Carmen Mora
La banquera-escultora, nos abre su ecléctica casa museo en Madrid

Texto
Cris Castany
Fotos
Esi Seilern
Maquillaje y peluquería
Eugenio para L'Oréal Professionel y Sara Paredes
Estilismo
Marieta Yanguas
Producción
Flair Studio
Desarrollo
Luis Rodríguez
Vídeo
Marta Abascal
Diseño
Sofía Sisqués
De padre asturiano, madre catalana; con ecos de Sevilla y Jerez en el árbol familiar, se define sin filtros: "Soy muchas cosas". En su casa cerca de Puerta de Hierro, el arte lo invade todo: "Estoy absolutamente rodeada, es mi museo".

Hay casas que se decoran. Y hay casas que son pequeños museos. La de Carmen Mora es de las segundas: un lugar donde el orden arquitectónico convive con la hiperactividad de los dueños; donde una lámpara de diseño puede compartir plano con una silla comprada por impulso; donde el verde se cuela por las ventanas como una terapia. La idea no es mirarla desde fuera, sino dejar que te cuente quién es a través de lo que ha decidido dejar a la vista.
Cuando le pedimos una definición para la típica reseña de exposición, Carmen no se refugia en una etiqueta. Lo dice tal cual: "Soy muchas cosas". Y las enumera sin jerarquías, como si su vida fueran muchas a la vez: madre de dos niños pequeños (4 y 2), ejecutiva con carrera larga en finanzas, artista, deportista, viajera. Entre chascarrillos nos cuenta que durante años en el mundo del arte ha escondido siempre que su madre es Marquesa de Aro y su marido Duque de Frías, Duque de escalona, Marqués de Villana y Conde de Aro. Pero que ya ha expuesto en suficientes naves como para que le importe lo que digan los demás. Un cóctel que, en su caso, curioso y para el que el día no tiene horas suficientes.

Una carrera en modo extremo
Su biografía profesional tiene un punto de sprint, como ella misma sugiere cuando compara el mundo financiero con el artístico. Estudió en CUNEF, quería Bellas Artes, pero el plan familiar fue otro, y, en cuarto de carrera, decidió apuntar a lo máximo: "voy a intentar lo más fuerte en finanzas". El resultado fue Goldman Sachs en Londres, cinco años en M&A. Después, Madrid: private equity en N+1 Capital; análisis de renta variable en Bestinver; un paso a Acciona Inmobiliaria buscando algo más de calma; y, de vuelta a Bestinver, el reto de lanzar un fondo inmobiliario con 150 millones invertidos en tres años, según explica.
Esa parte, dice, le da tranquilidad. La otra, la vena artística, le da aire. Y, sobre todo, equilibrio: "Sin mi trabajo no tendría la cabeza ordenada, pero el arte me equilibra, me ayuda a matar mi ansiedad".

La casa como manifiesto: "cero modas"
Su hogar, está en ese borde peculiar entre Moncloa-Aravaca y la prolongación de Tetuán, cerca de Puerta de Hierro. Allí se produce el primer golpe de efecto: "Cuando entran mis amigos alucinan porque estoy como en un pueblo…". A Carmen ese contraste le encaja porque viene de una obsesión: perseguir la vida de barrio tranquila, el verde, el paseo.

Su casa se entiende rápido: no persigue tendencias. Ni en el armario, ni en el salón. "Yo soy cero modas… no tengo ni idea de lo que se lleva". Lo dice como quien se quita de encima una presión. Su casa funciona igual: se hace a gusto, se rehace con el tiempo y se mueve con cada mudanza. Porque Carmen no vive las casas como monumentos, sino como capítulos editables.
De hecho, lo confiesa sin pudor: compró su primera vivienda con 26 años, la convirtió en un loft y desde entonces ha repetido el patrón. Reformar, vivir, vender, mudarse. De Almagro a Las Cortes, de Ciudad Jardín: "cuando "no estaba nada de moda" y parecía un pueblo, luego a Prosperidad, y de ahí a este nuevo "pueblo" dentro de Madrid". Cambiar le divierte. En su universo, mudarse es una forma de reiniciar la vida.

"Arte. Arte total"
Si hubiese que resumir su casa en una frase, la tiene ella: "Arte. Arte total. Está por todos lados". Hay piezas propias y piezas compradas; regalos de boda con historia; fotografías que ya son parte de la familia; obras que van pasando de casa en casa como si fueran un apellido…

Hay un cuadro en el salón que compraron ella y Borja, su marido, en la primera exposición de Los Bravo, cuando todavía no eran conocidos. Otro, de Jesús Crespo, llegó como regalo colectivo de amigos. Las fotos también cuentan vínculos: Rosée Meseguer, Luisa Sein… piezas que en su casa no son decoración, sino memoria.

Y luego está su propia obra, porque el hogar es también un espacio de trabajo emocional. Cuando le preguntamos si no le gusta descansar de sus esculturas, responde con una rotundidad casi divertida: "Quiero estar absolutamente rodeada, es mi museo".
El garaje convertido en estudio
La parte más curiosa de esta casa no es un rincón bonito: es el taller. Lo tiene abajo, en el garaje, y lo dice como quien da una clave de supervivencia: "Eso me da la vida. Antes trabajaba en un estudio en Carabanchel, con desplazamientos imposibles para una rutina con niños. Ahora me instalo por las tardes y los niños se tiran en el suelo a pintar a mi lado".

La obra de Carmen tiene un componente conceptual e instalativo que, fuera de contexto, puede ser difícil de comprender. Ella lo explica con naturalidad: piezas que nacen de investigaciones como: "árboles fósiles, capas de memoria, y piel". Intervenciones donde la naturaleza invade un espacio blanco, esculturas que en una galería se leen de una manera y en una casa se entienden de otra. Por eso enseñar el estudio y luego ver la pieza colocada arriba se convierte en su mejor argumento.
Un eclecticismo heredado (y defendido)
Su padre, clásico, era anticuario y su casa "era como una prolongación del propio negocio, llena de mueble castellanos oscuro. Mi madre, moderna". La convivencia de ambos estilos le enseñó que el choque también puede ser hogar.
Por eso en su salón cabe el diseño y lo encontrado, lo familiar y lo contemporáneo. Ella compra así: "Impulso total". Puede enamorarse de unas sillas "llenas de lanas" o de una mesa hecha por masái "de rayas" y decidir que eso tiene que vivir con ella. También se permite visitas al Rastro y hacerse con muebles con historia.

Hay piezas que se vuelven inamovibles por lo que significan: unas butacas tapizadas en cebra que vienen de su infancia, que su madre le regaló al mudarse a su primer hogar compartido y que, desde entonces, la han seguido en todos. "Me acompañarán donde vivamos". Ella misma lo admite: "Soy cero práctica". Y lo confirmamos cuando vemos una de las piezas de una instalación en medio del salón: "No dejo subirse a mis hijos, ellos lo tienen clarísimo". Algo que en cualquier familia sería prácticamente imposible.
Menorca y el plan de vida
En esta historia también está Borja, su marido, dedicado a renovables. Se conocen desde niños a los 12 y se reencontraron ya adultos, a los 34. Comparten, además del amor por el arte, una conexión familiar con las Baleares. De ahí se entiende el otro gran proyecto que atraviesa su conversación: Menorca.

Dice que Madrid le agobia: el asfalto, el ruido mental y que necesita naturaleza para calmarse. Practica la meditación, el trekking, caminar, leer… "Para mí… el ver verde es terapia". Lo une al deporte (tenis, pilates, esquí) y a una rutina de descanso casi disciplinada: cama temprano, lectura, y magnesio para dormir bien.

Tienen un "campito" cerca de Ciutadella heredado por Borja y están haciéndose una casa. Y, como Carmen no concibe una vida sin lío, el plan menorquín trae una derivada inesperada: un queso artesano que se llamará Cas Duc. La etiqueta, dice, llevará un dibujo suyo de un caldero. Menorca le apasiona: "disfruto del campo, del tiempo, es otra velocidad".
Todo suena a declaración artística, es una mujer que no elige entre ser ejecutiva y ser escultora; que no renuncia a mudarse aunque tenga niños; que colecciona piezas como quien colecciona etapas; que vive rodeada de lo que crea porque, en el fondo, esa es su manera de sentirse en casa.