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una escapada diferente

Dresde, el joyero de Alemania

Aunque te lo pueda parecer, Alemania no empieza y acaba en Berlín, Hamburgo o Munich. Al otro lado del antiguo telón de Acero, Dresde reclama tu atención.

Foto: Dresde, el joyero de Alemania

Aunque te lo pueda parecer, Alemania no empieza y acaba en Berlín, Hamburgo o Munich. Al otro lado del antiguo Telón de Acero, Dresde, la capital de Sajonia, reclama tu atención.

Desde luego que no puedes creerte cuanto slogan te encuentras por la vida, pero vas a comprobar que el que cuelga de Dresde -Elbflorenz, la Florencia del Elba- le hace justicia. Y es que la capital de Sajonia, una de las ciudades más monumentales de Europa, rebosa de belleza barroca, y por más que el infierno que la arrasó a finales de la Segunda Guerra Mundial y el casi medio siglo que pasó tras el Telón de Acero haya dejado cicatrices, alguna más evidente que otra, no es menos cierto que, si nunca has oído hablar de ello -que todo puede ser-, jamás imaginarías que la ciudad ha tenido una historia tan dura. Pero nos vamos de escapada para pasarlo bien, para aprender, para disfrutar. Y a eso vienen a esta ciudad desde los Obama a los Pitt-Jolie, pasando entre medias por millones de viajeros más o menos anónimos y entre los que hay pocos españoles, así que la sensación de ser un pionero cuando camines por la ciudad no te la va a quitar nadie. Como tampoco va a quitarte nadie la misma sensación que te asalta cuando viajas por otras capitales alemanas y es que, si a los perros no les atan con longaniza, no será por longanizas.

Dresde es de esas ciudades agradecidas que se hacen tuyas en un par de días aunque podrías quedarte semanas en ellas, y que tiene de todo y para todos. Viajes como viajes, no puedes ni debes perderte los clásicos y sumarte a los grupos de turistas de todo el mundo que procesionan gastando los filtros de Instagram por el Alstadt, el centro de la ciudad. Aquí comprenderás el porqué del slogan y, también, el porqué de la distinción de Lugar Patrimonio de la Humanidad -lo que no acabarás de entender, como cualquiera en la ciudad, es el porqué de que se la revocaran, una de las decisiones más polémicas de la historia de la UNESCO.

La Frauenkirche, la Semper Opera, las terrazas del Elba, la TheaterPlatz, la Hofkirche, el museo de la Bóveda Verde en el palacio de Dresde... Son lugares que llevas años viendo en libros y revistas, y todos ellos, con heridas de la guerra que ya no se ven pero se saben. Fíjate en la piedra en que están construidos: la limpia es posterior a la guerra mundial; la manchada, original y marcada por el fuego que consumió la ciudad. A este lado del Elba te vas a encontrar también con el barrio de Blasewitz, una colección de elegantes villas del último tercio del siglo XIX que sufrió menos los rigores de la guerra y donde no te costará fantasear con quedarte, y con la Fábrica de Cristal de Dresde, una imponente factoría de Volkswagen en el centro de la ciudad abierta al público y que es una mezcla entre una catedral moderna y una película de ciencia ficción en la que, por supuesto, se fabrican coches. Y también se venden, en caso de que te interesen.

Pero hay otro Dresde que sí se amolda más al concepto de Alemania que tal vez nos guste más, ese que nos pone los dientes largos a los urbanitas y que nos habla de ciudades a rebosar de creatividad, de propuestas alternativas, de barrios multiétnicos: pura Europa, en definitiva. Y en Dresde, como en tantos lugares, cruzar el río es zambullirse en la vida. Pasar el puente de Augusto es dejar atrás el skyline barroco y cambiarlo por coquetas fincas de entreguerras en el barrio de Neusdtadt, donde lo mejor está en el interior: patios de luces decorados con arte moderno y donde cada rincón se aprovecha para levantar un huerto urbano, una mini-tienda o un centro de reuniones de vecinos. La mejor muestra la tienes en el Kunsthof Arcade, un patio con tiendas y un pequeño café.

Y es que si el Alstadt es magnificencia barroca salpicada de cajas de cemento de estilo soviético, el Neudstadt es restaurantes, tatoos bars, comercios con mucho sabor alternativo, cafés y galerías, comercios para gourmets, librerías…y su propio icono arquitectónico, toda una sorpresa: el Museo Alemán de Historia Militar (Olbrichtplatz 2), una obra maestra de la arquitectura -de Daniel Libeskind, el arquitecto del One World Trade Center de Nueva York - que es todo un canto a la paz. Varias instalaciones y exposiciones consiguen su objetivo: conmovernos hasta despreciar la guerra. El museo es una cuña inmensa de cristal y acero incrustada en el antiguo arsenal de la ciudad: una museografía que encoge el alma con sus helicópteros suspendidos sobre nuestra cabeza, o proyectando nuestra sombra en la pared tras una explosión nuclear. Imprescindible. Como todo Dresde. Compruébalo por ti mismo: querrás volver.


Guía práctica

Dónde dormir: el Swisshotel Dresden (Schloßstraße, 16), diseño y calidad suizos en pleno centro de la ciudad (enfrente del museo de la ciudad). Dónde comer: la gastronomía alemana más tradicional -y contundente-, en el gran clásico de Dresde, el Shophienkeller (Taschenberg, 3); más informal y contemporáneo, el Max (con dos ubicaciones, en el Altstadt -Wilsdrufferstraße 24-, y en Neustadt -Louisenstraße 65).

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