Juan Carlos I analiza su relación con las infantas Elena y Cristina, con Urdangarin y el Caso Nóos
Justifica su necesidad de dinero porque tiene que mantener a sus hijas "madres solteras". Critica al juez de Nóos: "Se ensañó". Y considera que Urdangarin pecó de "ligereza"
El rey Juan Carlos con sus dos hijas y parte de sus nietos. (Europa Press)
Hay un hilo que recorre las memorias del rey Juan Carlos I: el de un padre que se sabe imperfecto, herido y, en cierta forma, culpable. Entre reproches y ternura, el antiguo monarca reconstruye en 'Reconciliatión' su relación con sus hijas, Elena y Cristina, una historia marcada por la fidelidad, la caída y la distancia que impuso el escándalo del caso Nóos. En esas páginas, el rey se desnuda más como hombre, más como padre, que como jefe de Estado.
A lo largo de varios pasajes, se define como lo que siempre creyó ser: el jefe de una gran familia, el patriarca de una estructura donde la jerarquía era tan natural como la sangre. “Siempre me he sentido responsable y al cuidado de mi familia, en el sentido amplio, como jefe de familia dentro de nuestra organización piramidal, y por carácter protector. Me enorgullece proteger a los míos".
Habla incluso de una herencia genética del poder: “Históricamente, los reyes actuaban así: los monarcas, como mi abuelo Alfonso XIII, e incluso los exiliados, como mi padre don Juan. Seguramente sea la herencia del carácter paternalista y feudal de la Corona”. Una responsabilidad, dice, que no fue solo simbólica, también económica.
La familia se reunió por el 80 cumpleaños de la reina Sofía. (Casa Real)
El rey justifica su necesidad de dinero porque asegura que durante años ha asumido los gastos de sus hijas, de sus casas y de sus familias. “Bruscamente, a causa de la reconfiguración de la familia real, mis hijas tuvieron que cambiar de vida y me sentí en la obligación de apoyarlas, sobre todo porque sus respectivos maridos ya no estaban en condiciones de hacerlo: uno atrapado en problemas judiciales y el otro debilitado por un ictus, sin una perspectiva profesional prometedora”.
A diferencia de lo que ocurrió con generaciones anteriores, el monarca considera que la Corona impuso sobre sus hijas una dependencia estructural. “Quizá también haya un punto de culpabilidad por haberles impuesto una vida sometida a las exigencias de la Corona, sin imaginar que un día quedarían excluidas de ella, al acercarse a los cincuenta años. Representar a la monarquía les otorgaba un estatus y una compensación económica calculada en función de sus actividades".
"Madres solteras"
Ese estatus, recuerda, se derrumbó con la llegada del reinado de su hijo Felipe VI. Las infantas, especialmente Cristina, perdieron no solo su papel institucional, sino también parte de su seguridad económica. El propio rey asume haber seguido ayudándolas económicamente: “Con mis hijas y sus hijos me siento aún más responsable. Afortunadamente, Elena y Cristina fueron las primeras infantas en obtener títulos universitarios y desarrollar carreras profesionales. Desde muy pronto quisieron emanciparse y vivir de acuerdo con su generación. Pero para mí seguían siendo madres solteras a las que proteger".
Los reyes Juan Carlos y Sofía, junto a las infantas Elena y Cristina en una foto de archivo. (Gtres)
De hecho, el monarca admite que parte de sus necesidades financieras derivaban precisamente de ese papel de sostén. “Me enorgullece proteger a los míos”, escribe, en un párrafo que cobra nuevo sentido cuando en otros fragmentos menciona que las ayudas económicas a sus hijas forman parte de sus gastos más habituales. Cristina, explica, “fue valiente” durante los años más duros del proceso judicial, “continuó trabajando y visitaba a su marido casi todas las semanas en prisión”. Pero esos viajes, las casas, los colegios y el nivel de vida de los nietos recaían, en buena parte, sobre él.
El estallido del caso Nóos en 2011 supuso un punto de inflexión. “Evidentemente, como suegro y como padre, quise ayudarle, ofreciéndole los servicios de uno de los mejores abogados de España”. Pero añade un detalle revelador: “No tenía los medios económicos para aceptar esa ayuda, pues sus cuentas bancarias estaban congeladas".
Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina, en una imagen de archivo. (Getty)
Aun así, las ayudas familiares no cesaron. El rey sugiere que financió indirectamente algunos gastos del matrimonio y asumió parte de la defensa de su yerno, aunque se muestra dolido por el coste de imagen y de dinero que todo aquello le supuso. “Además, no se anticipaban condenas graves. Pidió ayuda a uno de sus amigos, padre de un compañero de su hijo en el Liceo Francés de Barcelona, con quien jugaba al tenis. Ni él ni nadie imaginaba que ese proceso contra Nóos se convertiría en un asunto explosivo. Mi hija se vio tristemente salpicada, y por extensión, la Corona. [..] Durante dos años, Cristina y su familia no asistieron a las cenas de Navidad en La Zarzuela. Mi esposa sufría enormemente por verse privada de la alegre presencia de parte de sus nietos".
Cuando llegó la retirada del título de duquesa de Palma, el tono se vuelve abiertamente sentimental: “Ella estaba dispuesta a hacerlo; una carta redactada con ayuda de su abogado había sido enviada a La Zarzuela, pero no esperaba que ese gesto se convirtiera en un ‘regalo’ de cumpleaños de tal magnitud". El monarca relata también cómo la pareja tuvo que vender su casa de Barcelona para hacer frente a los gastos del proceso judicial y se refugió en Ginebra. Desde allí, la infanta intentó rehacer su vida con sus hijos mientras él seguía ayudando a distancia.
Juan Carlos I con la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, en la comunión de uno de los nietos. (EFE/Alberto Estévez)
En este punto, acusa al juez José Castro de buscar notoriedad "de forma deliberada". Y por ese mismo motivo, "el juez se ensañó. [..] Quería sentar a la Corona en el banquillo de los acusados". En este punto es muy crítico con todos, en especial con los medios.
Asegura que "la Casa Real nunca se inmiscuyó en el proceso judicial. Lo he repetido en mis discursos: 'La justicia es la misma para todos'.Iñaki no recibió ningún trato de favor. Incluso sospecho que, por ser el yerno del rey, tuvo que pagar más caro que otros su falta'". Porque, añade, "los medios se ensañaron con mi hija y su marido; se filtraron informaciones judiciales y se publicaron detalles de su vida privada; fueron difamados. Jamás gozaron de la presunción de inocencia. Más bien lo contrario".
"Discusiones terribles"
El proceso, que acabó con el divorcio de la pareja, según Juan Carlos I consecuencia todo de lo mismo, de Nóos, afectó a toda la fmailia. Con la salida de Urdangarin de prisión y el posterior divorcio, la sensación que transmite el rey es de un hombre que lo dio todo -incluso más de lo que debía- por mantener la unidad familiar. “He tenido con mi hija discusiones terribles. Pero sigue siendo mi hija. Nunca dejamos de hablar. Jamás me apartó de mis nietos, a los que encuentro formidables: inteligentes, alegres, deportistas, emprendedores, solidarios, guapos".
Y concluye con un reconocimiento que mezcla el arrepentimiento con una cierta paz final: “Ahora que vivo recluido en Abu Dabi, me pregunto si hice bien. Hemos dejado atrás nuestras diferencias y nuestros dolores para preservar nuestra relación filial. Sus visitas y las de sus hijos me llenan de alegría. Su afecto me es muy valioso”.
Juan Carlos I con la infanta Cristina, en París. (EFE/Teresa Suárez)
El rey Juan Carlos I no se presenta en estas páginas como un estratega ni como un mártir. Se muestra como lo que es ahora: un padre envejecido que carga con el peso de sus decisiones y el coste económico y emocional de haber protegido -a veces demasiado- a quienes más quería. Entre el orgullo y la culpa, su relato se centra ahora, en los días finales, en su familia. Y dice que es esa su mayor corona. Aunque a veces ha sido, para él, una condena.
Hay un hilo que recorre las memorias del rey Juan Carlos I: el de un padre que se sabe imperfecto, herido y, en cierta forma, culpable. Entre reproches y ternura, el antiguo monarca reconstruye en 'Reconciliatión' su relación con sus hijas, Elena y Cristina, una historia marcada por la fidelidad, la caída y la distancia que impuso el escándalo del caso Nóos. En esas páginas, el rey se desnuda más como hombre, más como padre, que como jefe de Estado.
A lo largo de varios pasajes, se define como lo que siempre creyó ser: el jefe de una gran familia, el patriarca de una estructura donde la jerarquía era tan natural como la sangre. “Siempre me he sentido responsable y al cuidado de mi familia, en el sentido amplio, como jefe de familia dentro de nuestra organización piramidal, y por carácter protector. Me enorgullece proteger a los míos".