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DE VIAJE

36 horas en Edimburgo: una escapada de fin de semana a la ciudad de los pubs, los fantasmas y Harry Potter

El mago de Rowling solo podía haber nacido aquí. Nosotros nos hemos vestido de cuadros escoceses y venimos de la mano de Stevenson a buscar tesoros en esta gran isla con mucha fe

Foto: Edimburgo desde Calton Hill (Foto: ©Paul Tomkins, VisitScotland)
Edimburgo desde Calton Hill (Foto: ©Paul Tomkins, VisitScotland)

Llegamos a Edimburgo recomendados por ese escritor malabarista que es Robert Louis Stevenson, como si este fuera nuestra agencia de viajes. Queremos ir tras las huellas de Doctor Jekyll y Mr Hyde, y perdernos en el Edimburgo de las leyendas. Estamos dispuestos a recorrer una y otra vez la Royal Mile como si ir de castillo a palacio (el de Holyrood, residencia veraniega de la Reina Isabel II) fuera la mejor penitencia. No nos acompaña la fuerza sino la literatura, pues la ciudad escocesa lo fue (y lo es) de Sir Walter Scott, de Conan Doyle y de esa otra ya gloria nacional que es J.K. Rowling. Harry Potter solo podía haber nacido aquí. Nos hemos vestido de cuadros escoceses, dispuestos a hacer una cata magnífica de pintas y de pubs. Llegamos a la caída del viernes.

VIERNES POR LA TARDE-NOCHE

Dejamos las maletas en el hotel más fashion de la histórica Edimburgo, el Missoni, un lujo, y nos echamos a la calle en plena Royal Mile. Estamos en la ciudad de Harry Potter y se nota. Suena la gaita y los ojos se nos van irremediablemente hacia el castillo, pero hoy solo hay tiempo para pisar y pisar sin descanso esta arteria medieval, atravesada de callejuelas (como la de Mary’s King, cuajada de leyendas), recovecos y closes; imposible no acordarse aquí de los experimentos del doctor Jekyll. Estamos en la Old Town y todo es tan teatral (nos asaltarán aquí y allá cómicos callejeros), tan literario -imprescindible el Museo de los Escritores, plagado de objetos personales de Stevenson, Scott y Burns-, y misterioso. Hay hasta una fuente de las brujas y el reclamo continuo de visitas turísticas 'fantasmales'.

Sacaremos tiempo de debajo de las piedras, si no hoy, mañana, para entrar a tomar algo en el extralujoso Hotel Balmoral, con su soberbia torre del reloj, en Princes Street, la calle comercial por excelencia. El tartán escocés (los cuadros), los mil y un whiskys, y el monstruo del Lago Ness en versión mascota de peluche lo inundan todo. Nos paramos ante la catedral de St Giles, en High Street, el corazón de la Milla, y de pronto se cruza en nuestro camino un escocés con su kilt, ¡y no es el príncipe Carlos de conmemoración! Al final, en Canongate, están las antiguas mansiones medievales que hacen a Edimburgo más bella aún. La cena puede ser en uno de los orgullos gastronómicos patrios, un tanto kitsch, la verdad: el Witchery by the Castle, donde no solo es legendario su angus beef steak tartare. A la vuelta nos espera el bar Missoni, dentro del hotel; en ningún lugar de Edimburgo hay tanto color. Brindamos a la salud de ‘Doña Rosita’. Hogar, dulce hogar.

El bar del hotel Missoni
El bar del hotel Missoni

SÁBADO POR LA MAÑANA

Antes de asaltar el castillo sobre roca de origen volcánico, nos metemos entre pecho y espalda un desayuno escocés, que, sí, es hipercalórico pero 100% tradicional, a la salud de Sean Connery; lo encontraremos en cualquier garito de la Milla Real (lo que mide la calle, 1,8 kilómetros). Más allá de las joyas de la Corona (escocesa), las más antiguas de toda Europa (fíjate en la Piedra del Destino, mientras recuerdas al héroe casi mitológico William Wallace), y de la historia que está escrita sobre estos muros, lo mejor de subir a la fortaleza militar es la impresionante panorámica que ofrece. Aquí uno se siente el rey. Y si te da la una, préparate para el one o’clock gun, el célebre disparo de su cañón. Dentro, si eres de los amantes de los cotilleos ‘reales’, disfrutarás con perlas como la habitación donde María Estuardo alumbró a Jacobo rey.

Foto: Gtres
Foto: Gtres

Si ha salido el sol, túmbate a descansar junto al monumento a Walter Scott, que aquí es más que un escritor, en los Princes Street Gardens. Y si el hambre aprieta, déjate llevar por el olor del haggis, el plato nacional e indescriptible, a base de carne, especias y harina de avena. Cómetelo en honor al poeta máximo, Robert Burns; por ejemplo, en Arcade Pub (48 Cockburn Street), templo también del whisky. 

Los jardines de Princes Street
Los jardines de Princes Street

SÁBADO POR LA TARDE-NOCHE

Aunque queramos escapar al hechizo, los pies nos llevarán hasta The Elephant House (21 George IV Bridge), el café donde J.K. Rowling se dejó la piel creando un mundo para Harry Potter. Y ya que estamos en clave Hogwarts, es el momento de andar hasta el George Heriot’s School, el presunto colegio de HP, sin duda mágico y de cuento, con sus cerca de 400 años de antigüedad a cuestas (fundado en 1648). El cementerio de Greyfriars, de cuyas lápidas se dice que JKR tomó los nombres para su saga, será el punto y final, o seguido, a esta visita temática.

¿Te queda tiempo? Pasea por el barrio de Leith, junto al río, por el camino que se conoce como Water of Leith, a lo largo de 15 kilómetros, para desembocar en el puerto, donde echó el ancla el Royal Yatch Britannia, el lujoso barco de la Reina Isabel, hoy atracción turística y tea house. No puede ser más pintoresco (Leith), con su abundante flora y fauna, y su arquitectura tradicional. Para la cena hay una tentación que lleva el nombre del chef británico Jamie Oliver, Jamie’s Italian, en el edificio Asembly Room (54 George Street) o los siempre socorridos fish and chips, que encontrarás aquí y allá. ¿Buscabas folk? Lo tienes por añadidura en el Sandy Bells (25 Forrest Road), con su fachada en azul, su culto a la música, al whisky y la cerveza. ¡Esto es Escocia! 

El Sandy Bells es toda una institución de la música folk
El Sandy Bells es toda una institución de la música folk

DOMINGO POR LA MAÑANA

Será como coronar una de las cimas del mundo, un ochomil turístico y proverbial. El Calton Hill es aquí el Nanga Parbat, salvando todas las distancias (se puede subir andando desde Princes Street), aunque por momentos te sentirás Lord Byron en Atenas (algo así) por los edificios neoclásicos de esta acrópolis. Se levanta en el extremo oriental de la New Town. Hay que verlo para creerlo, porque las vistas son inenarrables. No podía haber un final mejor.

¿Pensando en volver? En agosto levanta el telón el Fringe, el festival que lo es todo en el mundo del teatro, un escaparate escénico sin igual, cuyas oficinas están en The Hub, antigua iglesia con fachada victoriana, aguja octogonal y café (en Castlehill). Que se lo digan a Emma Thompson o Hugh Grant, que echaron a andar artísticamente aquí. Si regresamos, nos estiraremos hasta alcanzar las Tierras Altas y vivir las emociones de esa película histórico-patriótica llamada Braveheart, Stirling y su puente incluidos, ya sin batallas.

Foto: The Hub
Foto: The Hub
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