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87 EDICIÓN DE LOS PREMIOS DE HOLLYWOOD

Los guantes de fregar de Gaga y el despeinado de Patricia Arquette en los Oscar más 'indies'

Ni hombres pájaro, ni profesores cabrones ni chicos que crecen a lo largo de doce años de esclavitud ante las cámaras. Los guantes de la Gaga o el vestido de Sonia Monroy se saltaron todos los protocolos

¿El año indie con hambre de estrellas? Ni hombres pájaro, ni profesores cabrones ni chicos que crecen a lo largo de doce años de esclavitud ante las cámaras. Cuando se empieza a ver una gala como la de los Oscar, uno quiere ver a los grandes, a las Greta Garbo y los Clark Gable de hoy día. Este año, Hollywood amenazaba con obviar esa alquimia tan suya, la que mezcla a la perfección arte y comercialidad, dejando la artillería pesada a las películas más indies de toda su historia. ¿Afectaría eso a la cantidad y calidad de estrellas que acudiesen a la ceremonia? La verdad es que ver a Sonia Monroy enfundada en la bandera de España avecinaba lo peor.

¿Dónde estaban los George Clooney de siempre ante tanto Birdman y tanto Wes Anderson? ¿Quién había dejado entrar a nuestra sexy bomb a dos metros de la alfombra roja (dudo mucho que llegase a entrar al recinto)? Vale que los indies dan menos juego, pero si la alternativa es la Monroy, apaga y vámonos. Afortunadamente, también vimos que teníamos mejores representantes patrias en la ceremonia. Una de ellas, Elena Anaya. Otra, y bien guapa,  Anna Allen, exchica Cuéntame. Sin ser excesivamente malos, hay que decir que a la primera ya la vimos en los Goya y que, para ser sinceros, queríamos pedruscos de Los Ángeles…y vaya que si los tuvimos.

Patricia Arquette y su despeinado (REUTERS)
Patricia Arquette y su despeinado (REUTERS)

Del tamaño de Gibraltar eran los que llevaba el vestido de Lupita Nyong’o y cegadores eran brillos del de Julianne Moore, que en las redes sociales no gustó mucho, pese a que el Oscar a la mejor actriz que la Academia le debía hace años aligerase el peso de la crítica. Y es que, frente al clasicismo de una Gwyneth Paltrow vestida de rosa impoluto (siempre va bien, nunca arriesga, siempre aburre), estaba esa Lady Gaga con sus hombreras ochenteras y sus guantes rojos como la sangre y anchos como los que llevan las amas de casa a la hora de fregar platos. Claro que, si no arriesga la Gaga, que luego se puso tierna homenajeando a Sonrisas y lágrimas, ¿quién va a hacerlo? La que arriesga mucho, muchísimo, es esa Nicole Kidman que no solo vuelve a ser la candidata perfecta para el anuncio de las muñecas de Famosa sino que parece buscar mimetizarse con su marido, Keith Urban. Gemelos parecían en la alfombra roja con el mismo pelo liso, la raya en medio y la tez producida por la crema de noche que seguro comparten.

Keira Knightley, embarazadísima (REUTERS)
Keira Knightley, embarazadísima (REUTERS)

Los buscadores de excentricidades también disfrutamos lo nuestro con Keira Knightley. La eterna princesa de Hollywood, otra vez nominada por ser la inseparable amiga del matemático Alan Turing en The imitation game, parecía ir a una acampada hippie en vez de a los Oscars. Y no vale como excusa que estuviese embarazada… Ni la semilla del diablo justificaría este modelito vaporoso lleno de flores y frases cosidas por todas partes. Más juego: el despeinado de Patricia Arquette, que parecía haberse tomado muy en serio su personaje de madre obrera en Boyhood y cada vez estaba más despeinada. Menos mal que lo arregló con su discurso feminista y sentido al ganar el premio a la mejor secundaria. Y para juego, el que dieron en las redes sociales el pelo corto de Scarlett Johansson o la elegancia (por una vez y después de mil despropósitos) de Jennifer López, por obra y gracia de Elie Saab. Eso sí, ni la una ni la otra fallaron a la hora de cumplir con una tradición a la hora de acudir a estos premios: ambas llevaban los usuales escotazos capaces de provocar infartos de miocardio en cualquier residencia de ancianos.

Dakota Johnson y Melanie Griffith (REUTERS)
Dakota Johnson y Melanie Griffith (REUTERS)

Infartos casi le dan a Melanie Griffith cada vez que le preguntaban, delante de su hija Dakota, si había visto Cincuenta sombras de Grey. La mamá se ponía conservadora y no se cansaba de responder con un rotundo “no” que casi, casi le hacía mover algún músculo de su cara, esa que no se arregla ni con las mejores armas de mujer. Ya metidos en harina, durante la ceremonia, hay que decir que Neil Patrick Harris dio la talla saliéndose del guión en los momentos más inesperados, como aquel en el que criticó el vestido de la señora que ganó el premio al mejor corto documental (ni me acuerdo del nombre ni creo que le importe más que a su progenitora). “Hay que tener güevos para llevar un vestido así”, dijo ante la cantidad de pompones que colgaban de la señora, que parecía haber matado a una colección entera de caniches.

Sin embargo, le faltó algo de alegría, vidilla y pluma pluma gay. En algunos momentos estaba tan correcto que hacía que añorásemos a los Steve Martin y los Billy Cristal de antaño. Su momento de gloria fue aquel en el que salió al escenario en calzoncillos emulando al Michael Keaton de Birdman. Sin embargo, algo nos hacía añorar a los viejos maestros de ceremonias. ¡Qué tiempos aquellos en los que ganaban Titanic, Forrest Gump o Memorias de África y la meca del cine celebraba los blockbusters que aunaban trasfondo artístico y mucho, mucho dólar! Por aquel entonces, un Jack Nicholson sin Alzheimer aparecía sobre el escenario más ebrio de la cuenta y Marlon Brando enviaba a una india a recoger su trofeo. Pero no nos engañemos: por más que los independientes hayan invadido Hollywood con sus películas sesudas (y muy buenas, todo hay que decirlo), la meca del cine y sus estrellas siguen pasando del cinema verité y allí se sigue respirando ese olor a Sodoma y Gomorra tan subversivo, divertido y frívolo como la escultura de ese Oscar esnifando cocaína que tanto ha dado que hablar estos días. El cine, al fin y al cabo, también es ligereza disfrazada de intensidad, así que  ¡hooray for Hollywood!

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