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Pongamos que hablo de Valladolid o cuando el destino soñado era un viaje al interior de España y al de tus emociones
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NOS VAMOS EL DOMINGO

Pongamos que hablo de Valladolid o cuando el destino soñado era un viaje al interior de España y al de tus emociones

Alojarse y alejarse del mundanal ruido en el monasterio cisterciense del siglo XII mejor conservado de Europa, por obra y gracia de Castilla Termal, nos invita a interiorizar que 'cualquier tiempo pasado fue mejor' o, al menos, más auténtico

Foto: El Monasterio de Santa María de Valbuena deslumbra más que nunca gracias a Castilla Termal. (Cortesía)
El Monasterio de Santa María de Valbuena deslumbra más que nunca gracias a Castilla Termal. (Cortesía)

Playas paradisíacas de aguas cristalinas perfectas para el postureo (recordando relajar el abdomen después del selfie, que más de uno se queda sin aliento); deportes de aventura trepidante para los que muchas veces no estamos a la altura (ni ganas); florituras gastronómicas presuntamente 'típicas' que en realidad son un invento turístico… ¡El posar se va a acabar! No queremos decir que los destinos remotos de sol y playa o las islas vírgenes del otro lado del mundo no merezcan una visita (¡Dios nos libre!), pero la nueva tendencia nos traslada al interior (geográfico y espiritual), a enclaves históricos construidos con piedras centenarias que son Patrimonio, al recogimiento y la vida contemplativa. El hábito no hace al monje, pero por algo se empieza.

Imaginemos que estamos en el corazón de la Ribera del Duero, en la provincia de Valladolid, y que podemos dormir en el monasterio cisterciense del siglo XII mejor conservado de Europa. Ubiquemos nuestros pasos en los pasillos que rodean un maravilloso claustro, entre románico y gótico; en la austeridad del refectorio, comedor en el que escuchaban lecturas sagradas los monjes de la época; o en la belleza arquitectónica de los arcos de medio punto sobre ménsulas de la sala orientada al este para recibir los primeros rayos de sol.

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placeholder Monasterio de Santa María de Valbuena adscrito a Castilla Termal. (Cortesía)
Monasterio de Santa María de Valbuena adscrito a Castilla Termal. (Cortesía)

Escuchar el silencio… Al igual que aquellos acólitos de la Orden del Císter, imaginemos que bajamos al huerto a recolectar la cena, a dar de comer a las gallinas, a vendimiar nuestras propias uvas y a jugar a ser autosuficientes en un mundo que nos provee de todo lo que no necesitamos. Hablamos de volver a la esencia, de sobrecogernos con la autenticidad, de recuperar el sentido de la palabra 'verdad'. Palabras mayores, sin duda. Amén.

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placeholder Suites Tesoro y Valbuena. (Cortesía)
Suites Tesoro y Valbuena. (Cortesía)

La perfección espiritual trasciende mucho más allá de la religión y se materializa en un lugar muy especial, el Monasterio de Santa María de Valbuena, por obra de Castilla Termal, que rescata edificios históricos y los rehabilita como hoteles que marcan la diferencia. Las aguas termales de las que se nutren sus enclaves (estrenan el sexto en Peñaranda de Duero en breve) subliman una experiencia inolvidable.

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La paz sea con vosotros, y con vuestro espíritu

No son las cinco estrellas de Castilla Termal Monasterio de Valbuena las que le confieren su verdadero valor (aunque también). Lo que realmente marca la diferencia es la sensación de ser protagonistas de un viaje en el tiempo, donde la sobriedad del legado histórico restaurado, los detalles con la marca implícita en su ADN y la ecuación entre naturaleza, honestidad e identidad consiguen la fórmula exacta del nuevo lujo. Spoiler: a finales de año la Fundación Las Edades del Hombre abre sus instalaciones para que los huéspedes puedan interiorizar el proceso de restauración de piezas religiosas únicas. ¡Lo nunca visto!

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Desde que ponemos un pie en este monasterio cisterciense, sede de la Fundación Las Edades del Hombre (imprescindible la visita guiada), el deseo cristiano de que “la paz sea con nosotros” se convierte en la biblia de nuestra estancia. De repente, la vida se ordena, el cuerpo se relaja en sus aguas termales mineromedicinales, y la mente nos devuelve a antaño, gracias a esa conexión ancestral con la tierra.

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placeholder Circuito termal y piscina exterior del Monasterio de Santa María de Valbuena. (Cortesía)
Circuito termal y piscina exterior del Monasterio de Santa María de Valbuena. (Cortesía)

Tras el check-in, nos espera una comida al aire libre en El Anguilero. Los monjes cuidaban su propio anguilero para disponer de pescado fresco y no depender de proveedores externos. Hoy ya no crían anguilas, pero el rincón de esta terraza campestre no puede ser más ideal.

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Mientras observamos el huerto ecológico desde nuestra mesa rústica, van desfilando platos de calabacín, berenjenas, ensaladas de tomatitos de colores, piparras fritas… de la huerta a la mesa. ¡Ni el mejor Estrella Michelin puede igualar semejante festín natural! A los postres, el director del hotel, Diego Sanz, nos 'lleva al huerto' a los pies del Duero, del que presume de la cosecha que nutre las cocinas del monasterio. En un giro inesperado, Diego entra en la jaula de las gallinas castellanas negras, 30 ejemplares en peligro de extinción que el hotel se empeña en rescatar. Sale con dos huevos blancos que por la noche probaremos en el restaurante Converso, la niña bonita del hotel. Autenticidad, garantizada.

Converso: con pan y vino se hace el camino

Con diez años recién cumplidos, Castilla Termal Monasterio de Valbuena lo tenía casi todo, hasta que inauguró hace unos meses su restaurante Converso (los conversos eran el personal no eclesiástico que trabajaba en el monasterio a cambio de cobijo y comida). Jugada gastronómica maestra con dos menús degustación que aspiran a la estrella Michelin.

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placeholder Miguel Ángel de la Cruz, chef ejecutivo de Converso. (Cortesía)
Miguel Ángel de la Cruz, chef ejecutivo de Converso. (Cortesía)

Elegimos el menú Essentia, que comienza con un aperitivo de higo y foie en la barra, mientras charlamos con los cocineros (el chef ejecutivo es Miguel Ángel de la Cruz, con una estrella por La Botica de Matapozuelos, en Matapozuelos (Valladolid). Anguila, pan de acelga y ajo; tartar de langostino, royal de alcachofa, truchón, jarrete de cordero lechal… Pero el placer más mundano llega cuando nos sirven yema trufada de nuestras gallinas con crujiente de cerdo. Sencillamente sublime.

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A la cocina se suman las 850 referencias de su bodega y su caldo más especial: el vino tinto Converso, elaborado en Valdebodega con las uvas de la propiedad: especialmente premiada la añada 2021. Además, estamos en tiempo de vendimia, y los campos en torno al monasterio ofrecen un espectáculo digno de ver. Con pan y vino se hace el camino… No necesitamos más.

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Roberto I, 'El Visionario': 20 años recuperando la Historia

En Olmedo empezó esta historia que también tiene que ver con un caballero andante. Su nombre es Roberto García, presidente y fundador de Castilla Termal, buscador de tesoros patrimoniales y un auténtico visionario. Imposible hablar del porfolio sin mencionarle. Su familia adquirió el convento de monjas cistercienses de Olmedo.

placeholder Roberto García, presidente y fundador de Castilla Termal. (Cortesía)
Roberto García, presidente y fundador de Castilla Termal. (Cortesía)

“Recuerdo perfectamente la máquina clasificadora de huevos que estaba en la capilla (hoy junto a la recepción) —comenta García—. Veníamos a coger los que no reconocía la máquina, los más grandes, con dos y tres yemas. En 1954 se habían ido de aquí las monjas a Palencia y luego a La Rioja, entre otras cosas porque no conseguían sacar adelante sus cultivos. ¿La razón? El agua del manantial era demasiado salina. Hoy es nuestro gran valor, sus aguas cloruradas sódicas tienen indicación terapéutica para la piel y el sistema nervioso”.

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placeholder Castilla Termal Olmedo. (Cortesía)
Castilla Termal Olmedo. (Cortesía)

Aunque la familia lo adquirió, nunca pensó en hotel. Hasta que Roberto se convirtió en "el loco de la familia" hace 20 años, cuando lo restauró y le dio el aspecto actual de hotel de cuatro estrellas. Especialmente valiosa es la zona wellness de Castilla Termal Olmedo, con un patio mudéjar inspirado en Santa Clara de Tordesillas. Tras el circuito termal de contrastes, nos relajamos en una gran sala con la chimenea original que utilizaban las monjas como cocina. Continuamos en la máquina del tiempo sin intención de bajarnos.

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En Castilla Termal Olmedo se alojaron Santa Teresa de Jesús o Juana I de Castilla. Además de huerto propio, tienen productos beauty elaborados con las aguas de su manantial. Nos quedamos con el exfoliante oriental de agua termal, canela, jengibre, mirra y cúrcuma.

Hospedajes con alma y la vuelta a la esencia

En este hospedaje tan especial de Olmedo se respira la paz que habitaban aquellas monjas desde el siglo XII. La última que vivió aquí sigue en contacto con Roberto, lo que confirma que este lugar es mucho más que un hotel: tiene alma. “En el 50 aniversario de su marcha las trajimos a Olmedo, y yo mismo he estado con ellas en su convento de La Rioja; son de clausura, pero me dejaron quedarme a dormir”.

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Quien se aloje en Castilla Termal Olmedo, además de encontrar paz, podrá optar por mil experiencias: desde visitar las bodegas De Alberto, con kilómetros de galerías subterráneas y sus damajuanas, hasta la elaboración de queso en la quesería Campoveja. O un pícnic junto al huerto.

Mención especial merece la cocina del restaurante El Hontanar, con aguacates a la brasa, piñones de Pedrajas y torrija XL con helado de canela. ¡Una experiencia religiosa! Mientras tanto, Roberto I El Visionario continúa sus viajes en busca de tendencias y planea nuevos proyectos, como incorporar rebaños de ovejas churras a sus huertos o inaugurar el Palacio de Avellaneda en Peñaranda de Duero… ¡Calienta, que sales!

Playas paradisíacas de aguas cristalinas perfectas para el postureo (recordando relajar el abdomen después del selfie, que más de uno se queda sin aliento); deportes de aventura trepidante para los que muchas veces no estamos a la altura (ni ganas); florituras gastronómicas presuntamente 'típicas' que en realidad son un invento turístico… ¡El posar se va a acabar! No queremos decir que los destinos remotos de sol y playa o las islas vírgenes del otro lado del mundo no merezcan una visita (¡Dios nos libre!), pero la nueva tendencia nos traslada al interior (geográfico y espiritual), a enclaves históricos construidos con piedras centenarias que son Patrimonio, al recogimiento y la vida contemplativa. El hábito no hace al monje, pero por algo se empieza.

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