Valentino Garavani: el Rolls-Royce de bronceado eterno que enamoró a Jackie Onassis y redefinió la moda y el lujo
Valentino Clemente Ludovico Garavani ha fallecido a los 93 años y con él se va algo más que un modisto legendario: desaparece una manera de entender el 'glamour' como destino, disciplina y espectáculo
Barcelona, Teatro del Liceu, Valentino Garavani solo tenía 17 años y quedó hipnotizado por una representación de 'Carmen': el rojo de los trajes, del teatro, de las mujeres españolas asomadas a los palcos "como geranios en los balcones". Ahí nació su pasión por un color que lleno sus colecciones, siempre hubo al menos un vestido rojo, como un talismán personal, así nació el rojo Valentino.
La pasión por ese color fue la que acompañó toda su vida, nueve décadas y pico en las que ha sobrevivido a compañeros de profesión como Armani, Versace, Karl Lagerfeld, también a Yves Saint Laurent, sus grandes contemporáneos y rivales inevitables. La industria, siempre dada a los motes, los bautizó con títulos casi monárquicos: Yves era el Rey, Karl el Káiser y Valentino, el Chic. Pero fue el documental estrenado en 2008, coincidiendo con su retirada, el que terminó de fijar su lugar en el imaginario colectivo: 'El último emperador'. Un apodo que le encajaba demasiado bien para alguien a quien, paradójicamente, le incomodaba cualquier insinuación de grandeza imperial. Su vida, sin embargo, decía lo contrario.
Valentino también ha sobrevivido a una de sus musas que predijo «Valentino, ¡vive cien años!», ese fue el deseo que Jacqueline Kennedy Onassis pronunció en 1966 con la mezcla perfecta de afecto, admiración y clarividencia. Sabía que aquel hombre impecable y romano hasta la médula, que la vistió en el funeral de su fallecido marido J.F.K, y para la boda con Aristóteles Onassis, no era un diseñador más: era alguien destinado a trascender. No ha llegado al siglo de vida, pero se ha quedado peligrosamente cerca. Cuando Jackie lo descubrió acababa de dar el gran salto (1962), en el Palazzo Pitti de Florencia. Desde entonces, Valentino fue el modisto de las mujeres que no necesitaban presentación.
Vestir sus diseños era formar parte de una constelación muy concreta de mujeres para las que el estilo no era un adorno, sino una declaración de poder. Por su atelier pasaron Elizabeth Taylor, su primera clienta famosa, Sophia Loren, Audrey Hepburn, Gloria Guinness, Marella Agnelli, la princesa Margarita, Farah Diba o la duquesa de Windsor. Más tarde llegarían las grandes divas contemporáneas: Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Cindy Crawford, Gwyneth Paltrow, Anne Hathaway o Julia Roberts. Todas distintas, todas unidas por la misma premisa: con Valentino, todas se vestían para gustarse.
El universo Valentino
Pocos diseñadores llevaron con tanta coherencia la teatralidad desde el taller hasta la intimidad. Valentino no solo creó vestidos; construyó un escenario permanente. Sus casas eran extensiones naturales de su estética: un palazzo junto a la Piazza Mignanelli y una villa en la Vía Apia en Roma; una mansión del siglo XIX en Londres; un chalet alpino en Gstaad; un ático neoyorquino; y, como joya de la corona, el Château de Wideville, cerca de París, antiguo refugio de una amante de Luis XVII, donde ofreció un desayuno-almuerzo en la víspera de la boda del rapero estadounidense Kayne West y Kim Kardashian. En verano, el Mediterráneo se acostumbró a ver aparecer el T.M. Blue One, su yate de 46 metros, como si fuera parte del paisaje natural del lujo europeo.
Y luego estaban las fiestas, desde su 50 cumpleaños en Studio 54, vestido con frac rojo, cómo no, dirigiendo la noche como un maestro de ceremonias hasta las celebraciones por los aniversarios de la casa, siempre desbordantes. El clímax llegó en 2007 con el 45 aniversario: tres días de bacanal romana, cena en el Templo de Venus, desfile en el Coliseo teñido de rojo Valentino y un presupuesto de 40 millones de euros. Visto hoy, aquel exceso tiene algo de final de época. Como señaló Matt Tyrnauer, director del documental, ese 2007 parece ahora un eco de 1928, justo antes de que todo cambiara.
Valentino también fue un icono en sí mismo. «Soy el Rolls-Royce de la moda», afirmó sin ironía. El vestuario era siempre impecable; el peinado, inalterable; el rostro, perfectamente controlado; el bronceado, eterno, como si viviera en un verano continuo entre Capri y Gstaad.
Su vida personal
Siempre estaba Teresa, su madre, la figura central de su vida. Vivió con él en Roma hasta su muerte y lo protegió con una devoción casi legendaria. Fue ella, incluso, quien decidió practicar personalmente la autopsia de uno de los flamencos de Valentino cuando murió en circunstancias sospechosas.
Teresa también eligió su nombre, inspirada por una estrella del cine mudo. Valentino nació en 1932 en Voghera, una pequeña ciudad entre Milán y Turín. Hijo único de un empresario próspero, creció rodeado de indulgencia. Zapatos a medida, jerséis de cachemira diseñados según sus propias instrucciones. «Las cosas bellas me acompañan desde que tenía diez años», diría después. Tal vez desde antes. Hay una escena casi profética: enfermo y en plena nevada, exigió que lo sacaran de la cama para ver a las mujeres camino del teatro, vestidas con sus mejores galas. La belleza ya era una necesidad física.
Bajo esa superficie de exceso vivía, paradójicamente, un hombre profundamente familiar. En el centro de su imperio y de muchos años de su vida estuvo Giancarlo Giammetti. Socio, estratega, compañero sentimental durante años y presencia constante durante cinco décadas. Juntos formaron una de las alianzas más sólidas de la historia de la moda.
Giammetti se ocupaba del negocio; Valentino, de la visión. El uno protegía al otro para que la creatividad pudiera existir sin concesiones. Y esa creatividad se manifestó, sobre todo, en la alta costura. Valentino era un maestro del corte, del peso del tejido, del equilibrio exacto entre estructura y emoción. «Una mujer debe hacer que las cabezas se giren cuando entra en una habitación», insistía. Sus vestidos de noche no solo lo conseguían: lo exigían. Aunque su relación sentimental con Giammetti terminó en 1972, nunca dejaron de ser empresa. Tras una década junto al brasileño Carlos Souza —y aun después de que este se casara—, Valentino y Giancarlo siguieron presentes como padrinos de sus hijos. Más tarde llegó Bruce Hoeksema, antiguo modelo de la casa, su último compañero. Todos formaban una familia única que compartía veranos en el yate y el resto de estaciones en sus villas.
Desde los 18 años, cuando se marchó a París a estudiar en la École des Beaux-Arts y en la Chambre Syndicale, se formó con Jean Dessès y Guy Laroche. Aprendió el valor de los tejidos, de la forma, de la disciplina. En 1959 regresó a Roma y abrió su atelier en la Via Condotti. El éxito llegó rápido, pero también el riesgo de la ruina, hasta que en un café de la Via Veneto conoció a Giancarlo Giammetti. Vendió la firma en 1998. Se retiró en 2007 con cierta amargura hacia una industria que sentía dominada por el negocio y carente de alma. «Hay poca creatividad y demasiado negocio», dijo. Así deja la moda, convulsa, y un imperio de belleza y moda para la eternidad. El resto es historia.
Barcelona, Teatro del Liceu, Valentino Garavani solo tenía 17 años y quedó hipnotizado por una representación de 'Carmen': el rojo de los trajes, del teatro, de las mujeres españolas asomadas a los palcos "como geranios en los balcones". Ahí nació su pasión por un color que lleno sus colecciones, siempre hubo al menos un vestido rojo, como un talismán personal, así nació el rojo Valentino.