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EL EROTICÓN

¿Esclav@s de las hormonas?

A lo largo de la evolución de las especies se han producido no sólo cambios anatómicos, sino también cambios de otro tipo: en cuanto al tipo

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    A lo largo de la evolución de las especies se han producido no sólo cambios anatómicos, sino también cambios de otro tipo: en cuanto al tipo de conductas sexuales (más complejas cuando la especie es más evolucionada), y también cambios en cuanto a la determinación hormonal de la conducta sexual.

    Los animales vertebrados (incluidos los mamíferos), poseen una época de celo, o ciclos de estro, que se caracteriza por una búsqueda constante de los contactos genitales, de cortejo y de cópula. En esta época, las hembras emiten señales hormonales, visuales y de comportamiento que atraen al macho y le muestran que se encuentran receptivas para los encuentros. Fuera de la época de celo, o de estro, las hembras no son receptivas, de manera que los machos ni siquiera suelen realizar intentos de cópula, y si los realizan, son fuertemente rechazados por la hembra. Los contactos de cópula fuera de la época de celo son infrecuentes o inexistentes.

    Cuando la hembra se encuentra receptiva, el macho realiza una serie de conductas, más o menos estereotipadas, dirigidas a mitigar la agresividad de la hembra, y que ésta permita el acercamiento (cortejo), el contacto, y también la cópula. Usualmente los ciclos de estro o de celo están determinados por las reservas energéticas acumuladas por la hembra, y controlados por factores hormonales. La época de celo se produce varias veces al año en determinadas especies (perras, gatas, etcétera) y, en otras, una vez cada varios años (hipopótamos hembra, elefantas…).

    Es importante resaltar que en muchos mamíferos encontramos también ‘juegos sexuales’ como los mordiscos (sin intención agresiva), lametones (que también incluyen a veces los genitales propios y ajenos), y diversos comportamientos sexuales lúdicos y de juego (frotar o pegar los cuerpos, fingir luchas con la compañera o compañero…).

    Conforme avanzamos en la escala filogenética, el comportamiento sexual se hace cada vez menos rígido, y menos dependiente de factores hormonales. En los primates encontramos notables cambios por lo que se refiere a su conducta sexual. Por ejemplo, su celo se hace más frecuente, produciéndose cada cuarenta días aproximadamente. Pero tal vez la variación más significativa es que la actividad sexual de los primates no se reduce a la época de celo, sino que abarca también períodos en los que la hembra no puede concebir.

    Por lo tanto, la actividad sexual durante estas épocas no persigue una función reproductora. Y es que con los primates la sexualidad cumple no sólo funciones relacionadas con la reproducción, sino también que también persigue fines relacionados con el placer, el juego y el refuerzo de lazos sociales. La sexualidad comienza, de esta forma, a independizarse de factores hormonales.

    Otra importante variación es que la sexualidad de los primates no se reduce a la cópula, sino que incluye una enorme variedad de caricias y juegos eróticos; en muchos casos incluye también la masturbación en hembras y machos, a veces la estimulación oral de los genitales, y frecuentemente una gran gama de toqueteos, caricias, juegos, y acicalamientos mutuos… Pero la independencia de factores hormonales en la actividad sexual no es total en el grupo de los primates.

    La erótica humana y el estro

    En la hembra humana se produce un fenómeno diferenciador respecto de otras hembras primates: la liberación del celo. Es decir, la hembra humana posee una elevada receptividad erótica no dependiente de determinados periodos de celo fuertemente dirigidos hormonalmente (como en otras primates). En la especie humana erótica y reproducción no son sinónimos, ni mucho menos. La reproducción es una parte pequeña y no siempre presente en un todo mucho más amplio, que es la sexualidad.

    La mayoría de los contactos eróticos no sólo no persiguen fines reproductivos, sino que son aconceptivos (no podrían dar lugar a la reproducción, puesto que no son contactos coitales). Dichos encuentros persiguen otros fines y objetivos (de placer, expresión de afectos, establecimiento de vínculos…), a diferencia de la gran mayoría de especies para las que los contactos eróticos (cópula sobre todo) se encuentran fuertemente ligados a lo biológico (hormonal).

    La hembra humana, al igual que el resto de hembras primates, posee capacidad multiorgásmica, aunque a diferencia de estas, la hembra humana puede ser receptiva al contacto erótico: en los días menos fértiles del ciclo, durante el embarazo, durante el posparto y la lactancia y tras la menopausia.

    El placer que la actividad erótica puede reportar va reforzando la actividad en sí misma y ésta se va desligando aún más de la reproducción como único objetivo. Además, como ya hemos mencionado, el repertorio de conductas eróticas se amplía, de manera que gran parte de la estimulación erótica resulta aconceptiva.

    La expresión de la erótica con frecuencia busca el establecimiento, mantenimiento y fortalecimiento de vínculos sociales y emocionales, así como el placer. Por ello, se mantiene incluso en épocas no reproductivas. Por tanto, aunque sí es cierto que en la especie humana las hormonas influyen en la sexualidad (en el deseo, en la respuesta genital…), no son tan determinantes como en el resto de las especies, y no son ni mucho menos el único factor implicado en el deseo y expresión de conductas eróticas.

    *María Victoria Ramírez es psicóloga y sexóloga.

    Asociación www.lasexologia.com

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