George Clooney, mi macho alfa
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UN CLÁSICO MODERMO

George Clooney, mi macho alfa

Ejemplo de masculinidad exenta del todo de machismo. Una elegancia natural basada en que, al mirarte, te vean más por dentro que por fuera

placeholder Foto: Ilustración de George Clooney. (Jate)
Ilustración de George Clooney. (Jate)

Niega la etología moderna el mito del macho alfa. Hasta David Mech, el Félix Rodríguez de la Fuente de Minnesota, creador del concepto, se ha pasado los últimos veinte años reconociendo su error.

Resulta que este amigo Félix se pasó quince años observando un grupo de lobos y, además de acabar aullando, concluyó que en toda manada había un lobo especial. Lo llamó Alfa por resultarle el primero que comía, el único que copulaba y el que aparentemente siempre tomaba las decisiones correctas para procurar a todos el éxito necesario en la caza y la más que recomendable virtud de la supervivencia

Foto:  George Clooney, en una imagen de archivo. (Getty)

Su carácter dominante se basaba en la amenaza permanente de pelea y se imponía en la aplicación frecuente de su superior fuerza bruta. Llamamos jauría a un grupo de perros o lobos y lo aplicamos también a la concentración de personas que se comportan furiosamente o con peligro. Esta segunda acepción quizá se justifique hoy porque resulta que, a los ojos de Mech, los lobos no paraban un minuto de enfrentarse y pelearse en un esfuerzo permanente de suplantar el orden social impuesto por el más-mejor macho del momento. No había día que no hubiera jarana y de la seria.

placeholder Un lobo captado en Belmonte (Asturias). (EFE)
Un lobo captado en Belmonte (Asturias). (EFE)

No se sabe en qué momento ni quién mezcló en su cabeza lobo alfa, aforismos griegos y Leviatan para concluir que, en el fondo, nuestra sociedad del siglo XX no se diferenciaba tanto de la aparentemente simple organización de una manada de lupus.

Pasamos del lobo alfa al macho alfa de un salto mortal en los ochenta. Aún hoy nos perdura. Cogieron por los pelos a Plauto y su “el hombre es un lobo para el hombre” y haciendo un batiburrillo con el líder cruel, antisocial, y egoísta de Hobbes, que exageró sus deficiencias hasta poder apodarlo como a la bestia marina de la Biblia, nos apareció “El Lobo de Wall Street”.

Relegaron por completo y de un plumazo al caballero de los cincuenta, al comprometido de los sesenta o al hombre simplemente feliz y un poco femenino de los setenta. Alguien, con claros intereses comerciales, fue capaz de adornar por fuera el oscuro fondo del concepto alfa y presentar atractivo al hombre que todos debíamos ser.

Nos abocaron, y nos abocamos casi todos cómodamente, a la permanente hoguera de las vanidades en la que aún hoy nos desenvolvemos. Reinventaron mercados financieros y empresas, maximizaron las hombreras, redescubrieron el pelo largo y la gomina y llenaron las películas de machos triunfadores cuyo principal atractivo era precisamente la garantía de cópula tras la exhibición del poderío interno y poco sutil de su determinación. Siempre acompañada, eso sí, de su manifestación externa: la adquisición de complementos. Nació y se generalizó la adoración a las marcas y coches, chupas, tabacos, colonias o trajes hicieron agostos de diez años.

placeholder Jean-Claude Van Damme enseña músculo en 'Jean-Claude Van Johnson'. (Amazon)
Jean-Claude Van Damme enseña músculo en 'Jean-Claude Van Johnson'. (Amazon)

Cayó en gracia el estereotipo, sobre todo en los que se veían representados, y se ancló al subconsciente colectivo haciendo más daño a la defensa de los intereses femeninos que algunas feministas desbocadas. No sería capaz de poner en orden un ranking de lo peor posible para humillar el sagrado concepto de la feminidad y sus magníficas singularidades que incluyera el anuncio de la colonia Jacq’s, el del brandy Soberano y las directrices que aplican en las manifestaciones de Femen. (Ojo con el corrector no me ponga S por F y la liemos).

Además, el problema se ha multiplicado por un millón últimamente. Porque calculo en un millón el número actual de desaforados grupos reguetoneros que exponen su modelo de hombre de éxito y el concepto de masculinidad a la que tender: un individuo bruto o incluso violento, cuya musculación, supremacía física y actitud recuerda al lobo camorrista y macarra que acabó identificando el torpe de Mech.

El desastre conceptual parte de un error tan básico que produce sonrojo. Al parecer, la observación del etólogo se basó en grupos de lobos en cautividad. Privados de su libertad, y de sus espacios naturales proporcionales, la irascibilidad de los miembros de la manada no resultaba natural sino inducida.

placeholder Fotografía cedida por WKEntertainment del cantante Maluma. (EFE)
Fotografía cedida por WKEntertainment del cantante Maluma. (EFE)

Ahora que lo pienso, puede que sea trasladable el marco ambiental de alienación y acorralamiento que sufren los jóvenes y adolescentes de nuestro tiempo. La falsa sensación de libertad que les habita estoy seguro de que está haciendo elevar el nivel testosterónico colectivo, lo que les arrastra al tipo de programas que hoy lideran las audiencias y a las letras y ritmos de las canciones de éxito que más escuchan. Y, lo que es peor, al revuelo general y el presentismo que les lleva a renegar de sus mayores y a los sórdidos intentos de materialización de confusas y contaminadas fantasías sexuales que llegan incluso a desembocar en la organización grupal y delictiva que hoy representa la peor acepción posible de manada.

No debió leer Mech a Kipling. Se habría ahorrado quince años de ladridos. Akela es el macho alfa de la manada de Seeone. “El libro de la selva” ochenta años antes y de forma maravillosamente fabulada describía cuales son de verdad las condiciones necesarias para ser un lobo/hombre de éxito. El nobel inglés retrató al líder y ejemplo a seguir como un verdadero caballero de la época. Educado, elegante, bello, sano y comprensivo. Padre, protector de los débiles y valiente. Con la sabiduría, la paciencia y el liderazgo que dota al físico de su mejora más contundente.

placeholder George Clooney en una de sus últimas apariciones públicas en octubre de 2020. (Getty)
George Clooney en una de sus últimas apariciones públicas en octubre de 2020. (Getty)

Clooney es mi Akela. La mezcla perfecta de hombre clásico y moderno que me gustaría ser. Un tipo fino sin vivir en un gimnasio. Preocupado por su aspecto sin morir en el intento. Dejando que la naturaleza cumpla con el paso del tiempo sin pelearse con ella en la cama de un quirófano. Alguien para quien la estética y la belleza es un medio, no es un fin. Para quien la vida saludable es un compromiso doble: con su cuerpo y su planeta. Un sesentón, desde hace cuatro días, representándonos a todos los nuevos cuarentas que nos gustaría aparentar. Con las formas delicadas, de vida familiar plena, sin necesidades de extremos, sin añoranzas de nada. Un macho alfa perfecto en la libertad de su mundo, que remunerado y famoso, parece también agradecido queriendo devolver en parte la suerte del elegido. Fijando el foco en los sitios donde otros no lo ponen. Ayudando a mucha gente que habita algunos infiernos.

placeholder El actor George Clooney a la llegada de un estreno. (EFE)
El actor George Clooney a la llegada de un estreno. (EFE)

Un pedazo de tío haciéndole café a las damas. La supremacía del caballero frente a la atracción del villano. Delicadeza, para mí, mata rapero. Un amor fiel y entregado, una paternidad compartida. Ejemplo de masculinidad exenta del todo de machismo. Una elegancia natural basada en que, al mirarte, te vean más por dentro que por fuera. Por mucho que, es verdad, lo de fuera, le acompañe. Un saber llevar el éxito. Una humildad suficiente, no excesiva. Un compromiso público con las causas adecuadas. Un Akela con barbas ya plateadas a cuyo estilo de macho me entrego y al que deberíamos darle más resonancia. “Please” Maluma, yo solo no puedo.

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