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Este es el bosque más antiguo de España: con árboles que superan los 400 años y un paisaje de cuento
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Este es el bosque más antiguo de España: con árboles que superan los 400 años y un paisaje de cuento

La diversidad del entorno convierte a esta ruta en una de las más completas de la zona

Foto: Fotografía facilitada por Agallas Films, del bosque del Teixadal en los montes orensanos
Fotografía facilitada por Agallas Films, del bosque del Teixadal en los montes orensanos

Pocos árboles encarnan tan bien el paso del tiempo como el tejo. El Taxus baccata, una de las especies más longevas del planeta, ha sido testigo silencioso de siglos —y milenios— de historia. Mientras otros bosques desaparecen o se transforman, las tejedas permanecen: verdes, sombrías, húmedas y casi intactas. Su presencia en Europa es cada vez más escasa, pero aún sobreviven algunos enclaves privilegiados donde estos árboles sagrados siguen escribiendo, con paciencia infinita, su propio relato.

En la península ibérica, los tejos se extienden por casi todas las cordilleras: desde Galicia y la Cornisa Cantábrica hasta los Pirineos, pasando por el Sistema Central y algunas sierras mediterráneas. Conviven con robles, abedules, hayas o pinos, y forman bosques muy particulares donde el aire es más húmedo, el clima más regulado y el silencio más profundo. Botánicamente, son toda una rareza: crecen lentamente, rara vez superan los diez metros y sin embargo pueden alcanzar edades extraordinarias. Su madera fue valiosa durante siglos para fabricar utensilios y armas —una lanza hallada en Clacton-on-Sea tiene unos 400.000 años—, a pesar de que savia, hojas y semillas resultan tóxicas.

Para muchas culturas, los tejos fueron árboles sagrados. Los celtas los asociaban a la vida eterna y se celebraban rituales bajo su sombra. Más tarde, su presencia frente a iglesias y cementerios cristianos se volvió habitual. Pese a su fortaleza, hoy son una especie vulnerable: la pérdida de hábitat, los incendios o la presión del ganado han reducido su regeneración. Aun así, cumplen un papel esencial en el ecosistema, estabilizando el suelo y dando cobijo a aves como zorzales o petirrojos, que además dispersan sus semillas.

Entre todos los bosques que alberga España, uno destaca por su singularidad y su edad extrema: el Teixadal de Casaio, en las montañas de Trevinca, en el concello ourensano de Carballeda de Valdeorras. Considerado el bosque más antiguo de Galicia y, según muchos expertos, también el más antiguo del país, esta tejeda es una auténtica reliquia natural con más de 400 tejos, muchos de ellos superando los 500 años. Árboles que ya estaban ahí cuando Roma dominaba estas tierras. Incluso las crónicas mencionan que los últimos guerreros celtas de Gallaecia se dieron muerte con el veneno del tejo antes que rendirse.

El acceso al Teixadal no es sencillo: largas pendientes, sendas pedregosas y un recorrido exigente. Quizá esa dificultad haya actuado siempre como aliada de la conservación. Quien logra alcanzarlo, penetra en una especie de catedral vegetal, silenciosa y frágil, donde se recomienda caminar sin salirse del sendero y sin tocar los árboles. Basta dejar que la niebla envuelva el paisaje y escuchar el sonido antiguo del bosque, un susurro que parece proceder de otra época.

Otra de las tejedas más sobresalientes del norte peninsular es la Tejeda de Tosande, en la Montaña Palentina. El recorrido comienza cerca de Cervera de Pisuerga y atraviesa primero praderas abiertas antes de adentrarse en un hayedo profundo y umbrío. Tras un ascenso suave aparecen los primeros tejos, hasta llegar al corazón de un bosque donde algunos ejemplares rozarían el milenio y superan el metro y medio de diámetro. El camino finaliza en un mirador natural que domina el valle, un balcón perfecto para comprender la magnitud del paisaje.

Pocos árboles encarnan tan bien el paso del tiempo como el tejo. El Taxus baccata, una de las especies más longevas del planeta, ha sido testigo silencioso de siglos —y milenios— de historia. Mientras otros bosques desaparecen o se transforman, las tejedas permanecen: verdes, sombrías, húmedas y casi intactas. Su presencia en Europa es cada vez más escasa, pero aún sobreviven algunos enclaves privilegiados donde estos árboles sagrados siguen escribiendo, con paciencia infinita, su propio relato.

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