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Cecilia: la vieja muñeca de una poeta

El reencuentro con una vieja amiga: Estos días ha salido a la luz un single de Cecilia, Mi muñeca, un tema dedicado a la muñeca de

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Cecilia: la vieja muñeca de una poeta
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    El reencuentro con una vieja amiga: Estos días ha salido a la luz un single de Cecilia, Mi muñeca, un tema dedicado a la muñeca de su infancia, rescatado del olvido 36 años después de su muerte. Es el anticipo de un disco que, con ese mismo título, sacará a la luz en el mes de noviembre, algunos de sus temas más importantes con las letras que la censura franquista no le dejó publicar en su momento, y algunas maquetas inéditas.

    La mayoría de sus fans se sorprenden ante la capacidad que posee la obra de la cantautora madrileña para seguir dando frutos tanto tiempo después de su abrupta muerte en aquella España profunda a la que tanto cantó, en aquella carretera secundaria en la que una chica de mundos de primera como ella pasó a mejor vida.

    Cuando escribí su biografía, Equilibrista, la colección de retratos de quienes la conocieron me dio una imagen mucho más nítida de quien fue uno de los especímenes más originales y sorprendentes de la música española, de aquella joven con aspecto de hippie californiana que apenas miraba a los ojos y cantaba cabizbaja y tímida en una Televisión Española en blanco y negro.

    Yo ya la conocía, pero costaba traspasar, para los demás, la estampa kitsch que se había forjado en torno a ella, la de sus canciones más famosas; la estampa de la joven que inventó una historia de incomunicación como Un ramito de violetas, criticó a la burguesía rancia y moribunda en Dama, dama o a las dos Españas eternamente antagónicas en Mi querida España.

    Esa imagen difusa, alimentada por el paso del tiempo y un injusto olvido, desvirtuaba lo que realmente fue: una de las mejores poetas de la España del siglo pasado. Y también, como me contó el músico Pepe Nieto, “una niña a quien daban ganas de abrazar”.

    Ante todo, Evangelina Sobredo, que así se llamaba, fue una niña nómada que viajó por todo el mundo debido a la itinerante profesión de su padre: el diplomático José Ramón Sobredo. La música creció dentro de ella al mismo tiempo que crecían sus vivencias en otros países. En Estados Unidos descubría a Elvis Presley, en Jordania la música árabe y, a su vuelta a España, la copla y el flamenco.

    Y, en ese regreso a nuestro país, era una joven que huía del mundo aburguesado de su entorno, que tocaba la guitarra y que estudiaba Derecho en la Complutense de Madrid porque su padre prefería una profesión normal que la de la música. Sin embargo, el gran Tomás Muñoz, el presidente de CBS que tanto hizo por la música española, acabó captando a una chica con la que tenía una herida común: España.

    Para entenderla, sus gentes, quienes la conocieron, me dieron una palabra clave: la lucha. Luchó contra muchas más cosas de las que uno pueda imaginar antes de lanzar ese primer disco en 1972 que la consagró para siempre como un icono. Antes de llegar a la portada de aquel álbum que la dejaba con el ombligo al descubierto y le colocaba un guante de boxeo que empatizaba con la dureza de muchas de sus canciones, se enfrentó a demasiadas cosas.

    Una cantautora con varios frentes abiertos

    Según pude saber, luchó contra el aparato publicitario de una discográfica que intentó doblegarla, vestirla menos hippie y más señorita; luchó contra una sociedad, la de los últimos años del franquismo, en la que no era habitual que las mujeres fuesen cultas y dijesen lo que pensaban. También luchó contra el prejuicio de una familia que no entendió de primeras su profesión; contra un desamor que la dejó tristemente marcada y contra el mayor de sus miedos: no sentirse querida.

    Ni sus dientes grandes ni su cara huesuda y alargada ayudaron a vencer ese miedo y el complejo de sentirse inferior físicamente, de sentirse fea, algo que, según el que fue su novio tras aquel primer desamor, Luis Gómez Escolar, compensaba a base de carisma, encanto, y esa dulzura mezclada con ferocidad guerrera que siempre la caracterizó.

    Al creer que no poseía belleza, la acabó creando en sus mejores canciones y algunas de ellas, como ‘Si no fuera porque…’ o 'Nada de nada' siguen estando presentes en las voces de Nacho Vegas, Amaral, Dani Martin y Miguel Bosé. Su permanente inseguridad ejemplificada en una timidez que fue superando como pudo, la llevó por el camino de la música.

    Ella, que sentía que no merecía un éxito que le llegó por sorpresa, acabó siendo adorada por unas masas que, a día de hoy, siguen conociendo sus canciones aun sin conocerla a ella, aun sin saber que son obra de una intelectual que no quería ser tachada de eso, de una cantante protesta que no quería ser encasillada en la canción política y de una iconoclasta que lo mismo llevaba unas túnicas que un frac de caballero para desafiar a sus contemporáneos.

    Fueron tres discos publicados, varios ramitos de violeta, muchas Españas profundas y varias alusiones a la Guerra Civil que le hicieron vérselas con la censura. Pero también el desamor, la crisis económica y las miserias y alegrías que cualquiera de nosotros vivimos cada día. Eso mismo es lo que recupera Mi muñeca con tanto tino, un disco que va a sorprender por su contemporaneidad y su capacidad para seguir siendo actual en estos tiempos de desintegración moral y económica.

    Ese disco también vuelve a recordarnos la gran verdad de su vida: la música la salvó y también la mató. La salvó de un mundo burgués que la habría condenado a ser una niña bien y una señorona, y la mató a los 27 años cuando el coche en el que viajaba se estrelló contra un carro de bueyes a la salida de una actuación. Ese fue, como dice una de sus canciones, su último viaje. Escuchar Mi muñeca es como abrir una caja en la que se encuentra la foto de un viejo amor que te rompió el corazón; reencontrarse con una vieja amiga que nos lo destrozó porque, de seguir viva, nos habría dado mucho más de lo que ya nos dio.

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