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De viaje: cinco palacios de cuento para tus escapadas mágicas

Esta vez viajamos aristocráticamente: de palacio en palacio y tiramos porque nos toca. Empezamos por el Capricho de Gaudí, porque sinceramente nos gustaría quedarnos a vivir aquí (del cuento)

Foto: El Capricho de Gaudí, en Comillas, Cantabria (Foto: El Capricho de Gaudí)
El Capricho de Gaudí, en Comillas, Cantabria (Foto: El Capricho de Gaudí)

Parecen de Disney (o de Juego de tronos), pero no lo son. Estos palacios de cuento (de hadas) están al final de nuestros caminos, sin que haya ogros ni bestias mediante, o sí, si es que quiere sacarlos a escena nuestra portentosa imaginación. Esta vez viajamos aristocráticamente: de palacio en palacio y tiramos porque nos toca. Desde la bella Comillas en la cornisa cantábrica hasta la tierra encantada, por conquense, de Belmonte, donde nació Fray Luis de León. Empezamos por el Capricho de Gaudí, porque sinceramente nos gustaría quedarnos a vivir aquí (del cuento).

El Capricho de Gaudí, en Comillas (Cantabria)

Nunca podremos agradecerle al maestro Gaudí (1842-1926) lo suficiente que nos haya dado un salvoconducto sin fecha de caducidad para alejarnos del minimalismo y caer en la marmita, pongamos, del exceso arquitectónico y el barroco. Como después del parque Güell barcelonés nos quedamos con ganas de más, nos hemos venido hasta Comillas (Barrio Sobrellano, s/n) para entrar por la puerta de este palacete del siglo XIX como si esto fueran las Crónicas de Narnia. El Capricho de Gaudí, levantado entre 1883 y 1885, es uno de sus tres edificios construidos fuera de Cataluña y cumbre del modernismo más orientalizante. Y se lo debemos al indiano Máximo Díaz de Quijano, coleccionista de plantas exóticas, que encargó a Gaudí este ‘chalé de veraneo’ junto al palacio de Sobrellano del marqués de Comillas, su concuñado. Los más pequeños pueden recrearse en la Gauditeca. Se puede visitar todo el año y tiene tienda llena de ‘caprichos’, como cabía imaginar. Abierto de 10:30 a 20 h.

Un plus: este fin de semana celebran el Día del Trabajo rindiendo homenaje a los maestros del vidrio, picapedreros, ebanistas, ceramistas y demás con una visita temática especial.

Palacio de la Aljafería, en Zaragoza

Fue alcázar islámico hudí (dinastía árabe yemení que reinó en el reino de taifa de Zaragoza) allá por el siglo XI, después palacio medieval mudéjar, palacio de los Reyes Católicos, cárcel de la Inquisición, cuartel militar y actualmente es la sede del Gobierno de Aragón (solo algunas dependencias). Todos, desde Felipe II a Isabel II, quisieron dejar su huella. Le sobra historia e historias. Ni imaginar podemos lo que habrán visto y oído estas gloriosas paredes. Que conste que en sus orígenes fue llamado Palacio de la Alegría y está hecho al modo de los castillos omeyas de Siria y Jordania. De hecho, es una de las joyas artísticas de la presencia musulmana en el sur de Europa junto con la Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba. Se encuentra en la calle Diputados de Zaragoza y se puede visitar de 10 a 14 h y de 16:30 a 20 h. Tiene cafetería-restaurante.

Un plus: en la Torre del Trovador ambientó Giuseppe Verdi parte de la acción de la ópera Il Trovatore. Hoy, los muros de palacio acogen la exposición Fernando II de Aragón: el rey que imaginó España y la abrió a Europa, con 150 obras de arte procedente de ocho países, hasta el 7 de junio.

Foto: Turismo de Zaragoza
Foto: Turismo de Zaragoza

Castillo de Belmonte, en Cuenca

Llegamos no ya a un palacio, sino a un castillo con todas las de la ley, con las palabras de La venganza de Don Mendo recorriendo nuestra cabeza: “¡Pobres locos! Para asaltar torreones cuatro Quiñones son pocos. Hacen falta más Quiñones!”. Asaltamos esta fortaleza medieval que mandó reformar Eugenia de Montijo (siglo XIX), la española emparentada con los Alba que fue emperatriz de Francia y murió, dicho sea de paso, en el Palacio de Liria de Madrid. El castillo es privado, pero se puede visitar de 10 a 14 h y de 15:30 a 19 h (a partir de junio hasta las 20:30). Cierra los lunes. No olvides que estás en la cuna de Fray Luis de León y que Belmonte es ciudad monumental.

Un plus: durante el mes de mayo hay jornadas de recreación histórica. Verás in situ cómo era la vida militar en el Medievo.

Foto: Castillodebelmonte.com
Foto: Castillodebelmonte.com

Castillo de los Tres Dragones, en Barcelona

Su porte es fantástico, se mire por donde se mire, pero en realidad, bajando de la nube, este edificio modernista fue construido por Lluís Domènech i Montaner como café-restaurante para la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Con nombre, además, de novela: la homónima de Serafí Pitarra. Con toda su literatura a cuestas, este castillo de cuento se convirtió en 2011 en la sede científica del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona; ante lo fue de arqueología, biología y zoología. Ahora acoge el Laboratorio de Naturaleza. De momento tendremos que conformarnos con verlo por fuera (está cerrado por reforma), mientras disfrutamos del Parque de la Ciudadela (Paseo Picasso, 5), que se construyó mirándose en el espejo de los Jardines de Luxemburgo de París.

Un plus: está construido con ladrillo y armazón de hierro a la vista, una estructura muy innovadora para la época, con decoración cerámica de plantas, bebidas y licores.

Foto: Museo Ciencias de Barcelona (Oriol Sardà i Albert Heras)
Foto: Museo Ciencias de Barcelona (Oriol Sardà i Albert Heras)

Castillo del Buen Amor, en Villanueva de Cañedo (Salamanca)

Suena a libro de cantares del Arcipreste del Hita, pero es un hotel que presume de historia mientras tienta a los clientes en potencia, que somos todos, con un paseo por un laberinto francés, habitaciones abovedadas, una copa de vino en la Torre del Homenaje o un baño relajante de flores y champán. Como es un castillo, todo es majestuoso: una gran chimenea medieval o una biblioteca de leyenda, donde entregarse a la tertulia, la lectura o el dulce vagar. Y cuenta con servicios royal: mayordomo, terraza privada, paseos en coche de época o caballo, visita guiada a los viñedos, cata de vinos…

El nombre le viene porque, según las crónicas populares (no oficiales), fue el nido de amor del Don Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago, y su amante, Doña María de Ulloa. Fue almacén agrícola en los comienzos del siglo XX y estuvo en tal estado de abandono que llegó a crecerle una encina en su Torre del Homenaje. Alojarte aquí te costará 115 euros, en habitación estándar o paso de guardia, y 300 euros, en la gran suite, la Fonseca o la Feudal. Está en la Ruta de la Plata, a medio camino entre Salamanca y Zamora.

Un plus: cuenta con un restaurante abovedado, consagrado a la cocina castellana tradicional, que te sabrá aún mejor sabiendo que estás en un castillo del siglo XIV que fue fortaleza militar y es Bien de Interés Cultural.

Foto: Hotel Castillo del Buen Amor
Foto: Hotel Castillo del Buen Amor
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