El legendario Diamante Florentino de los Habsburgo reaparece tras 100 años oculto en un banco
El 'New York Times' desvela que la legendaria joya de 137 quilates, que se creía desaparecida desde la Primera Guerra Mundial, ha permanecido oculta en la caja fuerte de un banco canadiense desde los años cuarenta
Pedimos a la IA que nos cuente la historia del Diamante Florentino. Responde: "El Diamante Florentino es un famoso diamante amarillo de 137 quilates que desapareció misteriosamente después de la Primera Guerra Mundial. Originalmente de la India, pasó por las manos de gobernantes como el duque de Borgoña, la familia Medici y la familia de los Habsburgo, convirtiéndose en una joya de la corona austriaca antes de su desaparición. Su paradero actual es desconocido". O lo era hasta hoy, cuando un artículo publicado en el 'New York Times' ha desvelado el paradero de la famosa gema: ha estado en la caja de seguridad de un banco canadiense todos estos años.
Ha sido la periodista Robin Pogrebin, que cubre temas de arte y cultura en el periódico neoyorquino desde hace 30 años, quien ha resuelto un misterio que lleva alimentando los rincones de las salas de subastas desde hace un siglo. El principal temor era que la piedra hubiera sido cortada en varias piedras y vendidas por separado, algo que se está valorando con las joyas robadas recientemente en el Louvre. Sin embargo, la familia Habsburgo lo ha tenido a buen recaudo todos estos años, tras llegar a Canadá en una maletita de cartón que portaba la última emperatriz de Austria-Hungría, Zita de Borbón y Parma. La historia detrás es casi tan fascinante como la propia piedra, que conserva intacto su brillo afilado de antaño, a juzgar por las fotos aparecidas en el citado diario.
A legendary jewel of the Hapsburg dynasty — not seen since 1919 and thought lost, stolen or recut — has actually been safe in a Canadian bank for decades.https://t.co/iLPsz2oFWe pic.twitter.com/uDdDYkKkER
— Maxwell Black (@Coreandor) November 6, 2025
El hallazgo pone fin a más de un siglo de misterio y confirma que el legendario Diamante Florentino nunca desapareció realmente. Según revela el diario neoyorquino, el emperador Carlos I, consciente del inminente colapso del Imperio Austrohúngaro en 1918, ordenó trasladar las joyas familiares a Suiza para protegerlas de los saqueos y las convulsiones revolucionarias que se extendían por Europa. Entre ellas viajaba el Florentino, una gema admirada por su color amarillo dorado, su talla en forma de pera y su historia casi mitológica.
Durante décadas, se creyó que la joya había sido robada o vendida para financiar el exilio de la familia imperial. Incluso se llegó a especular con que había sido cortada en varias piezas y revendida en el mercado negro. Sin embargo, los descendientes directos de Carlos I han confirmado que la piedra permaneció intacta y guardada en la bóveda de un banco canadiense desde la Segunda Guerra Mundial. Fue la emperatriz Zita de Borbón-Parma, esposa de Carlos, quien llevó consigo las joyas en una pequeña maleta de cartón durante su huida de Europa, primero a Estados Unidos y después a Canadá, donde se estableció con sus ocho hijos en la provincia de Quebec.
Karl von Habsburg-Lothringen, nieto del último emperador, ha sido el encargado de revelar la historia. En declaraciones al 'New York Times', explicó que el secreto se mantuvo durante cien años por deseo expreso de la emperatriz Zita, que solo confió la ubicación del diamante a dos de sus hijos. "Cuanto menos se sepa, mayor será la seguridad", señaló el heredero, quien asegura haberse enterado recientemente de la existencia del tesoro familiar.
El pasado mes, Karl y sus primos Lorenz y Simeon von Habsburg-Lothringen se reunieron en un banco canadiense para abrir, por primera vez en décadas, la maleta que custodiaba las joyas. Dentro, cuidadosamente envuelto en papel amarillento, apareció el Diamante Florentino, cuya autenticidad ha sido certificada por Christoph Köchert, miembro de la histórica joyería vienesa AE Köchert, antigua proveedora de la corte imperial. El experto confirmó que el peso, la talla y las proporciones coinciden exactamente con las fuentes históricas: "No hay duda de que se trata del auténtico e histórico Diamante Florentino", aseguró.
La colección familiar incluye también otras piezas de enorme valor simbólico, como una Orden del Toisón de Oro incrustada con diamantes, emblema de la casa de los Habsburgo desde el siglo XV. Para Karl von Habsburg, sostener entre sus manos aquella condecoración fue casi tan emocionante como reencontrarse con el diamante perdido: "Es parte de nuestra historia, de lo que somos".
Se expondrá en Canadá
La saga del Florentino se entrelaza con la de la propia Europa. Tras la desaparición de la línea masculina de los Medici, la piedra pasó a la casa de Habsburgo-Lorena en 1736, adornando la corona de Francisco Esteban durante su coronación como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Desde entonces, su fulgor acompañó a los grandes monarcas del continente hasta que la caída del imperio, en 1918, la sumió en el silencio.
Ahora, cumplido el siglo de discreción prometido por la emperatriz, la familia planea exponer el diamante y el resto de las joyas en un museo canadiense como gesto de gratitud hacia el país que les ofreció refugio. No se pondrán a la venta, y los Habsburgo rechazan hablar de su valor económico. "Lo importante no es cuánto vale, sino lo que representa: la historia de una familia, de una era y de una mujer que supo protegerlo todo cuando el mundo se derrumbaba", afirma el historiador Richard Bassett, autor de un informe encargado por la familia.
Pedimos a la IA que nos cuente la historia del Diamante Florentino. Responde: "El Diamante Florentino es un famoso diamante amarillo de 137 quilates que desapareció misteriosamente después de la Primera Guerra Mundial. Originalmente de la India, pasó por las manos de gobernantes como el duque de Borgoña, la familia Medici y la familia de los Habsburgo, convirtiéndose en una joya de la corona austriaca antes de su desaparición. Su paradero actual es desconocido". O lo era hasta hoy, cuando un artículo publicado en el 'New York Times' ha desvelado el paradero de la famosa gema: ha estado en la caja de seguridad de un banco canadiense todos estos años.