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Crítica de 'Dying for Sex': Michelle Williams matando a polvos a la propia muerte
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Crítica de 'Dying for Sex': Michelle Williams matando a polvos a la propia muerte

La nominada al Oscar por 'Los Fabelman' o 'Mi semana con Marilyn' es la estrella de esta dramedia que se ríe de la muerte (y nos invita a disfrutar del día a día) sin la manipulación emocional de otras series

Foto: Michelle Williams en uno de los grandes trabajos de su carrera. (Disney Plus)
Michelle Williams en uno de los grandes trabajos de su carrera. (Disney Plus)

La absurdez del sexo es más absurda si se tiene un cáncer terminal y uno tiene conciencia de que el final de todo, el 'The End' que cantaban los Doors, está cerca. Eso es lo que le ocurre a la Molly encarnada por una magnífica (podríamos decir que este es el mejor papel de una carrera colmada de excelencia) Michelle Williams. Su cáncer de mama ya es metástasis, no tiene cura y, como le ocurre a muchos seres humanos que reciben la peor de todas las noticias, a sus 40 años se pregunta qué es lo que le falta por hacer antes de que la parca se la lleve al otro barrio. Y lo que nunca ha tenido Molly es un orgasmo de verdad.

Las situaciones surrealistas, locas y bizarras que acompañan sus citas, sus líos de ascensor o los miedos a resultar una enferma antierótica son el punto de partida de 'Dying for Sex'. Ocho episodios de una ficción basada en la historia real de Molly Kochan, cuya historia de muerte y sexo (el eros y el tánatos de toda la vida) protagonizó un podcast que presentó junto a Nikki Boyer, su más fiel amiga. Aparentemente, estamos hablando de una comedia, pero pocas nos harán llorar como si nos fuese la vida en ello. Nunca mejor dicho.

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placeholder La amistad, pivote central de 'Dying for sex'. (Disney Plus)
La amistad, pivote central de 'Dying for sex'. (Disney Plus)

Elizabeth Meriwether y Kim Rosenstock elaboran un guion que busca reírse de todo: de las masturbaciones con vecinos que parecen pura perversión a los enfermos que no aceptan el estadio 4 de su cáncer y quieren compartir el alborozo de los que están en el 1; de tener miedo a enseñar los pechos tras una mastectomía o de una afición por la dominación en la cama que nuestra heroína, Molly, no había experimentado en su vida. Aquí el deseo se encuentra en los lugares más insospechados: en un vecino que no sabe ser limpio ni cívico o en un bastón usado por culpa una prótesis que acaba resultando un arma erotizante.

Más allá de la risa, la serie amplía su mirada y va más allá de las consabidas situaciones (nunca habíamos visto tantos penes juntos en los últimos años) sexuales. Cada arco dramático está resuelto con destreza e inteligencia: la amistad de la escudera y acompañante de Molly, Nikki (divertida y espléndida Jenny Slate), un caos personificado que acabará sabiendo lo que es la verdadera amistad y el cuidar de una persona enferma aunque por el camino acabe perdiendo muchas cosas; las imperfecciones y los traumas de culpabilidad no resueltos de una madre, encarnada por la histórica Sissy Spacek, que termina por encajar en la vida de su hija moribunda.

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placeholder Nikki y Molly, dos amigas para siempre. (Disney Plus)
Nikki y Molly, dos amigas para siempre. (Disney Plus)

'Dying for sex' nos viene a decir que el amor de siempre puede resultar más falso que un duro sevillano cuando la muerte está cerca: Molly se da cuenta de que su marido, pese a ser un buen hombre, también es un ser inocuo e irritante (en manos de Hay Duplass esa ambivalencia está perfectamente mostrada) y no es la persona que va a cumplir las fantasías eróticas que tiene pendientes. Ya saben, el tiempo no está para perderlo.

La primera mitad, más cómica que la segunda, pone la semilla para un finiquito que nos muestra lo que ya sospechábamos: esto va de vivir cada día como si fuese el último. Si en esos primeros capítulos abunda el punto de vista de Molly, con su irónica voz en off manifestando sus inseguridades, en los últimos el foco se ensancha para profundizar en aquellos personajes que van apareciendo. Como el vecino, que además de algo sucio y sumiso resulta ser encantador, o el doctor, que acaba recibiendo órdenes de una paciente que, por fin, sabe lo que quiere de la vida.

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placeholder Slate, Sissy Spacek y Michelle Williams. (Disney Plus)
Slate, Sissy Spacek y Michelle Williams. (Disney Plus)

Un trauma infantil, mostrado mediante un revelador giro de guion, detona aún más muchas de las situaciones expuestas. Y aunque en la exposición formal (las visiones de la enferma protagonista pueden resultar reiterativas) haya algún patinazo y el guion resuelva alguna subtrama excesivamente rápido (la crisis de Nikki y su pareja está narrada a velocidad de crucero), esto no es 'La fuerza del cariño' ni ningún dramón con manipuladora música de piano, sino una dramedia adulta y de calidad, lo cual es de agradecer.

'Dying for sex' habla del deseo como motor de la vida, pero también del valor de la amistad, del descubrimiento tardío del amor y del sarcasmo como sano antídoto a la tristeza. Y por el camino, nos hace reír y sí, también llorar. Como la vida misma.

La absurdez del sexo es más absurda si se tiene un cáncer terminal y uno tiene conciencia de que el final de todo, el 'The End' que cantaban los Doors, está cerca. Eso es lo que le ocurre a la Molly encarnada por una magnífica (podríamos decir que este es el mejor papel de una carrera colmada de excelencia) Michelle Williams. Su cáncer de mama ya es metástasis, no tiene cura y, como le ocurre a muchos seres humanos que reciben la peor de todas las noticias, a sus 40 años se pregunta qué es lo que le falta por hacer antes de que la parca se la lleve al otro barrio. Y lo que nunca ha tenido Molly es un orgasmo de verdad.

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