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Seis restaurantes muy verdes con un toque 'vintage'

Estos restaurantes son como una tierra prometida. Los edenes que nos recuerdan cómo era la vida antes del pecado original de alimentarnos mal.

Foto: Foto: Il Tavolo Verde
Foto: Il Tavolo Verde

Estos restaurantes son una especie de tierra prometida. Los edenes gastronómicos que nos recuerdan cómo era la vida (la nuestra) antes del pecado original de alimentarnos libertadamente, sin ningún orden ni concierto; sencillamente, mal. Estos paraísos son verdes porque pueden, porque sí, porque sus adanes y sus evas prefieren hacer horas de larga cola en el puesto del mercado, cuando no cultivar su propio huerto y alimentar de su mano a la gallina de los huevos estos también de oro, antes que subirse al carro de la distribución más globalizada y la plastificación. Pero, cuidado, porque no estamos hablando solo de brócoli ni solo de lechuga, sino también de ternera que pasta en el Pirineo. Y aquí, el 'verde que te quiero verde' está no ya en la sopa, sino en la decoración. Algunos son también colmados o supermercados. El ambiente va en el mismo paquete (o cesta) que las anchurosas barras de pan de masa madre o el aceite virgen y extraordinario. Y es todo tan encantador y tan vintage.

EN MADRID

1. IL TAVOLO VERDE 

Los muebles de Il Tavolo Verde alimentan más que la comida, o igual. Son vajillas antiguas, cuberterías de platas, espejos que nadie rompió, muebles rebautizados, objetos vueltos a bendecir, divanes donde se sentaron y se sentarán otras confesiones. Un altar consagrado al buen paladar más allá de la olla y el fogón. Los muebles y otros fetiches decorativos están viajados (en la furgoneta de Leo y Martina, los propietarios) y vividos (vidas en Italia, Francia, siglos XIX y XX). Este restaurante-tienda de muebles tiene mucho de alacena, de desván amado y codiciado, viejo y bellamente descolorido. Lo moderno, vanguardia casi, le viene del apellido: 'organic cafe and anticmarket' (ojo: ‘antic’), la cuenta donde se suma libremente el arte, el diseño y la gastronomía. C/Villalar, 6.

Lo llamativo. Todo lo que ves a tu alrededor se puede comprar. Es la decoración de un restaurante pero también la mercancía de una tienda. Los niños no solo no estorban sino que son recibidos con los brazos-puertas abiertos: tienen juguetes de madera y biblioteca.

La comida. Ensalada de brotes de mango y aguacate, quiche de espinacas, tartaletas de queso ricota y tomates, y pan de masa madre del panadero Javier Marca (Panic). Todo con productos de los huertos familiares de Guadalajara. Los bizcochos aguardan la hora del postre o la merienda bajo su campana de cristal, que tocará, los zumos naturales y el té de Les Jardins de Gaïa, que no tiene hora.

El ambiente. Parece el escenario de una película (francesa con cierta argentinidad). Por ejemplo, de Chocolat, de Lasse Halström, con Juliette Binoche metida a terapeuta chocolatera en la pequeña tienda de un pequeño pueblo francés. No falta ni el mostrador de botica en la memoria. El local encaja en su biografía: fue el taller-vivienda de un maestro artesano del bronce.

2. MAMÁ CAMPO 

Sobran las presentaciones. Dos palabras, mamá y campo, y nos hacemos una idea de lo que hay. Pero no, a los espacios les ha dado ahora por romper los esquemas hasta del más espabilado de los esnobs. Y Mamá Campo, recién llegada a la ciudad, es “un proyecto gastronómico” donde comer, comprar y jugar (tus niños). Es restaurante, patio de recreo infantil y colmado de productos ecológicos made in Spain. C/Trafalgar, 22.

Lo llamativo: sus productos tienen certificación ecológica y nombres propios: las hortalizas y frutas de Ángel, Albano, Tomeu y Paquita, las legumbres de Amancia y Cristina, los huevos de “las gallinas felices” de Mikel, la ternera de montaña de Marina y los pollos de Albert. Y podríamos seguir.

La comida: frescos o en los fogones. Esta materia prima tan divinamente terrenal va también a la olla: guisos, pucheros, cremas y ensaladas para comer. Y desayunos y meriendas muy del gusto ‘vintage’: magdalenas que saben a magdalenas.

El ambiente: lo llaman “atmósfera especial y coherente”. No les falta razón: uniformes de Ecoalf y IOU Project, delantales de peSeta, paredes y techos de la cooperativa de bioconstrucción Qatay y los toldos del artesano espartero Juan Sánchez. También podríamos seguir.

3. LA VAQUERÍA SUIZA 

Aquí se escuchó una vez el mugido de una vaca y hubo leche fresca entre las frescas, embotellada en vidrio y lista para repartir por las lecherías. Era la clásica vaquería y hoy es ya un clásico restaurante con encanto y sabor orgánico (ocho años de edad). Lo que se dice un 'café lounge': para estar. C/Blanca de Navarra, 8.

Lo llamativo: Encontrar el chic en un antigua lechería, la sofisticación con pasado 'cowboy'. Es la prueba de que siempre se puede barrer para casa, coger de cada reino lo mejor. La tasca de la plaza del pueblo más cool.

La comida: Las familiares tostas de jamón, papas con mojo y ensaladilla rusa conviviendo con elaboraciones de vanguardia. Pan y postre artesano, hecho a diario, con receta familiar y reminiscencias anglosajonas. Comida a cualquier hora, cócteles por la noche y los domingos brunch.

El ambiente: era una vaquería y sigue conservando un aire rural. ¿Serán las flores silvestres, serán las sillas de pueblo, será el portón blanco de entrada, el umbral de un establecimiento rematadamente 'antique'?

EN BARCELONA

4. WOKI ORGANIC MARKET 

El eslogan canta: “Como antes… pero ahora”. Y es tal cual, un restaurante y supermercado ecológico no en el cinturón verde sino en el corazón ‘negro’ y contaminado de la gran ciudad, haciendo de pulmón. Está montado con teatralidad como un mercado con sus puestos ‘callejeros’ de comida y toda la frescura de los productos de hoy, en una reivindicación clara del comercio de proximidad, que es la tienda de toda la vida, y de lo orgánico, lo del huerto de siempre, sin pesticidas. Ronda de la Universidad, 20.

Lo llamativo. Puedes ir de puesto en puesto, cada uno especializado en un tipo de comida y con su cocina independiente, que abastece al restaurante. Tú eliges: comprar en crudo y llevar o comértelo en la zona de mesas, como en los 'indoor market' británicos.

La comida. La idea es 'te vendo lo mismo que te doy de desayunar, comer, merendar, tapear y cenar en horario continuado'. Apúntate a la tapa ecológica (minisolomillo a la brasa, tartar de algas) o el brunch más orgánico. Hay raviolis, tagliatelle, macarrones y sémola ecológicos y pizzas-bio en el puesto de la gastronomía italiana. Las carnes provienen de ganaderías del Pirineo: hamburguesas, solomillos y chuletones. En el wok se alimenta el imaginario del mejor street food. Y en el vegetariano, gloria al tofú, al hummus, el paté de berenjena (babaganush) y el seitán. El vino, ecológico y de la zona (Penedès, Priorat o Terra Alta). ¿Antioxidantes? Ni la sombra.

El ambiente. El de un supermercado muy cuidado con materia prima diciendo 'llévame, elígeme, mira qué color tengo', con restaurante, todo muy sostenible. Casi 400 m2 decorados con objetos y muebles creados con materiales recuperados y delantales de linos antiguos reciclados.

5. OBBIO

Esto de ir al supermercado y quedarse a comer o ir de restaurante y volver con la compra, tan british y europeo, nos gusta. Y además, con la garantía de que lo que metemos al cuerpo (y a la bolsa) es la mejor medicina, sea cual sea nuestra dieta. Hay más de 6.000 referencias de productos ecológicos cada uno en su sección: fruta y verdura, cereales y legumbres, proteína de origen vegetal y animal, cosmética y suplementos. No es un rincón del gourmet alejado del mundanal ruido y elevado a las alturas gastronómicas, precios incluidos, sino un súper de capazo y carrito a ras del suelo. C/Muntaner, 177.

Lo llamativo. Hay 39 variedades de harina (espelta, cebada, arroz…), 57 de infusiones, 62 de tés y 34 de mueslis. El súper del barrio pero ecológico. Y además con asesoramiento personal y profesional. Un consultorio eco-bio-vegetariano y gran libro de recetas.

La comida. Sobre todo es vegetariana, pero atiende a espíritus (y cuerpos) veganos, macrobióticos, con intolerancias alimentarias (al gluten o la lactosa) y a otras minorías. Para comer a la hora o a deshora (sándwiches, licuados y degustaciones).

El ambiente. De inspiración nórdica con el obrador y la librería a la vista, y de la cofradía del caracol, o sea, amigos de la vida lenta. Y con zona de esparcimiento para los niños.

6. TERESA CARLES

Es el ‘vegetariano’ de Barcelona y parece, por moderno, que abrió ayer. Teresa nació en una familia de payeses, o sea, que vivió entre olivos, campos de trigo y huertas. Tuvo una infancia de pueblo y un interés temprano por la dieta sana y natural. Tanto que pronto se fue de viaje gastronómico por Europa y Estados Unidos. Volvió e hizo mezclas con las recetas de la abuela (y de su madre). Es la autora de La cocina del cielo. Recetas vegetarianas. El negocio familiar (en el barco va también su marido, Ramón) se amplía con una forma de hacer que han llamado Feel Good Food (aquí sus hijos, Jordi y Mar Barri). C/Jovellanos, 2.

Lo llamativo. Las habas a la catalana o la escudella conviven en la carta con los cuores de seitán, cebolla caramelizada y queso roquefort, o la polenta con setas al curry y tomates al horno. Tiene un blog llamado Healthy & Tasty.

La comida. Los productos vienen de su obrador artesano de Bellcaire de Urgell: mermelada, frutos secos, vino, vinagre y aceite de elaboración propia. Hay un ‘cuarto frío’ con todos los productos que terminan en la cocina, rollo showcooking (te veo cocinar) y culto al zumo. Un plus: su 'take away'. Y el tamaño de sus ensaladas.

El ambiente. Hay baldosa hidráulica con dibujo en el suelo y ladrillo a la vista en la paredes, iluminación regulable, sofás a cuadros estilo 'diner americano' y muebles vintage de roble. Del interiorista Cesc Pons.

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