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Casullas, estolas y sotanas: la noche en que la gala del MET subió al cielo

Exulten los coros celestiales: la fiesta de la moda por excelencia del año -con la religión como temática- aún se celebra en el más allá. Esta es la crónica de todo lo que dio de sí

Foto: Con riquísima mitra de pedrería. Así tocó Rihanna su cabeza: con un diseño obra de Galliano. (Imagen: Reuters)
Con riquísima mitra de pedrería. Así tocó Rihanna su cabeza: con un diseño obra de Galliano. (Imagen: Reuters)

El año pasado, la alfombra roja del Met Gala cometió un pecado mortal al elegir como hilo argumental a una diseñadora tan alternativa como Rei Kawakubo. Todo acabó en una ambigüedad deshilvanada, en una libre interpretación algo herética que hizo perder la fe en los caminos inescrutables de las tendencias. Anna Wintour, madre superiora de la gala y devota de Chanel, preparó así para este 2018 un acto de contrición en toda regla: se acabaron las libertades y volvamos al dogma sencillo de los diez mandamientos. 'Cuerpos celestiales' fue nombre de la exposición que el Museo Metropolitano de Nueva York y el Instituto del Traje han programado para la ocasión y la llamada 'alfombra roja del año' preparó así su resurrección. La romería de celebridades no se hizo esperar y el cónclave terminó con fumata blanca.

Fue Rihanna la que se erigió como la nueva papisa de la moda. Ella misma llegó con la mitra puesta por si las dudas, luciendo una creación de alguien que sabe lo que es bajar a los infiernos: John Galliano. El gibraltareño ya había explorado el lujo vaticano en su anterior reencarnación con Christian Dior Haute Couture, pero los reinventó para Maison Martin Margiela con un virtuosismo técnico que hizo decir a la de Barbados: “Era un pecado no ponérselo”. Ella, que sabe bien que la parroquia virtual es importantísima en los tiempos que corren, contaba también con que el diseño era carne viral. Dejad que los memes se acerquen a mí.


De hecho, si bien la elección del imaginario católico como lema de la gala podía sonar a reacciones encendidas y polémica fácil, la alfombra roja tuvo esa madurez, o quizá esa inconsciencia, de la era del posescándalo. Fue más un canto a la riqueza artística de la religión que marca el calendario y la moral de occidente que una manera de servir en bandeja de plata esa provocación que suele acompañar a la frivolidad o sexualización de los credos. Hasta Madonna, la reina del pop y la blasfemia, decidió ocultar sus carnes y entregarse a la imagen gótica de la virgen dolorosa en negro para, después, cantar aquello del 'Like a virgin' y 'Hallelujah'. Además, escuchó las plegarias de sus fans, volviendo a la senda de Jean-Paul Gaultier y alejándose del camino de perdición de Jeremy Scott, cuya manzana mordió esta vez Cardi B.

Madonna optó por un diseño de Gaultier con el que quiso emular a una medieval Mater Dolorosa. (Imagen: Reuters)
Madonna optó por un diseño de Gaultier con el que quiso emular a una medieval Mater Dolorosa. (Imagen: Reuters)

Cambiando el gótico por el barroco, después de una comentada ausencia el año pasado, reapareció entre dorados con el extremo dramatismo siciliano de Dolce & Gabbana. El Belén a modo de tocado fue sin duda uno de los grandes hits de la noche. Aunque si hablamos de regresos, el más sonado fue el de Kate Moss, que llevaba una década sin pasar el primer lunes de mayo en esta fiesta de guardar por todo su gremio. La díscola modelo decidió que lo haría con un voto de sobriedad (que no de pobreza) gracias a un sencillo vestido en negro de Saint Laurent. Ella, al fin y al cabo, es una diosa en sí misma. ¿Qué más se necesita?

Y es que, librados de la tentación de discutir sobre lo divino y lo humano, se abrió el debate clásico que desde hace tiempo afecta a la gala: ¿es esto una pasarela de moda o una fiesta de disfraces? ¿Adoramos al hijo del carpintero o al Vellocino de Oro? Katy Perry, patrona del estrellato de los nuevos tiempos, optó por la representación algo pagana de lo angelical firmada por Versace. Sus gigantescas alas, es de suponer, eran de quita y pon, o de lo contrario necesitó una mesa para ella sola en el museo. En el otro extremo, Diane Kruger aludía a lo católico de manera mucho más sutil. La procesión iba mayoritariamente por dentro, y apenas asomaban un brocado dorado sobre tela azul y una interminable cola que forzaba la mirada en escorzo y el pliegue pictórico digno de El Greco. Un milagro en términos estilísticos con la firma de Prabal Gurung, que compitió en belleza con la capelina obispal de Louis Vuitton que lució Alicia Vikander.

Sí, otro año más, la cantante Katy Perry no ha hecho suyo aquello del menos es más. (Imagen: Reuters)
Sí, otro año más, la cantante Katy Perry no ha hecho suyo aquello del menos es más. (Imagen: Reuters)

Entre medias quedaron el estampado de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel en el vestido de Vera Wang que lució Ariana Grande, el Atelier Versace de Gigi Hadid y el diseño de Richard Quinn que lució Amal Clooney, con estampados florales en la cola, corsé metálico y pantalones. Ella formaba, junto a Donatella Versace y Rihanna, el trío de anfitrionas de la gala. Sacerdotisas en el templo que entendió hace años que la moda puede ser un arte que conviva y dialogue con todo: desde el punk a la fe. Anoche quedó claro que el matrimonio entre religión y moda era bien avenido, pues el homenaje era netamente honesto: las casullas, las estolas, las capas, las sotanas y los hábitos no dejaban de ser expresiones sumamente delicadas del arte textil muy adelantadas a los tiempos de las grandes pasarelas y con la firme creencia en que el hábito sí hace al monje.

Entre el infierno y el limbo estilístico

Quizá por esa mirada más reflexiva, algunas deidades presentes se vieron como fariseas. Kim Kardashian lució un Versace que le sentaba como a un santo dos pistolas, o más bien al revés: como a una metralleta del Instagram dos crucifijos. Su hermana Kendall Jenner, por su parte, lució inmaculada pero rutinaria en un mono blanco. De Kylie y Kris mejor ni hablamos.

Jennifer Lopez, que en la edición anterior se apuntó una de las fotos de la noche en su Valentino baby-blue por estar presentando oficialmente su relación con Álex Rodríguez, en esta ocasión no acertó con su manida maxicruz en el escote. Y como salida de un infierno noventero, Cindy Crawford quiso ser una diablesa irredenta pero no llegó ni al purgatorio. Perdónala, señor, porque no sabe lo que hace.

En el limbo de los santos justos quedaron una Frances McDormand con su espectacular capa monacal de Valentino Haute Couture en colores turquesa lastrada por un tocado demasiado carnavalesco, o la otras veces deslumbrante Emma Stone, que no fue más allá de unos previsibles dorados. Pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra y, en líneas generales, la omnipotencia de la gala MET volvió a ser indiscutible, renovando su contrato con el título de la alfombra roja del año por lo siglos de los siglos, amén.

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