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El imperio de los sentidos de Paco León

Miscelánea de géneros y provocación carnal. Eso es The Hole. Un agujero por el que colarse hacia un país de maravillas sensoriales, pero por el que

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Miscelánea de géneros y provocación carnal. Eso es The Hole. Un agujero por el que colarse hacia un país de maravillas sensoriales, pero por el que solo caben Alicias mayores de dieciocho años. 
Arranca el espectáculo y entran en la batidora burlesque, humor, circo y cabaré. La mezcla puede resultar algo insólita, pero en realidad no lo es tanto, pues son universos ya explorados por 'La Clique' en Londres o, sobre todo, por 'The Box' en Nueva York, quizá el mayor referente de Illana y Paco León para transformar el antiguo Teatro Calderón en un garito sin butacas por el que desfilan acróbatas, stripers y juglares de lo divino y de lo humano. 
Abre The Hole su segunda temporada en Madrid con Álex O'Dogherty como maestro de ceremonias. Se repartirá esta tarea, un año antes en manos de Paco León o Eduardo Casanova, con Pepa Charro (La Terremoto de Alcorcón). O’Dogherty se presenta en el escenario como recién salido de The Rocky Horror Picture Show. De primeras decepciona bastante. Los cueros y ligueros que le visten parecen una provocación mundana y gratuita, que revisita lugares comunes, como sus monólogos de arranque. 
Pronto los textos que pronuncia, escritos por Secun de la Rosa, le irán apartando de esa imagen inicial de madama demodé. Es un humor políticamente incorrecto, pero sujeto a los cánones de lo permisible. Un león atado con cadenas que ruge solo de vez en cuando, mientras reflexiona sobre los límites de la normalidad. O’Dogherty se lo cree. Se gusta. Intenta hilar con la filosofía del pobre un espectáculo a ratos descabalado y que descarga todo su potencial en la capacidad de hipnotizar al espectador con trucos de prestidigitador. 
Él es el anfitrión de la fiesta y su burdel está decorado a pachas por Dalí y Tim Burton. Lo lúgubre y lo lascivo siempre se han llevado bien en el escenario. Son la metáfora del agujero del placer, con sus pros y sus contras, pero al que uno está obligado a entrar recurrentemente para volver a salir más tarde. Primero una fiesta, después inevitablemente una resaca. ¿Merece la pena? Sí. Es el ciclo de la vida una vez se ha lijado el barniz Disney. 
Los invitados a la fiesta se suceden. Dos rusas de veinte dibujan figuras imposibles con sus cuerpos en el cielo del Calderón; una Marilyn entrada en carnes se balancea en un columpio imposible; un acróbata pone coreografía circense a un fado de Dulce Pontes. Casi todo resulta sorprendente. Pero, en realidad, ninguno de estos números acaba encontrando su hueco en el todo. No hay un nexo real que les una. La metáfora global pierde fuerza cuando la plasticidad de lo circense, agudizada por un excelente trabajo con la luz, le roba protagonismo. 
El imperio de los sentidos de Paco León, como el de Nagisa Oshima, pretende ahondar en la fina línea que separa placer y dolor. El espectáculo le hubiera resultado provocador a los censores del Tercer Reich, pero no tanto a los habitantes del Madrid de hoy, que seguro han estado antes en agujeros peores que este. The Hole se disfruta como el mejor de los pasarratos, pero no confiere, una vez bajado el telón, la sensación de liberación que pretende transmitir.   
The Hole 
Teatro Caser Calderon 
Funciones de miércoles a domingo
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