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Inmoralidad, escándalo y censura: por qué (y dónde) nacieron los Premios Oscar
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en 1929

Inmoralidad, escándalo y censura: por qué (y dónde) nacieron los Premios Oscar

El hotel Roosevelt, que aún sigue en pie en Hollywood Boulevard pese a los continuos cambios en la meca del cine, fue el marco de la primera ceremonia de entrega de los galardones

Foto: Douglas Fairbanks, junto a Al Jolson (en el centro) y el productor Darryl F. Zanuck en la primera ceremonia de los Oscar. (CP)
Douglas Fairbanks, junto a Al Jolson (en el centro) y el productor Darryl F. Zanuck en la primera ceremonia de los Oscar. (CP)

Ya lo contaban en ‘Hollywood Babilonia’, la Biblia oficial de los escándalos de Tinseltown. En la década de los 20, la meca del cine era algo así como una nueva Sodoma y Gomorra. Sexo, drogas y escándalos por doquier. El de Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle, que fue acusado de violar y llevar a la muerte la joven modelo y actriz Virginia Rappe provocó las quejas del puritanismo más recalcitrante de Estados Unidos. Varias asociaciones empezaron a quejarse de la influencia negativa que las películas tenían en un público al que consideraban débil, hedonista y de moral laxa. Viéndolas venir (la censura no tardaría en llegar mediante los dictados del Código Hays en 1934), la comunidad del cine reaccionó creando la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood. El objetivo principal era dar entidad a sus películas y a aquellos que participaban en ellas.

Pocos meses después de su nacimiento, sus 36 miembros fundadores idearon un nuevo premio para glosar la excelencia de su cine en 1927, un galardón que debía hacer justicia a la calidad de muchas de sus producciones. Cedric Gibbons, que años más tarde sería el verdadero autor del ‘estilo Metro’, infundiendo su sello a las cintas del estudio del león, fue el encargado de diseñar un premio que se acabaría llamando Oscar. El ‘art déco’ característico de la Norteamérica de aquellos años estaba muy presente en el caballero dorado empuñando una espada sobre un rollo de película. Una vez diseñado el premio, tocó el turno de preparar la primera gala. Lejos del oropel y la grandiosidad de ahora, la primera ceremonia se organizó para entregar quince premios (ahora son 26) con la presencia de la flor y la nata de la comunidad cinematográfica.

El 16 de mayo de 1929 fue la fecha elegida para que los integrantes se reuniesen en la sala Blossom del hotel Roosevelt. Hacía apenas un año que se había estrenado la primera película sonora de la historia, ‘El cantor de jazz’. De hecho, aquella noche Al Jolson fue uno de los agraciados con un Oscar especial por protagonizar semejante fenómeno. Pero, además del sonido, la industria estaba a punto de contemplar otra revolución aún mayor: la que provocaría el crack de la bolsa en octubre de ese mismo año. Como puede suponerse, aquella entrega de premios poco o nada tuvo que ver con la de nuestros días. Solo estaban presentes 270 personas e incluso se pusieron a la venta entradas para acudir a la cena (había comida, por increíble que parezca). Su precio: 5 dólares.

placeholder Wallace Beery, Lionel Barrymore, Conrad Nagel y Fredric March, en la ceremonia celebrada en 1932. (CP)
Wallace Beery, Lionel Barrymore, Conrad Nagel y Fredric March, en la ceremonia celebrada en 1932. (CP)

La forma de entregar los premios también fue bastante anómala si la vemos con ojos del siglo XXI. Douglas Fairbanks, rey de mil y una aventuras en la gran pantalla, fue el encargado de otorgar los galardones con una simple lectura anunciando a los afortunados. El suspense habitual que los cinéfilos viven cada año directamente no existía, ya que los ganadores se sabían de antemano. Para ser exactos, todos aquellos que iban a recibir premio lo sabían desde hacía tres meses, cuando la Academia lo había hecho público a través de un comunicado. El listado también fue publicado por varias revistas de cine.

‘Alas’ y ‘Amanecer’ fueron las dos películas que arrasaron aquella noche; una velada en la que los asistentes no podían ni imaginar que los Oscar se acabarían convirtiendo en la entrega de premios más popular de todas, rodeada de alfombras rojas, apuestas por los ganadores y docenas de estrellas por metro cuadrado. Con más de 90 ediciones a sus espaldas, los premios han sido imitados, debatidos y puestos en tela de juicio mil veces. Sin embargo, siguen guardando la esencia de Hollywood pese a que su deriva hacia el cine independiente han mermado su audiencia televisiva y ya no sean lo que una vez fueron. Pese a todo, desde los alrededores del Dolby Theatre (y el cercano hotel Roosevelt, también situado en la misma avenida llena de un suelo estrellado) siguen los ecos de aquel mítico ‘Hooray for Hollywood’.

Ya lo contaban en ‘Hollywood Babilonia’, la Biblia oficial de los escándalos de Tinseltown. En la década de los 20, la meca del cine era algo así como una nueva Sodoma y Gomorra. Sexo, drogas y escándalos por doquier. El de Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle, que fue acusado de violar y llevar a la muerte la joven modelo y actriz Virginia Rappe provocó las quejas del puritanismo más recalcitrante de Estados Unidos. Varias asociaciones empezaron a quejarse de la influencia negativa que las películas tenían en un público al que consideraban débil, hedonista y de moral laxa. Viéndolas venir (la censura no tardaría en llegar mediante los dictados del Código Hays en 1934), la comunidad del cine reaccionó creando la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood. El objetivo principal era dar entidad a sus películas y a aquellos que participaban en ellas.

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