Chanel y el arte de esperar: Matthieu Blazy revoluciona la imagen de la marca
Mientras el calendario de desfiles seguía su curso, mucha gente estaba hablando de algo mucho más concreto: si aún quedaba algo que comprar en las tiendas de Chanel
En la última Semana de la Moda de París hubo algo curioso que no estaba exactamente en las pasarelas. Mientras se sucedían los desfiles, muchas conversaciones, en cenas, coches rumbo al hotel o incluso en las colas de los shows, giraban alrededor de otra cosa: quién había conseguido ya piezas de Chanel y quién seguía intentando encontrarlas.
No es un fenómeno casual. Chanel acaba de demostrar, casi sin hacer demasiado ruido, cómo convertir el debut de un director creativo en un verdadero acontecimiento comercial.
La historia empieza en octubre de 2025. Fue entonces cuando Matthieu Blazy presentó su primera colección para la casa francesa. En la mayoría de las marcas, el calendario entre desfile y llegada a tienda suele generar cierta ansiedad interna: demasiado tiempo y el interés se enfría; demasiado poco y la colección apenas tiene recorrido mediático. Chanel hizo exactamente lo contrario de lo que muchas firmas temen: dejó pasar cinco meses. Las piezas no llegaron a las boutiques hasta el 5 de marzo de 2026.
Pero ese tiempo no fue un vacío. De hecho, Chanel lo convirtió en una especie de campaña por capítulos. En lugar de dejar que el entusiasmo del debut se diluyera, fue sumando momentos que mantenían la conversación activa.
Primero llegó el desfile Métiers d’Art en Nueva York, celebrado en un escenario poco habitual: una estación de metro abandonada en el Bowery. Después apareció una campaña fotografiada en La Pausa, la villa que Coco Chanel construyó en la Riviera francesa en 1928. Más tarde, la alta costura en el Grand Palais. Y entre medias, anuncios de embajadores y apariciones públicas que iban ampliando el relato de la nueva etapa de la maison. Cada evento alimentaba el siguiente.
Cuando finalmente las prendas aterrizaron en tienda, el público llevaba meses viendo, comentando y guardando imágenes de la colección. La historia ya estaba instalada. Comprar era, en cierto modo, el último paso.
Laura Ponte desfilando para Chanel (EFE EPA TERESA SUAREZ)
El momento elegido tampoco fue casual. Chanel decidió lanzar la colección justo en plena Semana de la Moda de París. En esos días, editores de moda, compradores, estilistas y creadores de contenido coinciden en la misma ciudad. El resultado fue inmediato: las prendas empezaron a aparecer en redes, en fiestas y en primeras filas de desfiles casi al mismo tiempo.
La conversación digital que normalmente gira en torno a las pasarelas empezó a mezclarse con contenido de “shopping”. Fotos de asistentes llevando piezas recién compradas, vídeos de probadores, publicaciones desde las boutiques. Para el domingo, algunas prendas del debut de Blazy ya estaban sentadas en primera fila en su segundo desfile.
Ese tipo de sincronización es difícil de lograr, pero funciona porque une dos cosas que normalmente van separadas: el momento creativo y el momento comercial.
Los datos informales del mercado secundario también apuntan a que la estrategia ha tenido efecto. La intermediaria de lujo Gab Waller, conocida por conseguir piezas difíciles para clientes internacionales, comentaba en una entrevista recientemente que no veía un nivel de demanda similar para una nueva colección de Chanel desde hace ocho años. Lo interesante, según ella, es: "que muchas de las solicitudes provenían de clientes que nunca antes habían comprado la marca". Ese detalle es clave. Más que vender rápidamente una colección, Chanel parece estar ampliando quién se siente interpelado por la casa.
Parte de la explicación está en el propio imaginario que Blazy ha empezado a construir. En sus colecciones aparecen referencias a perfiles menos tradicionales dentro del universo Chanel: una periodista setentera, una ejecutiva de los años ochenta, una estudiante con vaqueros bordados. Aunque muchos se preguntan como la periodista o la estudiante podrán alcanzar esas prendas (yo, como primera afectada, entre ellas). La ropa mantiene el ADN de la maison, bolsos trabajados, sastrería relajada, tejidos elaborados, pero el relato se acerca más a una mujer que trabaja, se mueve por la ciudad y quizá no se veía dentro del universo Chanel hace una década.
El bolso más deseado de Chanel del momento (EFE EPA TERESA SUAREZ)
En términos de marketing, la operación es bastante clara. Primero se construye expectación. Después se multiplica la exposición con distintos eventos y campañas. Y solo al final llega el producto. Cuando el cliente puede comprar, ya lleva meses dentro de la historia.
Chanel, con sus casi 19.000 millones de dólares de facturación anual, juega en otra liga. Pero el mecanismo que ha puesto en marcha no es necesariamente exclusivo de una gran maison. En esencia es una cuestión de ritmo: generar anticipación, elegir bien el momento del lanzamiento y asegurarse de que el producto llega cuando la conversación está en su punto más alto. En París, al menos durante unos días, pareció funcionar. Porque mientras el calendario de desfiles seguía su curso, mucha gente estaba hablando de algo mucho más concreto: si aún quedaba algo en las tiendas de Chanel.
En la última Semana de la Moda de París hubo algo curioso que no estaba exactamente en las pasarelas. Mientras se sucedían los desfiles, muchas conversaciones, en cenas, coches rumbo al hotel o incluso en las colas de los shows, giraban alrededor de otra cosa: quién había conseguido ya piezas de Chanel y quién seguía intentando encontrarlas.