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Ocho razones para viajar a Haro (y una es probar un vino sabroso y supersexy)

Tiene edificios señoriales con balconadas blancas de catálogo y palacios de rancio abolengo. Unos y otros hablan a gritos de lo ilustre que fue la villa. Ya se sabe, París, Londres y ella. Hay que brindar

Foto: El palacio de Tejada, rococó, para abrir boca. (Cortesía Turismo de Haro)
El palacio de Tejada, rococó, para abrir boca. (Cortesía Turismo de Haro)

Los amantes de vino, wine lovers de pro, están de suerte, porque este viaje, aunque sea a bordo de unos tragos, es sobre todo para ellos. Y eso que Haro, en la Rioja Alta, es mucho más que viticultura y bodegas, aunque todo (o casi) gire alrededor de ellas. Pero el turismo enológico pasa también por visitar los palacios que adornan su monumental casco viejo, con la etiqueta de conjunto histórico-artístico, para brindar antes o después con un rioja, eso siempre, y darse un paseíto a pie por el legendario barrio de la Estación. Hubo un tiempo en que viajar a Haro, para muchos la capital de La Rioja, era como hacerlo a Londres o a París. Se mascaba el glamour aquí. Y todo porque se hizo la luz (eléctrica). Veamos. Aquí van ocho razones para regalarse esta escapada.

1. No 7 colinas como Roma, pero sí 3 cerros

Estas son tierras del Ebro, que llega hasta aquí procedente de Miranda (también de Ebro) y continúa dibujando sinuosos meandros, pasando por el puente de Briñas, gótico y de siete ojos. Es el agua que riega las viñas, esta y la del Oja-Tirón. Pero, además, Haro presume no de siete colinas como Roma, sino de tres cerros, que son los que escoltan la villa, y de dos sistemas montañosos que la resguardan, los Montes Obaerenes, que arrancan en el impresionante desfiladero de Pancorbo, y la Sierra de Cantabria. Apunta apunta, que viene plan senderista.

2. Ya estamos en Haro que se ven las luces

Haro no solo es vino y bodegas de altura, sino también alumbrado público pionero, pero no tanto como se creía, pues cuando se hizo la luz aquí, ya se había hecho antes en Bilbao y Pamplona. Pero, bueno, aún así, el encendido data de 1890, que no está mal, y tuvo lugar -por si quieres rememorar semejante hito- en la plaza de la Paz, donde se encendieron ocho focos y 260 bombillas. La primera casa particular en gozar de luz fue... ¿Lo adivinas? ¡La del médico! En 1891 la instalación eléctrica quedó completada y Haro puesto en la ruta de las ciudades de la modernidad: Haro, París y Londres, decíamos. Y los viajeros del tren veían las luces y sabían que ya estaban aquí y, claro, se forjó la leyenda y la frase. Y es que la villa riojana tuvo (desde 1430) y tiene hasta conde.

No hay que olvidarse de contemplar sus fachadas. (Cortesía Turismo de Haro)
No hay que olvidarse de contemplar sus fachadas. (Cortesía Turismo de Haro)

3. Mucho más que vino

Lo dicho: mucho para ver. Desde el torreón medieval, junto al arco de San Bernardo, por el que se accedía a la villa, convertido en museo (también queda el de Santa Bárbara), o el ayuntamiento, que está en la ya mencionada plaza de la Paz, que es del siglo XVIII y neoclásico, construido bajo la supervisión de Ventura Rodríguez, hasta la iglesia de Santo Tomás, renacentista, conocida por su torre, pasando por el que fue convento de San Agustín y hoy es un hotel, o el teatro Bretón de los Herreros. Y no se vayan, que aún hay más: la basílica de Nuestra Señora de la Vega, en el paraje del mismo nombre, esta del siglo X, aunque es mayoritariamente barroca; la ermita de San Felices, que está en los Riscos de Bilbio, en lo que se llama Conchas de Haro, a cuatro kilómetros de la villa. Aquí se celebra la célebre Batalla del Vino. Hay que ir (al paraje, la batalla es opcional)

Palacio de la Plaza de la Cruz, del siglo XVIII. (Cortesía Turismo de Haro)
Palacio de la Plaza de la Cruz, del siglo XVIII. (Cortesía Turismo de Haro)

4. Palacios a gogó

No hay que perdérselos, porque son cada cual más singular y bello. El de Bendaña, también llamado Paternina, plateresco, con galería mudéjar con estrellas y flores entrelazadas; el de los Salazar, casi herreriano y prebarroco; el de los Condes de Haro, planta renacentista y detalles barrocos, y el de Tejada, emblema de la villa, rococó él; el de los Condestables, el de las Bezaras... Sí, dan cuenta de lo ilustre que fue la villa. Sin perder de vista nunca las preciosas casas con sus características balconadas blancas. Haro es señorial.

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Las balconadas blancas de #Haro #LaRiojaApetece #CapitaldelRioja

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5. Un museo del vino, ese barrio...

O mejor dicho, un Centro de Interpretación del Vino de Rioja, que dónde iba a estar sino aquí. Para saberlo todo de la vid, su cultivo y la elaboración del vino, de lo que tiene mucho que decir también el barrio en cuestión, que es el de la Estación, donde campan a sus anchas siete bodegas, cinco centenarias, que lo convierten en todo un parque temático. Detrás de ellas están las firmas de Zaha Hadid e incluso del estudio de Eiffel (el mismísimo de la torre parisina), porque ya se sabe que de un tiempo a esta parte hasta la arquitectura se ha hecho dionisiaca (por el vino).

6. … y un brindis con un vino supersexy

El alabadísimo Muga Aro 2015. (Cortesía)
El alabadísimo Muga Aro 2015. (Cortesía)

Que no es otro que el Muga Aro 2015, que acaba de ser nombrado mejor vino de España 2018 con 99 puntos Suckling, otorgados por el gurú del mismo nombre, además de colocarse en el puesto 32 en el Top 100 del mundo y ser la única referencia española entre los 50 primeros. Ha sido el propio James Suckling el que ha calificado este vino como “supersexy, sofisticado y sabroso”. Y ha dicho más: “A sus sabores a chocolate negro, licor de ciruela y cerveza oscura, todos ellos primarios, se añaden violetas y ciruelas, que le otorgan un toque seductor”.

No es casualidad porque, tal y como nos explica Juan Muga, director de marketing, de estas bodegas, “es un vino exclusivo y tan especial que solo se elabora en los años en los que la cosecha es excelente”. Así que si puedes, hazte con una de estas 6.000 botellas. Y si eres de rosado, inclínate por el Flor de Muga, en el puesto 19 del Top 100 de España y con 94 puntos sobre 100. Este con toque de frambuesa y algo de sandía. Estás en Haro, recuerda, Bodegas Muga, fundada en 1932. Aquí, además, te llevarán a sobrevolar los viñedos en globo. El enoturismo no tiene límite.

7. Dormir en un viejo convento

Por supuesto en Los Agustinos, el hotel que ya dijimos fue antes convento y hospital y también escuela y hasta prisión (hotellosagustinos.com). Hoy luce sus cuatro estrellas iluminando -permitásenos el juego de palabras- el centro, junto al teatro y cerquita de todo. Tiene 62 habitaciones y un restaurante, el Claustro, donde podrás seguir dándote este homenaje. Precio: desde 75 euros.

Así es el hotel Los Agustinos. (Cortesía)
Así es el hotel Los Agustinos. (Cortesía)

8. La Herradura que da suerte (gastro)

Barrio, viejo barrio, de alma inquieta, como el tango. Este es el de la Herradura, la zona imprescindible para ir de poteo y tapeo, formada por las calles de Santo Tomás (con la torre de la iglesia al fondo) y San Martín, tan clásico y obligado como lo es el Húmedo en León o la calle Laurel, en el cercano y capitalino Logroño. En el Chamonix, con sabor a montaña, se piden unos champis (tal cual) a la plancha; en Los Berones, lo suyo es una zapatilla (tostada con tomate y jamón serrano) o unos pimientos rellenos de carne; en El Pasadizo, la tapa (de torreznos, por ejemplo) va con la bebida, y en El Sol reina el pincho de tortilla. No hay que olvidarse de las patatas bravas, que aquí son sagradas. Te las servirán en el Duke o en el Benigno.

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