VIAJES POR ESPAÑA

Ribadesella: descubre todos los secretos de la otra reina de Asturias

Será por las casas de los indianos, por esas playas, esas cumbres o por esos aires cantábricos. O tal vez por la silueta que dibuja el río Sella al llegar al mar. ¿Lo descendemos?

Foto: La playa de Santa Marina con casonas de indianos de fondo. (Foto: Turismo de Ribadesella)
La playa de Santa Marina con casonas de indianos de fondo. (Foto: Turismo de Ribadesella)

Esta es la otra princesa de Asturias. O mejor, la reina. Y no porque ahora venga esa fiesta con mayúsculas que es el Descenso Internacional del Sella (5 de agosto), apoteósica por cierto, sino porque este lugar es regio de por sí, con ese porte monumental y al abrigo de semejante paisaje. Aquí es fácil sentirse de la realeza. Una belleza muy norteña, la misma de Comillas o San Sebastián, cada cual a su manera. Ellas sí que son todo fachada, marinera, muy cantábrica y con glamour del old Hollywood, algo parecido. Tal vez habría que decir belle époque. Te decimos por qué tienes que ir a Ribadesella. Una pista: no solo es para ser un salmón (en canoa) por el río y con el monte Corberu adentrándose en el mar, como el mejor promontorio, viéndolo todo, mientras dibuja una concha con ayuda del Somos. Otra vez Donostia. Esto es un decálogo de amor riosellano.

Villa Rosario, el sueño de un emigrante que hizo con fortuna las Américas.
Villa Rosario, el sueño de un emigrante que hizo con fortuna las Américas.

1. La fachada marítima. Decíamos que Ribadesella es todo fachada y con razón. Un escaparate de casas indianas, aquellas que se construyeron los emigrantes que hicieron las Américas y una gran fortuna, mansiones y otros palacetes asomados a un mar acostumbrado a confundirse con la arena, la de la playa de Santa Marina. A destacar Villa Rosario, hoy hotel, y el palacio de los hermanos Uría-Aza, con colección de esculturas al aire libre. Un escenario de película de viajeros y/o navegantes que ayudó a configurar, no podía ser de otro modo, una marquesa, la de Argüelles.

2. Un pueblo de fina estampa... Es pesquero y con sabor, pero ademas está dividido en dos por el río que viene de Cangas de Onís -no hay que perderse el puente romano-, que aquí forma un magnífico estuario y va ya a desembocar al mar. No nos pondremos poéticos, aunque hay ganas. Para colmo, Ribadesella, con un casco histórico de aúpa y un pasado esplendoroso, ya decíamos, tiene su propio Olimpo que son los Picos de Europa, ese macizo montañoso de belleza extraordinaria, donde además nace el Sella, en las Fuentes del Infierno, desde las que te parecerá, vivan las paradojas, tocar el cielo.

Atención al perfil costero de esta villa marinera. (Foto: Villa Rosario)
Atención al perfil costero de esta villa marinera. (Foto: Villa Rosario)

3. ...muy deportivo... Con eso del descenso del Sella, que es el primer sábado de agosto después del día 2, entre los puentes de Arriondas y Ribadesella, el propio río de tantas y tan apetecibles curvas y esas cumbres, este pueblo tenía que ser deportista a la fuerza. El piragüismo, el senderismo, la escalada, la aventura en general y la espeleología -pronto sabrás por qué- son el pan nuestro de cada día. En cuanto al primero, más allá del Descenso (con mayúsculas) hay siempre una canoa esperándote para hacer un recorrido de 17 km. Aquí es fácil sentirse un salmón, está lleno de ellos. Y en tiempos (gloriosos) hubo ballenas.

4. ...y monumental. Es lo que tienen estos pueblos norteños. Un poco de todo. Naturaleza, encanto y patrimonio. A las pruebas nos remitimos: la iglesia de Santa María Magdalena, la románica de Santa María del Junco, el santuario medieval de San Mamés de Cuerres y en frente, la Fuente de los Peregrinos, o la imprescindible ermita de la virgen de Guía, con vistas al mar, que para eso es patrona de los marineros; las torres medievales de Junco y San Esteban, el palacio de Prieto-Cutre, que aloja al ayuntamiento riosellano, en la plaza de la Reina María Cristina -todo es muy real-, la torre decimonónica de la Atalaya y la casa del Collado o del Escudo, donde nació el pintor Darío de Regoyos. Y hay mucho más: aquí te hincharás a ver escudos nobiliarios, balcones voladizos, galerías acristaladas y otras glorias arquitectónicas. Ah, por cierto, todo pasa en la Plaza Nueva entre árboles y terrazas y en la Gran Vía, entre bares y tiendas.

Allá en lo alto, la ermita de Guía. (Foto: Turismo de Ribadesella/Juan Carlos Valle Berbes)
Allá en lo alto, la ermita de Guía. (Foto: Turismo de Ribadesella/Juan Carlos Valle Berbes)

5. Pero ¿dónde estamos? En Asturias, claro, justo al norte de la legendaria Covadonga y entre Lastres por un lado y Llanes por otro siguiendo la línea de mar, al resguardo del Naranjo de Bulnes y compañía, y con el parque natural del Malecón, una marisma que es parada y fonda de las aves migratorias, animando el escenario aún más. Encima Ribadesella fue fundada por Alfonso X el Sabio, allá por el siglo XIII, lo que la hace aún más principal, y eso que no hemos llegado aún, pero llegaremos, a la cueva de Tito Bustillo. A ese otro 'érase una vez'...

La fauna de la cueva de Tito Bustillo.
La fauna de la cueva de Tito Bustillo.

6. No solo Altamira. Por fin damos con la cueva de Tito Bustillo, plagadita de pinturas rupestres. O sea, animales y signos subiéndose por sus paredes, testimonio de aquel periodo magdaleniense. Es, por supuesto, patrimonio de la humanidad por la Unesco; en su centro de interpretación te lo contarán todito todo. Y hay más: las cuevas de Les Pedroses, Rosa (kárstica), del Tenis o la Lloseta. También huellas de dinosaurios. Pero esto ya es otra (pre)historia. Se encontraron en los acantilados de Vega, de Tereñes y en la franja occidental de la playa de Ribadesella.

7. Santa Marina y más. Además de las playa de Santa Marina, que es como su Sardinero, están la de Vega, con su sistema dunar, y la de la Atalaya, esta con rocas en vez de arena, dentro del concejo. Fuera, el perfil costero se vuelve más abrupto, dibujando acantilados y suavizándose en las playas de El Portiello, Arra, Tereñes y Aberdil. Pero si buscas un rincón marítimo de esos que da gusto encontrar, ve sin pensarlo dos veces a Guadamía, en Cuerres, entre Llanes y Ribadesella. Es una gran ría que en pleamar parece una piscina y en bajamar una playa con su arena. Aprovechamos para decir que no todo es Sella, también hay otros ríos, como el Acebo, que desemboca en la playa de Vega, el San Miguel o el San Pedro.

Playa de Vega. (Foto: Villas Marineras)
Playa de Vega. (Foto: Villas Marineras)

8. Por el paseo de la Princesa Letizia. Lo puedes hacer tú también como una reina (o rey). Desde el final del puente del Sella hasta la Lonja del Pescado (la Rula). Y es que la Reina pasaba los veranos de su infancia por aquí. Y antes o después comerte unas letizias (galletas). Otros paseos que te harán sentir igual son el de la Grúa, el de la playa de Santa Marina hasta la Punta el Pozu -tras las ya mencionadas huellas de los dinosaurios-, la playa de la Atalaya o el Mirador de Guía. A Ribadesella le sobra ambiente.

Paseando junto al mar. (Foto: Turismo de Ribadesella)
Paseando junto al mar. (Foto: Turismo de Ribadesella)

9. Comer de maravilla. Y no solo en Arriondas, donde se halla el premiadísimo El Corral de Indianu o la igualmente querida Casa Marcial de Nacho Manzano. Esto es la tierra de la fabada asturiana, aunque no son horas, del bollu preñau y del arroz con leche, regado sí o sí con culines de sidra. Puedes sentarte a la mesa del Arbidel, en el casco antiguo, y deleitarte con sus 'sensaciones marinas y vegetales', arroces y demás; en la de Güeyu Mar, en la playa de Vega, el reino de los pescados y mariscos del Cantábrico; o en la de la típica sidrería La Guía en lo más típico de Ribadesella.

Villa Rosario por dentro.
Villa Rosario por dentro.

10. Y dormir como un rey (o reina). En Villa Rosario tiene que ser. Hay cosas que son obligadas. Lo manda el paisaje, el espíritu riosellano, este chic que gobierna estos parajes. El palacete en cuestión es el sueño de un emigrante que lo hizo edificar en 1914... y el nuestro. No sabemos si nos gusta más por fuera, en el paseo marítimo y con acceso directo a la playa de Santa Marina, o por dentro, con tan solemne decoración y esa escalera tallada en madera de cerezo, como de antes pero con los adelantos de ahora. Hay 17 habitaciones (14 dobles y 3 individuales), tres de ellas con vistas al Cantábrico. Al lado, el Villa Rosario II, un edificio modernísimo de nueva construcción en cuyos ventanales se refleja el palacete, con el que comparte jardín, restaurante y servicios. Otras 16 habitaciones. Nunca lo olvidarás. Precio: desde 145 euros.

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