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encanto al cuadrado

Villajoyosa: el pueblo de Alicante del que te vas a enamorar (si es que no lo estás ya)

Su pasado (y presente) de pueblo de pescadores, sus casas de colores, sus playas, su mar y su gastronomía hacen de este vecino de Benidorm un destino muy especial. Volverás a triunfar en IG

Foto: Villajoyosa tiene casas de colores, tiene mar y muchísimo encanto. (Cortesía Villajoyosa Turismo)
Villajoyosa tiene casas de colores, tiene mar y muchísimo encanto. (Cortesía Villajoyosa Turismo)

No es por comparar, pero está al ladito de Benidorm y son tan diferentes... Y eso que este, que conste, también tiene lo suyo. Pero Villajoyosa, o La Vila (Joiosa) en valenciano, es como su chocolate: puro gourmet. Y más estando donde está, en el Mediterráneo saturadísimo en el que la naturaleza apenas tiene respiro. Ella es, cómo decirlo, encantadoramente pintoresca, con sus casas de colores, su bella estampa, casi amalfitana, su abultado patrimonio histórico, sus playas y su eterno glamour de pueblo tradicionalmente pesquero que se ha hecho inevitablemente turístico. Ya estamos locos por ir.

La Vila, nuestro Positano

Decíamos que La Vila tiene el gancho de la Costa Amalfitana, tal vez el de Positano, Sorrento o el del propio Amalfi, salvando las distancias, costeros pero artísticos, como si fueran a ser habitados por todos los Galas y Dalís. Porque junto a su sucesión de playas, está el casco antiguo que tiene hasta murallas renacentistas, un río con nombre evocador, el Amadoiro, con sus puentes, una iglesia fortaleza gótica, la Torre de Sant Josep, romana y funeraria, y tantas torres vigía del XVI, de costa y de huerta, que casi no se pueden contar (del Aguiló, Dalt, La Torreta, Simeón...). Había que defenderse de los piratas (que se lo digan a Santa Marta). Además de la curiosa Villa Giacomina, un palacete rural de 1920 de estilo historicista; el precioso Chalet Centella, que no es un chalé cualquiera, sino de 1930, obra de Juan Vidal Ramos; el Santuario de la Malladeta, íbero y romano, en el promontorio costero del mismo nombre… Mucho para ver.

La Vila, histórico-artística y junto al mar. (Cortesía Villajoyosa Turismo)
La Vila, histórico-artística y junto al mar. (Cortesía Villajoyosa Turismo)

Marina Baja, Costa Blanca

Nos hemos lanzado de cabeza, sin antes situarnos en el mapa. A ver: estamos en la provincia de Alicante, en lo que se conoce como Costa Blanca, aunque luego todo (o mucho) se vuelva rabiosamente azul, y en el interior de la comarca de la Marina Baja, de la que es capital. La Marina Baixa. Y ella, marinera y muy mediterránea, con fachada al mar, pero también a su río, el ya citado Amadoiro, adonde se asoman las casas de colores (para que los pescadores vieran la suya desde la lejanía) colgantes, componiendo una estampa que hacen de esta una Cuenca (con mayúscula) marítima. Te vas a volver loco haciendo y haciéndote fotos. Da para mucho el lugar. Para saberlo todo de él y hasta del fondo del mar, el Vilamuseu.

La Vila es la Cuenca mediterránea. (Cortesía Villajoyosa Turismo)
La Vila es la Cuenca mediterránea. (Cortesía Villajoyosa Turismo)

15 km de costa, 13 playas

En La Vila misma destaca la playa del Centro, que es donde se celebra el desembarco moro, en la fiesta de los Moros y Cristianos (del 24 al 31 de julio, en honor a Santa Marta), que aquí son palabras mayores, o la de El Paradís. Dos a las que hay que sumar la de Xarco, con torre vigía; la de Torres, con la torre romana funeraria de Hércules; la caleta Racó Conill, nudista y perfecta para el submarinismo, y otras calas de aguas transparentes como la Caleta o la del Bol Nou. Y hay más para elegir: L’Esparrelló, Carritxal, Puntes del Moro y Varadero-Tío Roig-Estudiants. En total, 15 km de costa en su término municipal.

No solo Valor: chocolate de museo

Tal vez la marca Valor (desde 1881) sea la más famosa, pero hay muchas más, con sello artesano, oficio transmitido de generación en generación y con chocolate de museo y viceversa (no te pierdas el Museo del Chocolate, en manos de Valor, merece la pena y no solo por el olor y el sabor). Ahí están Chocolates Clavileño (1882), también con museo propio, o Chocolates Marcos Tonda (1793). ¿Y por qué tanto chocolate?, te preguntarás. Por el comercio marítimo con ultramar, que dio como fruto el desarrollo de la industria más tipícamente vilera: la chocolatera.

Chocolatera y muy muy gastro

El chocolate es el rey, sin lugar a dudas, pero no hay que perder de vista la cocina tradicionalmente arrocera y de mar, solo hay que ver que aquí se celebra la Mostra de Cuina Marinera, a primeros de marzo. Si te paseas por el Mercado Central, sabrás lo que es bueno. Y si no, por la Taverna El Pòsit, un clásico que se vuelve irresistible, con terraza y en primera línea de playa (Avenida del Puerto, 23); por Ca Marta, en la misma avenida, un poco más allá, también abierto al mar y una oda a la fritura del pescado y el pulpo a la brasa; o por Casa Elordi (Av. Juan Carlos I, 3), donde te sorprenderá tanta creatividad. La misma de sus pequeños negocios: La Casa Azul, que es una de las casas de colores de La Vila, con la diseñadora María Lorenzo al timón, es el ejemplo perfecto.

Y para dormir…

… el hotel Montiboli, lo que se espera de un refugio mediterráneo al lado del mar y sobre el acantilado. Pero para disfrutar de su encanto árabe-levantino, de su spa, de los manjares de su chef y de los cócteles junto al gran azul, tendrás que esperar a que comience abril, porque está cerrado por reformas. Precio: desde 153 euros. Pero si quieres ir ya, siempre te quedará el hotel Censal, en pleno centro frente a la Chocolatería Valor y el parque del Censal, a un paso de la playa, con habitaciones con vistas, terraza con piscina y restaurante. Precio: desde 62 euros.

Ocio

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