Esos locos, con su comunismo escacharrado
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Esos locos, con su comunismo escacharrado

A finales de los años noventa del pasado siglo se tramó, entre Jaume Villacorba, editor de Acantilado, y Quim Monzó, una de las más felices ideas

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Esos locos, con su comunismo escacharrado

A finales de los años noventa del pasado siglo se tramó, entre Jaume Villacorba, editor de Acantilado, y Quim Monzó, una de las más felices ideas de la última década, en lo que a traducciones literarias se refiere. El desaparecido The European venía publicando semanalmente relatos de Slawomir Mrozek, que Monzó envió a Villacorba, y ambos -luego se les uniría Sergi Pàmies- se extrañaron de no haber tenido noticia de él. Mrozek era un autor casi completamente desconocido en España -sólo sonaba en el mundillo teatral- pese a su prestigio en Europa, avalado por críticos tan relevantes como Reich-Ranicki. La editorial de las tapas negras se puso manos a la obra, y en 2001 aparecía la primera traducción a nuestra lengua, Juego de azar. Año tras año aumentaba la bibliografía en castellano, hasta los ocho títulos con la colección de relatos breves El elefante, quizá el más resonante hasta ahora. El éxito de la iniciativa llevó a que Acantilado publicara un opúsculo celebrando el octogésimo aniversario del autor, en junio de este año. 

Mrozek comenzó publicando tiras cómicas, para luego saltar al teatro. En ambos oficios obtuvo un merecido reconocimiento, que continuó con su obra narrativa. En estas formas de expresión ha mantenido unas mismas coordenadas, la sátira, el absurdo y la crítica de los sistemas políticos, especialmente el comunismo, así como de la religión católica. Sin casarse con nadie, aplica su humor demoledor mediante espejos deformantes que reflejan una realidad no por severa menos inconsistente. Sin embargo, Mrozek no se siente un autor “comprometido” o político, pues ve en ello “algo humillante, restrictivo”. Su seña de identidad es, en definitiva, la libertad, tanto creativa como de pensamiento. Y el objeto de su burla es toda aquella institución represiva y aquellas situaciones en las que la libertad se ve limitada.

 

El elefante contiene piezas perfectas de esta actitud liberal en lo moral y político y libertina en lo artístico. Cuentos como El proceso parodian el burocratismo desmedido de las dictaduras, que en el comunismo adopta muchas veces estructuras militares, como en los deportes -recuérdese el caso del teniente coronel Puskás-. Así, a los escritores “se les habían otorgado uniformes, distinciones y rangos” a fin de suprimir “el caos, la falta de criterio, el esteticismo malsano, el hermetismo y las veleidades del arte” (p. 29). Otros desnudan las vacuidades del discurso propagandístico, como Peer Gynt, en el que un campesino, que solamente pide tejas y clavos, acaba siendo el conferenciante estrella en cualquier evento, reunión o congreso, hasta ver anulada su individualidad. En La jirafa la diana de su pluma es la cultura ideologizada. Aunque hay otro ramillete de relatos que ironizan sobre la vida popular polaca, como El cisne, en alguien que ha vivido buena parte de su vida bajo el régimen comunista esta forma política recibe los más certeros dardos de su carcaj.

 

Colonizando poco a poco nuestras librerías, el octogenario Mrozek recibe al fin el reconocimiento que merece por sus virtudes literarias. La lectura de El elefante, formado por piezas muy breves de entre una y cinco páginas, es tan edificante como divertida, pues Morzek es ante todo es un humorista, siempre profundo, ingenioso y sorprendente.

 

El elefante. Ed. Acantilado. 176 págs. 15 €.