. El día de la pedida oficial de mano, en el palacio de la Zarzuela, la familia posó al completo, sonriente, y la reina Sofía declaró: “Estamos encantados”. Y eso que cuando supieron de su existencia, pusieron sus pegas porque no veían con buenos ojos que una hija de reyes se casara con un deportista. Pero ella se plantó y amenazó a sus padres con irse a vivir con él si no la dejaban seguir.

La Nostra y el campeón

Durante un tiempo, él siguió con el balonmano y se centró en los estudios de la diplomatura de Empresariales, que llevaba a la espaldas desde hacía años. La empezó a los 19 años y la terminó a los 31, en 1999. Es lo complejo de ser un deportista de élite y pretender estudiar en la universidad mientras tanto. La boda se celebró pocos meses después de la pedida de mano, el 4 de octubre de 1997, un día soleado en el que Barcelona se engalanó como si estuviera de fiesta mayor. La capital catalana era el lugar en el que la llamada la Nostra iba a formar su familia y eso era algo grande.

Foto: La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, en una imagen de su boda. (Cordon Press)

La complicidad en la pareja siempre fue evidente entre quienes les conocían. Pronto empezaron a llegar los embarazos y el matrimonio Urdangarin de Borbón era la viva imagen de la felicidad. Altos, guapos, rubios, ricos... No les faltaba nada. O eso parecía. Porque Iñaki no se sentía bien en su papel de 'florero' y quiso emprender por su cuenta, lo que llevó a la familia, como hemos podido ver, a la ruina. La relación entre ellos siempre fue intensa, eso sí, y las peleas entre ambos eran algo frecuente. También las disculpas posteriores, en las que se mandaban mensajes de amor en los que se llamaban 'kid' el uno al otro.

El palacete, el fin

Las crisis duras llegaron después de comprarse el mal llamado palacete de Pedralbes, una casa típica de la zona alta de Pedralbes que les costó casi 10 millones de euros entre la compra y su posterior reforma. Ese fue el principio del fin. Urdangarin era un empresario de nivel que ganaba mucho dinero y la pareja llevaba una vida acorde a esos ingresos, así que muchos amigos de origen más sencillo se quedaron por el camino.

Foto: Luces en el interior del palacete de Pedralbes, exvivienda de la familia Urdangarin. (ST)

Los cuatro niños, Juan, Pablo, Miguel e Irene, estudiaban en el Liceo Francés, donde los duques de Palma, título que recibió la Infanta el día de su boda, eran las estrellas. Como lo eran en el Real Club de Tenis, del que Iñaki se hizo socio tan pronto empezó su relación con Cristina y donde era un personaje muy querido. Hasta que todo se torció, decíamos: empezaron a salir las informaciones sobre sus desmanes económicos y el matrimonio pasó de ser el deseado a ser el apestado. Llegó la mudanza a Washington DC, un tapón para una cascada que se reveló del todo insuficiente.

Caída libre

Y en 2011, cuando el juez imputó a Urdangarin, su vida entró en un descenso en caída libre que nadie pudo frenar. Volvieron a Barcelona, donde la vida se hizo insostenible por el ambiente crispado que encontraron, y pusieron tierra de por medio. Ginebra fue la mejor opción. Allí, el matrimonio encontró en la familia Urdangarin su mejor apoyo, además de la reina Sofía y la infanta Elena, convertida en la gran cómplice de su cuñado. Hasta ahora, claro.

Foto: Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina. (RAM)

En Ginebra pensaba la Infanta que su marido terminaría su condena, algo que está previsto en la ley. Por eso ella nunca se movió de Suiza, por eso y porque su hija pequeña, Irene, en plena adolescencia, sigue sus estudios allí. Parece que no todo era tan estable como pensábamos y que, finalmente, la hermana de Felipe VI se ha dado de bruces con la realidad.

Pocos recordarán que en los 90 Iñaki Urdangarin tenía un restaurante en Barcelona. Se llamaba El Pou, estaba en el pasaje Marimón, junto a la avenida Diagonal, y quiso que fuera un local de moda. Lo montó con otros deportistas de élite como él: Fernando Barbeito, Manuel Doreste y el abogado José Manuel Valades. En septiembre de 1996, tras los Juegos Olímpicos de Atlanta, Urdangarin y sus socios organizaron una fiesta en honor a los deportistas que habían vuelto con medalla. Y a sus amigos, entre quienes estaba la infanta Cristina.

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