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Edimburgo, Madeira, Carcasona... Cinco planes para tus próximas escapadas

El azul de la costa amalfitana, el verde de Madeira, el blanco de Vejer, el gris de Carcasona y todos los colores de un hotel en Edimburgo. ¿Con cuál te quedas?

Foto: Foto: Turismo da Madeira.
Foto: Turismo da Madeira.

Escapar es huir, pero no hace falta que salgas corriendo. Se puede escapar siguiendo la estrategia del caracol o de la tortuga que ganó a Aquiles, que además tenía los pies ligeros. Por muy paradójico que te resulte. En Italia, te espera la bella costa amalfitana, con su increíble balcón natural asomado al mar, sus limones y su limoncello, y el escenario de glamour y seda que congregó a Matt Damon, Gwyneth Paltrow, Jude Law y Cate Blanchett en la versión cinematográfica de 'El talento de Mr. Ripley', de la Highsmith. Querrás ir en vespa o a bordo de un Lamborghini. En Escocia, el Edimburgo más curtido y viejo, el de los pasadizos de Mr. Hyde y los desvelos de Dr. Jekyll, pero también todo el encanto que se despliega a lo largo de la legendaria Royal Mile.

Sin salir de las fronteras pero en la frontera, está Vejer, un pueblo blanco y encumbrado que mira hacia lo negro del continente vecino con orgullo gaditano. Vejer está cerca de todo: de Tarifa, Tánger y los delfines. Y si no, la portuguesa Madeira, que es la isla de las flores y es verde a rabiar, con sus rutas montañeras, sus campos de golf y sus resorts de lujo, su atlanticidad y sus rincones bohemios y atrevidos. Y aún te queda para elegir la bella y mágica ciudad francesa de Carcasona, en la que querrás escribir tu cuento (será medieval). Está, por cierto, en esa arteria de navegación artificial que es el Canal du Midi, por si quieres una de barcos, y en la ruta de los cátaros, por si una de castillos.

1. La Costa Amalfitana: limoncello y en vespa

La naturaleza por sí sola, con su suma de acantilado y mar azul, ya era suficiente. Pero, para colmo, los pueblos que se derraman por la 'costiera' amalfitana, con Ravello, Amalfi y Positano a la cabeza y Atrani a sus pies, son bellos, son barrocos y son chic. A sus calles y carreteras les va la vespa, aunque no seas Audrey Hepburn ni Gregory Peck, ni tus vacaciones sean en Roma. Esta película italiana te la tienes que montar tú. Te sobrarán ingredientes. Empezando por los limoneros que dan su jugo a ese licor-souvenir que es el limoncello (todo costiero tiene en su casa un limonar), parando en sus terrazas que son palcos en la ópera y siguiendo por sus empinadas calles que suben y bajan dibujando el laberinto. Huele a limón recién exprimido. Cualquiera es más guapo aquí.

El Palazzo Avino.
El Palazzo Avino.

En la ciudad medieval de Ravello, a 350 metros sobre el Tirreno, está el Palazzo Avino: una villa privada del siglo XII, propiedad de una familia noble (los Sasso), que fue convertida en hotel en 1997 y que luce bellísimo con piscina, spa y centro de belleza y los míticos Caffé dell’Arte y Terraza Belvedere. Aún quedan vestigios de su pasado aristocrático. Fueron huéspedes Richard Wargner, Ingrid Bergman, Roberto Rossellini, André Gide y Virginia Woolf. Esto se llenó de reyes, reinas, artistas y poetas.

2. Edimburgo: Harry Potter y un milla muy real

En medio de la Royal Mile, esa milla escocesa (1,8 kilómetros de largo) que va del castillo al palacio Holyroodhouse, residencia de verano de la Reina, se encuentra un hotel de diseño muy escocés, cual falda, que no podía ser más lujoso: el Radisson Collection, de los que suelen pecar de románticos. Aunque es la sede del festival de teatro experimental y callejero más glorioso y gozoso (el Fringe, allá por agosto), Edimburgo vive en una nube literaria: Walter Scott, Stevenson y sus Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Conan Doyle (busca y ojalá encuentres su pub) y hasta Harry Potter (hay toda una ruta que empieza en The Elephant House). Y es solo el comienzo. Es Ciudad de la Literatura según la Unesco y alberga un impagable Museo de los Escritores, donde se guardan las botas de pescar de Stevenson.

Una habitación con vistas del Radisson Collection.
Una habitación con vistas del Radisson Collection.

3. Vejer: blanco frente al continente negro

Desde Vejer de la Frontera se ve todo. Es un lugar afortunado que ha sabido estar en la cima, que es donde estaría aunque los vientos soplaran en su contra, que no es el caso. Donde soplan y mucho es en la vecina Tarifa, paraíso de surferos. No hay posada ni fonda como la del blanco Vejer. Para salir de madrugada a Tanger vía ferry, coger un barco de avistamiento de cetáceos y seguir a los delfines que cruzan el Estrecho, perderse en los bosques de Los Alcornocales, tirarse a la bartola en la arena fina de la ensenada de Bolonia, donde aún queda algo de la romana Baelo Claudia junto a los chiringuitos, o comer en El Mirlo​, en Punta Paloma y a pie de playa (tendrás que atravesar la duna). En Vejer, que es un vademécum andaluz, podrás alojarte en el Hotel Boutique V, una construcción del siglo XVII en la cúspide del pueblo, que presume de cócteles en la terraza y panorámica 360 grados. ¡Ah! y también de terapias ayurvédicas de balneario en el antiguo pozo de la casa.

El Hotel Boutique V (de Vejer).
El Hotel Boutique V (de Vejer).

4. Madeira: mil flores, montañas, poncha y golf

Madeira es Atlántico. Como el exotismo que pone en la mesa su Mercado dos Lavradores, en el casco antiguo de Funchal, los canales de riesgos ancestrales que abren como heridas sus montañas, los parecidos con la vieja Lisboa de antiguas casonas y gusto colonial, el vino que no solo es malvasía, la poncha mezclada con lo que sea (maracuyá o fresa), orgullo isleño de aguardiente de caña de azúcar con miel y limón, tantas quintas y casas de campo hechas hotel, y jardines y más jardines, porque la portuguesa Madeira es multifloral. También es la isla del golf y de los resorts. El Porto Bay Serra Golf es un hotel pequeño que data de 1920 con una fachada emblemática de art nouveau (para comérsela) y en medio de una naturaleza grande (90 variedades de flores y plantas).

El Porto Bay Serra Golf es así.
El Porto Bay Serra Golf es así.

5. Carcasona: murallas y un canal para navegar

Cuando llegas a Carcassonne, dicho en francés, te dejan boquiabierto sus murallas, el conjunto medieval sin fecha de caducidad, el peso de sus piedras de leyenda. Sabes que es un lugar irrepetible, que el cuento no ha hecho más que empezar. El Hôtel de la Cité es parte de esta vieja ciudad, porque está dentro de la ciudadela, con su catedral gótica, sus calles empedradas, sus tenderetes de todo (mucho souvenir) y su puente viejo, y rodeado de jardines que luchan por ser románticos. En el hotel se sirven copas de vino bajo árboles majestuosos y en La Barbacane, la más exquisita cocina regional. Desde aquí podrás poner rumbo hacia los castillos de los cátaros, los viñedos del Languedoc-Roussillon y el Canal del Midi, magnífica obra de ingeniería del XVII que nace en Toulouse y por el que navegarás a tus anchas (hasta hay barcos-casa).

Un rincón del Hôtel de la Cité.
Un rincón del Hôtel de la Cité.

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