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Cierra El Tirsa

Cierra el Tirsa: el fin de una coctelería emblemática del área de Barcelona

Permítanme una confesión personal. Dejen por una vez que no les hable de dinero. Hagamos una excepción y dejemos al margen mis temas habituales que sólo son dos: las altas finanzas y las bajas pasiones.

Foto: Cierra el Tirsa: el fin de una coctelería emblemática del área de Barcelona

Permítanme una confesión personal. Dejen por una vez que no les hable de dinero. Hagamos una excepción y dejemos al margen mis temas habituales que sólo son dos: las altas finanzas y las bajas pasiones. ¿Pues qué es la información económica si no un regodeo eterno en la pulsión menos noble, la de la codicia?

Así que les contaré que hace mucho, cuando yo tenía quince años, invité a una chica a tomar una Coca-Cola. Lo hice en un bar que estaba abierto a las ocho de la tarde y que para un chaval como yo era el más bonito del barrio. La verdad es que yo quería besarla pero antes que a mí, ella hubiera preferido besar una legión de sapos para ver si se convertían en príncipes. Así que esa parte del plan salió mal. Aunque como pasa a veces, una cosa mala te lleva a algo bueno.

Así que volví a aquel bar, una vez, y otra. Con amigos. Con otras chicas. Algunas me besaron, pocas, y otras no. Y de repente uno ya no tiene quince años y puede beber alcohol y descubre todo un mundo de sensaciones: desde la vista, las luces tenues, las maderas nobles; hasta el gusto: distinguir los dulces de los ácidos, el vodka de la ginebra, entender aquello que decían los griegos: que el veneno está en la dosis.

Y aquel bar era El Tirsa. Y el tiempo pasa. Y cuando le dedicas tiempo a algo, a cualquier cosa, se acaba generando una cultura. Y más de 30 años son mucho tiempo. Así aprendes historias sobre los cócteles, como aquella del old fashion, una variante para rebajar el bourbon que nació en Estados Unidos con la Ley Seca.

Como con todo, ha habido placeres culpables. El mayor, el alexander de whisky. Un cóctel de chica, sin duda alguna. Pero qué bien lo preparan Manel Tirvió y Enric Bertomeu. Una de las grandes decepciones de mi vida fue ir una vez al Boadas, pedir un alexander de whisky y comprobar, para mi sorpresa, que no tenía nada que ver con lo que yo conocía.

Evitar la vulgaridad

Podría explicar las razones del cierre, criticar la ley de arrendamientos urbanos o la desaparición del comercio tradicional. Pero ya habíamos convenido al principio que no hablaríamos de dinero, más que nada para no parecer vulgares.

Y aunque El Tirsa lo hicieron famoso los peregrinos que venían desde Barcelona a L’Hospitalet para darle un giro a la noche con los british gin tonics servidos en vaso pequeño, lo cierto es que fuimos los vecinos del barrio los que mantuvimos vivo el local.

Nosotros los de entonces

Así que pasó el tiempo. Vinieron crisis, revoluciones, ganaban los de siempre y perdían los mismos. Nos casamos, nos divorciamos, nos fuimos, volvimos y, en mi caso firmé tres hipotecas. Sí, amigos, es día de confesiones y lo cierto es que la mitad de la burbuja inmobiliaria fue culpa mía. Pero en medio de la vorágine sabías que una noche volverías a ver las luces ámbar iluminando Ronda de la Torrassa y sería un poco como sentirte en casa. Y mientras, El Tirsa ganaba premios, concursos y menciones en rutas gastronómicas, revistas especializadas y guías del ocio.

Como decía Pablo Neruda, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Pero reconfortaba saber que El Tirsa seguía allí. Hasta ahora. Cierra la semana que viene. Se va con la misma clase de coctelería a la neoyorkina que su ambiente parece evocar. Baja el telón El Tirsa para acabar con el sueño de que un día podremos volver al barrio. Simplemente porque el barrio en el que crecimos ya no existe.

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