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LA PROTAGONISTA DE 'EL MAGO DE OZ'

50 años sin Judy Garland: éxito, drogas e intentos de suicidio de un icono gay

Cuando el compositor Jerry Herman se levantó el domingo 22 de junio de 1969 notó algo extraño al mirar por la ventana. Muchos balcones estaban adornados con la bandera a media asta

Foto: Judy Garland en 'El Mago de Oz'. (Cordon Press)
Judy Garland en 'El Mago de Oz'. (Cordon Press)

Cuando el compositor Jerry Herman se levantó el domingo 22 de junio de 1969 notó algo extraño al mirar por la ventana. En su lugar de residencia, Fire Island, destino habitual de la comunidad gay, muchos balcones aparecieron adornados con una bandera a media asta. El compositor de 'Hello, Dolly!' pensó que debía haber muerto alguien importante, algún mito para el público homosexual en una época en la que nacía la mitomanía homo. Unos minutos después, Herman supo de quién se trataba. Un amigo lo llamó y le dijo que Judy Garland , amiga suya, acababa de ser hallada muerta.

La protagonista de 'El Mago de Oz' fue encontrada por su quinto marido, Mickey Deans, en el baño de su casa de Londres. Una ingesta accidental de barbitúricos equivalente a diez antidepresivos había provocado la muerte a uno de los grandes iconos del siglo XX. Pero para entender el final de la historia hay que hablar del principio: esa adicción de las pastillas venía de largo, de la época en la que Judy no era más que Frances, la más pequeña de las tres hermanas Gumm. Las niñas formaban un grupo que actuó desde su Minnesota natal hasta la Costa Oeste norteamericana.

Judy Garland en una imagen de los años 40. (Cordon Press)
Judy Garland en una imagen de los años 40. (Cordon Press)

Tras el escándalo que supuso que el padre de las pequeñas fuese pillado con otro hombre (una historia que la propia Judy repetiría con alguno de sus maridos), la familia al completo se mudó hasta California. La localidad en la que vivían, a solo dos horas de Hollywood, posibilitó que su madre, Ethel, consiguiese que la más pequeña de todas firmase un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer. Por aquel entonces, ya se llamaba Judy Garland. El viejo Louis B. Mayer, el ejecutivo con más poder de todo Hollywood, se quedó prendado de aquella adolescente que, según él, tenía chepa (cuentan algunas biografías que la llamó 'mi pequeña jorobada' durante toda su vida). El gerifalte también pensaba que debía adelgazar. bastantes kilos. De hecho, a finales de los años 30, la vida de Judy Garland no debía ser fácil: continuamente comparada con beldades del estudio como Hedy Lamarr o Lana Turner, se pasaba del día tomando sopa debido a una dieta estricta. Además, perpetuó una costumbre inculcada por su madre: tomar ansiolíticos para dormir y estimulantes para trabajar durante un sinfín de horas. Ese hábito marcaría el resto de sus días. También acrecentaría sus complejos físicos.

La tiranía de su madre y la del propio estudio provocaron que jamás confiase en sí misma. Ni siquiera cuando fue elegida para ser la Dorita de 'El Mago de Oz' en 1939. La adaptación del cuento de Frank L. Baum fue la mayor superproducción jamás afrontada por la Metro. Pero también en ese rodaje sintió que no era a ella a quien querían. Al principio, el estudio quiso como protagonista a la niña más prodigio de todas: Shirley Temple. Cuando Fox se negó a prestarles a su estrella más preciada, Mayter se tuvo que conformar con una Judy que era demasiado mayor para el papel.

Judy Garland en un cartel de 'El Mago de Oz'. (Cordon Press)
Judy Garland en un cartel de 'El Mago de Oz'. (Cordon Press)

Con los pechos vendados, la joven afrontó una filmación llena de inconvenientes. Cuando la película se estrenó ya no había duda: Judy Garland era una de las mayores estrellas de Estados Unidos. Sin embargo, Mayer, como buen padre postizo (el de la actriz murió por aquella época), no dejó de controlar hasta el más mínimo aspecto de su vida. Cuando se casó con David Rose en 1941, el jefazo de la Metro acordó un aborto con la madre de Judy. Pensaban que el público no iba a entender que una estrella tan joven fuese mamá.

Marido tras marido y pastilla tras pastilla

Esa y otras circunstancias acabaron convirtiendo a Garland en una persona desdichada que encontró cierta estabilidad al lado de Vincente Minnelli. Tras rodar 'Cita en San Louis' a sus órdenes, director y actriz contrajeron matrimonio y tuvieron a su hija Liza. La estabilidad, sin embargo, duraría poco para la infeliz Judy. El día que encontró a su marido al lado de otro hombre vivió en sus propias carnes el sufrimiento de su madre, la misma situación que esta había sufrido años atrás. A sabiendas de que Minnelli prefería el sexo con hombres, Judy intentó suicidarse cortándose las venas. Por fortuna, alguien estuvo cerca para salvar una vida que comenzó a ir a la deriva.

Judy Garland en una foto de estudio. (Cordon Press)
Judy Garland en una foto de estudio. (Cordon Press)

A finales de los 40 la Metro, harta de sus continuas neurosis y de los retrasos que provocaban sus miedos, la despidió. En 1954 volvió fugazmente al cine, pero de la mano de Warner, estudio para el que rodó 'Ha nacido una estrella'. A partir de ese momento, desdeñó el cine en beneficio de los escenarios, donde encontró una segunda vía de ingresos económicos y una nueva vida profesional. Su tercer marido, Sidney Luft, impulsó ese cambio de rumbo que coincidió con su culto gay. Pese a todo, Luft tampoco se quedaría en su vida definitivamente, ya que se divorciaron en 1963 y luego vinieron otros dos maridos. De hecho, su hija Liza le llegó a decir una vez: "¿Otro marido más, mamá?". Entre cónyuge y cónyuge, sus shows dejaban ver la debilidad física que sufría por culpa de las depresiones y su afición a los barbitúricos. En uno de ellos, celebrado en Melbourne en 1964, apareció una hora más tarde de lo previsto, lo cual hizo que gran parte de los 70.000 asistentes la abucheasen y que el concierto finalizase antes de tiempo.

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En marzo del 69, Judy Garland se casó con un empresario mucho más joven que ella, Mickey Deans. Los vídeos que han quedado de aquel día dejan patente su decadencia física. Con la mirada cansada, extremadamente delgada y frágil, Judy parecía una pálida sombra de lo que una vez fue. A sus adicciones había que sumar el cansancio acumulado de tantas actuaciones, necesarias para poner al día sus finanzas. Deans, del que también se acabaría separando, fue el testigo involuntario de la desgracia que iba a sobrevenir. En la mañana de aquel 22 de junio, al acudir al baño del domicilio que ambos compartían en Londres, se encontró a Garland sentada en el retrete. Había muerto y gais de todo el mundo la homenajearon. El tributo de los neoyorquinos de la discoteca Stonewall Inn provocó unas revueltas que encendieron la mecha del Orgullo Gay.

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Judy junto a la recientemente fallecida Doris Day. (Cordon Press)
Judy junto a la recientemente fallecida Doris Day. (Cordon Press)

Medio siglo después de aquella muerte, Garland es un icono LGTBI y también el mayor símbolo del lado más cruel y despiadado de un Hollywood que esclavizaba a sus estrellas para convertirlas en alegorías de la perfección. Su sufrimiento es tan poético como cualquier ballet de Tchaikovsky o cualquier pintura de William Blake. Tanto que incluso ha ocultado que también fue la mejor artista del género cinematográfico más feliz de todos: el musical. En una de las grabaciones que dejó en pleno trance por el consumo de drogas, ella misma parecía saber que la recordarían por su desdicha e hizo un juego de palabras con su canción más famosa: "Solo fui una persona que quiso alcanzar el arcoíris y no pudo hacerlo".

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